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La guerra algorítmica: cómo la Inteligencia Artificial y los datos redefinieron el escenario bélico

La guerra ya no se decide solo en el frente: datos, algoritmos y ciberataques redefinen el poder, la defensa y la verdad.

La guerra contemporánea se volvió profundamente tecnológica, ya n triunfa quien tiene más soldados o tanques sino quien domina los algoritmos, protege las redes y utiliza mejor los drones.

La guerra contemporánea se volvió profundamente tecnológica, ya n triunfa quien tiene más soldados o tanques sino quien domina los algoritmos, protege las redes y utiliza mejor los drones.

Archivo.

La imagen clásica de la guerra con trincheras, fusiles y generales inclinados sobre mapas de papel ya no alcanza para explicar los conflictos contemporáneos. Hoy la disputa se juega también en servidores en la nube, redes de telecomunicaciones, satélites, espectro electromagnético y sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar datos y asistir decisiones en tiempo real.

La guerra dejó de ser un enfrentamiento entre ejércitos. Se convirtió en un ecosistema tecnológico donde una falla de software, un centro de datos comprometido o un algoritmo sesgado pueden tener consecuencias estratégicas.

No se trata apenas de armas más sofisticadas. El cambio es más profundo: parte de la detección, el análisis, la vigilancia y la respuesta empieza a quedar mediada por sistemas no humanos. Esa transformación obliga a revisar no solo cómo se combate, sino también cómo se regula, quién fija los límites y qué lugar queda para la responsabilidad humana cuando la tecnología avanza sobre decisiones críticas.

El reino del dron

El emblema más visibles de esta etapa es el dron. En conflictos recientes, especialmente en la guerra entre Ucrania y Rusia, estos dispositivos alteraron por completo la relación entre costo y daño. Un dron relativamente barato puede destruir un tanque valuado en millones.

Ese dato, repetido hasta el cansancio, sigue siendo impactante porque revela un cambio estructural: la guerra ya no depende exclusivamente de plataformas pesadas, costosas y difíciles de reemplazar. Hoy, herramientas accesibles y adaptables pueden generar pérdidas estratégicas enormes.

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La imagen clásica de la guerra, con trincheras, fusiles y generales inclinados sobre mapas de papel.

La imagen clásica de la guerra, con trincheras, fusiles y generales inclinados sobre mapas de papel.

Pero el dron es apenas la cara más visible del problema. Su eficacia depende de otra dimensión menos evidente y quizás más decisiva: la conectividad. Allí aparece la guerra electrónica, que se libra en el espectro electromagnético. Interferir señales, bloquear radares, cortar enlaces de comunicación o anular navegación satelital puede ser tan importante como disparar un misil. En un conflicto hiperconectado, dejar al adversario sin enlace es dejarlo, en cierto modo, sin capacidad de combate.

A eso se suma la integración creciente entre inteligencia artificial, vigilancia satelital y sistemas de armas guiadas. La proliferación de satélites comerciales y militares está reduciendo al mínimo la posibilidad de esconderse. Detectar un movimiento, identificar un objetivo y transferir esa información a sistemas de respuesta ocurre a una velocidad inédita. En ese contexto, la superioridad ya no se mide solo por potencia de fuego, sino por velocidad de procesamiento.

Ver antes, interpretar antes y actuar antes

Ese escenario explica por qué las grandes tecnológicas pasaron a ocupar un lugar central. Durante décadas, el núcleo de la industria militar estuvo en manos de fabricantes de armas y contratistas de defensa tradicionales. Hoy, buena parte del “cerebro” que procesa datos, automatiza tareas y alimenta sistemas de decisión se diseña en empresas de inteligencia artificial y servicios en la nube. El problema aparece cuando la lógica del Estado choca con los límites éticos que algunas compañías dicen defender.

La tensión entre Anthropic y OpenAI frente a las demandas del Departamento de Defensa de Estados Unidos es una muestra elocuente. Ya no se discute solo qué empresa gana un contrato, sino qué principios está dispuesta a ceder para integrarse al aparato militar.

Ese punto es crucial porque revela que la guerra tecnológica no se libra únicamente entre países. También atraviesa al sector privado, donde decisiones corporativas pueden redefinir el alcance de la vigilancia, la automatización de la letalidad y el uso militar de modelos de IA.

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La proliferación de satélites comerciales y militares está reduciendo al mínimo la posibilidad de esconderse.

La proliferación de satélites comerciales y militares está reduciendo al mínimo la posibilidad de esconderse.

En ese marco, la infraestructura digital dejó de ser un soporte y pasó a ser un blanco. Centros de datos, telecomunicaciones, servicios en la nube y redes críticas forman parte del corazón operativo de cualquier conflicto moderno.

Por eso, la ciberseguridad ya no puede pensarse como un área auxiliar. Es uno de los frentes centrales de la guerra. Atacar bancos, aerolíneas, plataformas gubernamentales o sistemas de conectividad puede desorganizar a una sociedad entera sin necesidad de ocupar territorio.

Guerra tecnológica

La guerra tecnológica no se libra únicamente entre países. A la par de misiles y drones, se desplegaron ataques cibernéticos dirigidos a interrumpir servicios, generar caos y afectar la vida cotidiana. El efecto de estas acciones no es menor: paralizar comunicaciones, obstaculizar operaciones financieras o manipular información puede ser tan estratégico como una ofensiva militar convencional. La guerra ya no destruye solo infraestructura física; también desarticula confianza, coordinación y normalidad social.

Y allí aparece otra dimensión inquietante: la guerra de la información potenciada por inteligencia artificial generativa. Los deepfakes dejaron de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en herramientas concretas de propaganda, manipulación y terror psicológico.

Videos falsos de líderes anunciando rendiciones inexistentes o audios clonados enviados a familiares para simular secuestros muestran hasta qué punto la desinformación puede invadir la esfera más íntima. La mentira ya no busca solo engañar: busca saturar, desorientar y quebrar emocionalmente.

Sin embargo, el mayor peligro de los deepfakes no es únicamente que alguien crea una falsedad. El daño más profundo aparece cuando la circulación masiva de contenido manipulado erosiona la credibilidad general. Si todo puede ser falso, entonces incluso una prueba real puede ser descartada como montaje.

Ese “dividendo del mentiroso” es una de las armas más corrosivas del presente, porque debilita la noción misma de evidencia. En ese terreno, no solo se combate por territorio o influencia, sino por la posibilidad de establecer qué es verdad.

GUERRAS
A la par de misiles y drones, se desplegaron ataques cibernéticos dirigidos a interrumpir servicios, generar caos y afectar la vida cotidiana.

A la par de misiles y drones, se desplegaron ataques cibernéticos dirigidos a interrumpir servicios, generar caos y afectar la vida cotidiana.

Todo esto obliga a una conclusión incómoda: la guerra contemporánea se volvió profundamente tecnológica, pero nuestras instituciones políticas, jurídicas y éticas todavía no logran procesar del todo ese salto. Seguimos discutiendo muchas veces con categorías del siglo XX problemas que ya pertenecen a otro paradigma.

La pregunta ya no es solo quién tiene más soldados, más tanques o más misiles. La pregunta es quién controla los datos, quién protege las redes, quién diseña los algoritmos y bajo qué reglas operan.

La nueva guerra

Este nuevo campo de batalla no está lejos. No ocurre solamente en la línea del frente. También atraviesa la infraestructura que usamos todos los días, las plataformas donde circula la información y los sistemas que organizan decisiones críticas. La guerra, en definitiva, ya no se libra solo con armas. Se libra con tecnología. Y esa realidad obliga a repensar con urgencia qué entendemos por defensa, por soberanía y, sobre todo, por responsabilidad humana.

* Eduardo Laens, CEO de Varegos y docente universitario especializado en IA y autor del libro Humanware.