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El desafío del agro ya no es tener más agua, sino saber utilizarla mejor

El desafío del agro ya no es garantizar el acceso al agua, sino saber cuándo, dónde y cómo utilizarla para preservar la productividad y la rentabilidad.

Los productores que logran monitorear mejor sus operaciones, anticipar riesgos y responder a los cambios de contexto tienden a atravesar los eventos climáticos adversos con menor impacto económico.

Los productores que logran monitorear mejor sus operaciones, anticipar riesgos y responder a los cambios de contexto tienden a atravesar los eventos climáticos adversos con menor impacto económico.

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El regreso del fenómeno El Niño ha reavivado una preocupación que ya venía consolidándose en el agro: la imprevisibilidad climática ha dejado de ser una excepción para convertirse en parte de la rutina de los productores. En este contexto, la cuestión central ya no es solamente garantizar la disponibilidad hídrica, sino desarrollar la capacidad de monitorear, gestionar y utilizar el agua de manera estratégica.

En un entorno de creciente incertidumbre, la eficiencia en la gestión de los recursos hídricos se convierte en uno de los principales factores para sostener la productividad, reducir riesgos y aumentar la resiliencia de las operaciones agrícolas.

En Argentina, los efectos de El Niño suelen traducirse en una mayor complejidad para la gestión de las actividades agropecuarias. Los cambios en los patrones de precipitación, la intensificación de los eventos climáticos y las mayores dificultades para realizar previsiones impactan directamente en la planificación de la campaña, desde la preparación del suelo hasta la definición de las estrategias de riego.

En un escenario marcado por fluctuaciones cada vez más frecuentes, la estabilidad productiva deja de depender únicamente de las condiciones climáticas y pasa a estar directamente relacionada con la capacidad de adaptación de los establecimientos rurales.

Durante décadas, el conocimiento acumulado sobre el comportamiento de las lluvias, las características de cada región y la estacionalidad climática permitió a los productores organizar sus operaciones con un nivel razonable de seguridad. Sin embargo, esta realidad está cambiando rápidamente.

Fenómenos como El Niño y La Niña, sumados al aumento de la frecuencia de eventos climáticos extremos, han convertido al entorno productivo en un escenario cada vez más inestable y desafiante.

Preocupación en el agro

La nueva dinámica de El Niño afecta directamente la capacidad de anticipar escenarios. Regiones que tradicionalmente presentaban determinados patrones de precipitaciones comienzan a registrar comportamientos atípicos, mientras que períodos de sequía, lluvias intensas, olas de calor y variaciones bruscas de temperatura ocurren con mayor frecuencia.

Como consecuencia, las decisiones relacionadas con la siembra, el manejo, el riego y la cosecha se vuelven más complejas y están expuestas a riesgos que, hasta hace pocos años, eran considerados excepcionales.

En este contexto, los modelos tradicionales de planificación, fuertemente basados en promedios históricos y en la experiencia acumulada a lo largo de los años, comienzan a perder parte de su eficacia. Aunque el conocimiento del productor sigue siendo un activo indispensable, ya no resulta suficiente para responder por sí solo a la velocidad de los cambios impuestos por el clima. La capacidad de adaptación pasa a ocupar un lugar central en la gestión de las explotaciones agropecuarias.

La imprevisibilidad climática ha dejado de ser una excepción para convertirse en parte de la rutina de los productores.

La imprevisibilidad climática ha dejado de ser una excepción para convertirse en parte de la rutina de los productores.

Prepararse para convivir

La capacidad de adaptación pasa a ocupar un lugar central. Más que enfrentar un evento climático específico, el agro necesita prepararse para convivir con un escenario de incertidumbre permanente.

El desafío no consiste únicamente en reaccionar frente a los impactos de una sequía o de un exceso de precipitaciones, sino en construir sistemas productivos capaces de responder rápidamente a los cambios de contexto.

En un entorno cada vez más imprevisible, la resiliencia deja de ser una ventaja competitiva para convertirse en una condición necesaria que garantice productividad, competitividad y sostenibilidad a largo plazo.

Frente a este escenario de creciente inestabilidad climática, el agua ha dejado de ser simplemente un recurso productivo para convertirse en un activo estratégico dentro de las explotaciones agropecuarias. Su gestión pasó a influir directamente en indicadores de productividad, rentabilidad y competitividad, especialmente en un contexto donde los márgenes de error son cada vez más reducidos.

El desafío ya no consiste únicamente en garantizar el acceso al agua, sino en utilizarla de la manera más eficiente posible, considerando las necesidades específicas de cada cultivo, las características del suelo y las variaciones climáticas a lo largo de la campaña.

El agua como activo

El agua se convirtió en un activo estratégico. Los impactos de una gestión hídrica inadecuada no siempre se perciben de forma inmediata, pero suelen reflejarse en los resultados finales de la producción. Aplicaciones excesivas o insuficientes de agua pueden comprometer el desarrollo de los cultivos, reducir su potencial productivo e incrementar los costos operativos.

Además, el uso ineficiente de los sistemas de riego tiende a aumentar el consumo energético, acelerar el desgaste de los equipos y generar desperdicios que afectan directamente la rentabilidad de la actividad agrícola. En muchos casos, las pérdidas económicas están menos relacionadas con la disponibilidad de agua que con la capacidad de gestionarla de manera inteligente.

Las decisiones relacionadas con la siembra, el manejo, el riego y la cosecha se vuelven más complejas.

Las decisiones relacionadas con la siembra, el manejo, el riego y la cosecha se vuelven más complejas.

Esta realidad también ayuda a desmontar una percepción bastante común en el sector: que más lluvia significa necesariamente mayor seguridad hídrica. En la práctica, la relación es mucho más compleja. Lluvias intensas y concentradas en períodos cortos pueden provocar escurrimiento superficial, erosión y dificultades de infiltración, reduciendo la cantidad de agua efectivamente almacenada en el perfil del suelo.

Del mismo modo, la distribución irregular de las precipitaciones puede hacer que una misma campaña enfrente períodos de exceso y déficit hídrico en diferentes etapas del ciclo productivo. En otras palabras, la cantidad de lluvia y la disponibilidad real de agua para los cultivos no siempre avanzan de la mano.

Es precisamente en este contexto donde la tecnología ha comenzado a desempeñar un papel protagónico en el campo. Durante décadas, gran parte de las decisiones relacionadas con el riego se basó en la experiencia acumulada por los productores y en la observación directa de las condiciones de los cultivos.

Aunque ese conocimiento sigue siendo indispensable, la complejidad de los desafíos actuales exige niveles de precisión cada vez mayores. El avance de sensores, plataformas digitales y sistemas de monitoreo permite seguir en tiempo real información sobre la humedad del suelo, las condiciones operativas de los equipos y el desempeño de las áreas productivas, ofreciendo una visión mucho más detallada de la realidad del campo.

Más que generar información, estas herramientas permiten transformar la incertidumbre en conocimiento aplicable. En un entorno donde las condiciones climáticas pueden cambiar rápidamente, el acceso a datos confiables contribuye a tomar decisiones más precisas y a gestionar de manera más eficiente los recursos disponibles.

La lógica deja de ser reactiva para convertirse en preventiva. En lugar de actuar únicamente cuando los impactos ya son visibles en los cultivos, el productor adquiere la capacidad de anticipar escenarios, identificar tendencias y realizar ajustes antes de que los problemas afecten la productividad.

Este cambio representa una evolución importante en la forma en que el agronegocio gestiona el agua. Al combinar monitoreo, análisis de datos y tecnologías de precisión, es posible utilizar los recursos hídricos de manera más racional, reducir desperdicios y aumentar la eficiencia operativa.

Al mismo tiempo, este enfoque contribuye a fortalecer la sostenibilidad de la actividad agrícola, un tema que adquiere cada vez más relevancia entre consumidores, inversores y mercados internacionales que prestan creciente atención a las prácticas implementadas a lo largo de las cadenas productivas.

La tecnología ha comenzado a desempeñar un papel protagónico en el campo.

La tecnología ha comenzado a desempeñar un papel protagónico en el campo.

En un escenario de incertidumbre permanente, la capacidad de adaptación se convierte en uno de los principales diferenciales competitivos del sector. Los productores que logran monitorear mejor sus operaciones, anticipar riesgos y responder rápidamente a los cambios de contexto tienden a atravesar los eventos climáticos adversos con menor impacto económico y mayor estabilidad productiva.

El futuro del agronegocio estará definido menos por la abundancia de recursos y más por la eficiencia con la que estos sean administrados. Y, entre todos los recursos esenciales para la producción agrícola, pocos serán tan estratégicos para esa transformación como el agua.

* Luiz Alberto Roque, CEO de Bauer do Brasil y CEO de Irricontrol.