La baja de impuestos: el anhelo de todo contribuyente
Durante la campaña que lo llevó a la Casa Rosada, el presidente Javier Milei prometió no subir impuestos e incluso intentar bajarlos. En esta Argentina tan mal lograda desde hace años, ningún político se atrevió a tanto. En ese momento se asemejaba más a una expresión de deseos que a una posible realidad, el contribuyente argentino en su ilusión escuchó con toda atención, votó y aún no pierde la esperanza. No fue sólo una promesa de campaña, la plataforma electoral presentada por la Libertad Avanza, incluía una reforma tributaria que demás estar decir, implicaba la baja de impuestos.
Proponía también, una fuerte contracción del gasto público, tarea que está siendo llevada a cabo de manera implacable, por el presidente, gestión que ya empieza a mostrar sus frutos con los datos de superávit, que se dieron a conocer a través del Ministerio de Economía de la Nación.
En el marco de esta utopía resulta inevitable pensar si el próximo paso incluye la baja de impuestos. Todo parece indicar que sí. Una vez logrado el equilibrio fiscal, es posible que no sea inmediato, pero sí al menos, que se promueva una reformulación de todo el sistema tributario tendiente a su simplificación. En la estructura actual, sólo una docena de impuestos concentran el 90% de la recaudación, por lo que hay más de cien impuestos que solo recaudan un 10%.
Además de ineficiente, es desalentador para los inversionistas, genera costos adicionales para los empresarios y termina afectando a toda la población. La simplificación sin dudas es el primer paso para poder encarar una reforma íntegra y planificada que significará un beneficio con efecto multiplicador orientado al consumo.
Entonces, ¿cómo comenzar? Atacando aquellos impuestos que no mueven la aguja en términos de recaudación pero que, sin embargo, generan un enorme costo para todos los eslabones productivos, incrementando el precio de bienes y servicios.
Impuestos sobre el patrimonio, como Bienes Personales castigan el ahorro y desalientan la inversión, y por tanto debe plantearse su eliminación. No obstante, una medida alternativa puede suponer la reducción gradual de las escalas o bien, establecer igual escala de tasas independientemente de la localización de los bienes, ubicados en el país o en el exterior.
En otro capítulo corresponde considerar tributos más distorsivos, como Ingresos Brutos, que es el principal medio de recaudación para las arcas provinciales. Pensar en su eliminación en el corto plazo es casi imposible, porque supone que las jurisdicciones deberían bajar drásticamente el gasto público.
Sin embargo, una opción interesante, consistiría en lograr el compromiso de todos los gobiernos provinciales tendiente a reducir las alícuotas de tributación y modernizar el régimen de Convenio Multilateral, mediante el cual hoy se tributa Ingresos Brutos para empresas que tienen ventas a nivel nacional y que refleja un sinnúmero de inequidades dependiendo del estado provincial que se analice. Adicionalmente, desde hace años, se establecieron tasas municipales que rozan lo absurdo y no guardan relación con el servicio que dicen prestar. En sí mismas, son un impuesto encubierto para aumentar la recaudación de los municipios.
Estos tributos junto con los impuestos a las exportaciones inciden directamente en el precio de los bienes y servicios. En Argentina, un país con estructuras caras y variables adicionales no es difícil advertir que el resultado es la pérdida de competitividad a nivel mundial. Un párrafo aparte merece la consideración del gravamen más resistido por los contribuyentes: el “impuesto a los débitos y créditos bancarios”, imposiciones que nacieron como transitorias y de emergencia, se perpetúan en el tiempo. Aunque resulte ilógico, algunos fundamentos teóricos esenciales de todo impuesto se pierden en el camino, cuando su recaudación resulta rápida, efectiva y abarca un amplio universo de transacciones como son las operaciones bancarias.
En síntesis, ¿la esperanza sigue viva? Sí. En el mediano plazo, el Gobierno Nacional, puede aplicar ciertas reducciones y simplificaciones al sistema impositivo, en la medida que se sostenga el superávit fiscal y se corrijan las variables macroeconómicas. En este sentido, esta perspectiva fue considerada por el ministro Caputo en su reunión con miembros de la Unión Industrial Argentina en diciembre pasado. Al margen de ser una promesa del Gobierno, es condición necesaria, que bajen los impuestos, para que se generen más inversiones, que en sí mismas importan más actividad económica, más empleo y más consumo. Todo sumado es igual a menos pobreza.
Este es el sendero unívoco para que Argentina despegue.

* Cdor. Andrés Nicastro y Mgter. Noelia Roggerone Saso, socio y gerente en Lisicki Litvin y Asociados.

