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¿Arrancar viñedos o entender qué vino se consume?

Mientras Francia avanza con políticas de arranque de viñedos para enfrentar la caída del consumo, en Mendoza empieza a instalarse esa misma idea. Sin embargo, los datos oficiales muestran que la Zona Este de Mendoza produce el vino que efectivamente se consume en Argentina. Copiar soluciones sin entender la realidad productiva local puede profundizar la crisis en lugar de resolverla.

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ALF PONCE MERCADO / MDZ

En Francia la decisión ya está tomada: frente a la caída sostenida del consumo, el exceso de stock y la crisis de precios, el Estado financia el arranque de viñedos. Es una medida dura, costosa y traumática, pero coherente con su diagnóstico: producen más vino del que su sociedad está dispuesta a beber.

La pregunta que empieza a instalarse en Mendoza —y de manera particularmente incómoda en la zona este— es si ese camino es también el nuestro. Y ahí es donde conviene frenar un segundo. Porque copiar soluciones sin entender el problema propio suele ser más peligroso que no hacer nada. Antes de arrancar viñedos, hay que hacerse una pregunta incómoda pero fundamental: ¿qué vino producimos y qué vino está tomando realmente la gente?

El consumo real, no el consumo idealizado

Los datos oficiales del Instituto Nacional de Vitivinicultura son claros: alrededor de dos tercios del vino que se consume en Argentina es vino sin mención varietal. Vino cotidiano, accesible, el que acompaña la comida diaria y no la ocasión excepcional. Más del 80 % de ese vino se produce en Mendoza.

Ese dato, por sí solo, debería ordenar el debate. El corazón del consumo argentino no está en los vinos de elite, ni en los blancos sofisticados, ni en los desalcoholizados de alto costo —que además implican procesos complejos y caros—. Está en vinos tomables, directos, honestos, muchas veces compartidos sin liturgia.

En este contexto, una frase reciente de Lionel Messi recorrió el mundo del vino: contó que toma vino con Sprite. Para algunos fue casi una provocación. Para otros, una herejía. Pero en realidad fue algo mucho más simple y mucho más profundo: una postal exacta de cómo se bebe hoy. Como el fernet con cola en Argentina, como la sangría en España. Bebidas populares, compartidas, descontracturadas.

Esto no invalida al vino en su forma tradicional. Al contrario. El vino como cultura, como conocimiento, como arte, sigue siendo admirado y elegido por muchos. Los conocedores del vino son privilegiados y respetables. Pero son pocos. Y el problema empieza cuando diseñamos toda una política vitivinícola pensando solo en ellos, ignorando cómo bebe la mayoría.

El vino no pierde valor por tomarse de muchas formas. Pierde futuro cuando se lo vuelve inaccesible, ajeno o culpable.

Qué produce estructuralmente la zona este

Cuando se observan los datos oficiales de superficie implantada por variedades en San Martín, Junín, Rivadavia, Santa Rosa y La Paz, aparece una fotografía contundente.

La zona este no es un territorio atrasado ni homogéneo. Es un territorio funcional dentro de la vitivinicultura mendocina, con una combinación específica de variedades y destinos productivos.

Los números muestran que, según el departamento, entre un 30 % y un 45 % del viñedo está estructuralmente orientado al consumo interno y al destino industrial (mosto). Al mismo tiempo, entre un tercio y algo más de un tercio del viñedo está implantado con variedades finas.

Esto desarma un prejuicio muy instalado: la zona este no es vino que sobra, ni vino sin valor. Es una región equilibrada, donde conviven volumen y calidad, consumo y valor agregado.

Criolla, Cereza y el error de mirar solo el arranque

Dentro de ese esquema, las variedades tradicionales —Criolla Grande, Cereza, Moscatel Rosado y Pedro Giménez— cumplen funciones estratégicas que han sido sistemáticamente subestimadas.

Históricamente, estas variedades dieron origen a la industria del mosto, concebida como una válvula de compensación frente a los excedentes del vino. Y así como está, esa definición es correcta. Pero es incompleta.

Porque si la industria del mosto fuera tomada verdaderamente en serio —si existiera una decisión política sostenida de promoverla— podría ser mucho más que un amortiguador de crisis. Podría convertirse en un motor de desarrollo productivo, capaz de sostener más hectáreas, más productores y más familias.

El mosto es un alimento. Es un insumo natural, trazable, con potencial para reemplazar edulcorantes artificiales en múltiples industrias. Fomentar, por ejemplo, la edulcoración con mosto no es una idea romántica: es una política concreta que otros países ya discuten en clave de salud, industria y valor agregado.

Perder esta industria, abandonar estas variedades sin una estrategia, no es modernización. Es desperdicio. Es resignar una herramienta que podría ordenar el sistema, sostener precios y dar futuro a regiones enteras.

No es atraso: es función productiva

Cada vez que se defiende a la zona este aparece la misma crítica: que se está defendiendo el atraso, que se romantiza el vino común, que se frena el desarrollo.

Nada más lejos.

Defender la zona este no es negar la crisis, es entenderla mejor. No es romantizar el vino común, es reconocer que sin vino cotidiano no hay sistema vitivinícola posible. Y no es frenar la modernización: es denunciar que durante años se denostó a esta región mientras se aprovechaba su producción pagando poco y llevándose lo mejor.

Ese proceso no solo tuvo consecuencias económicas. Tuvo consecuencias simbólicas: afectó el orgullo, la autoestima y el autopercibimiento de miles de productores y familias del Este. Y eso también es política pública, aunque no figure en ningún balance.

¿Entonces no hay crisis?

Sí, la hay. Pero no es una crisis de “demasiado viñedo” en abstracto. Es una crisis de:

  • rentabilidad,

  • precios relativos,

  • concentración,

  • y, sobre todo, ausencia de un plan político y estratégico diferenciado por territorio.

Francia arranca viñedos porque su problema es estructural y porque tiene recursos fiscales para compensar esa decisión. Mendoza —y especialmente la zona este— enfrenta otra realidad: si se arranca sin distinguir funciones productivas, se daña el corazón del consumo y se profundiza la exclusión.

Arrancar viñedos en el Este sin un análisis fino puede implicar:

  • perder volumen necesario para el mercado interno,

  • debilitar la industria del mosto,

  • expulsar productores,

  • y romper el entramado social rural.

Sostenibilidad, identidad y una oportunidad desaprovechada

Resulta llamativo que, mientras se destinan enormes esfuerzos a potenciar otras zonas, la zona este siga ausente de una estrategia de desarrollo sostenible integral.

Si una parte de esos recursos se orientara a este territorio, el Este podría convertirse en un actor central del desarrollo ecocultural de Mendoza: turismo cultural y enológico accesible, identidad vitivinícola viva, certificaciones de sostenibilidad, esquemas de triple impacto, integración entre producción, ambiente y comunidad.

La zona este no solo produce vino. Produce paisaje, cultura, trabajo y arraigo. Pensarla en clave de sostenibilidad no es una moda: es reconocer que ahí están dadas las condiciones para un modelo distinto, más inclusivo, más territorial y más resiliente.

Una advertencia y una esperanza

La zona este no necesita ser salvada de sí misma. Necesita ser entendida, respetada y pensada estratégicamente.

Los datos muestran que:

  • produce el vino que se consume,

  • amortigua los ciclos del mercado,

  • sostiene industrias clave como el mosto,

  • y conserva un equilibrio varietal que muchos países ya perdieron.

La discusión no debería ser si imitamos a Francia, sino por qué todavía no construimos una política propia. Porque el verdadero problema no es el vino que sobra.

El problema es la falta de una propuesta política que defienda, ordene y proyecte lo que todavía funciona.

Y ahí hay una enorme oportunidad. Para la zona este.

Y para quienes estén dispuestos a liderar ese cambio con datos, territorio y coraje.