Entrevista MDZ

Luis Robbio: “No todos deben ser programadores, pero sí saber algo de computación"

Como creador de Belatrix fue pionero hace 20 años en la exportación de software, llegó a emplear a 900 personas en distintas partes de América Latina y tuvo su oficina en Silicon Valley. La experiencia de emprender, la venta a Globant y la apuesta por la educación continua.

Diana Chiani
Diana Chiani jueves, 18 de mayo de 2023 · 17:17 hs

La generación de ingenieros de Luis Robbio no tuvo la posibilidad de formarse como informáticos y él, como ingeniero electrónico, transitó entre el hardware y el software durante muchos años de su vida. Fue el creador de la empresa Belatrix, la primera de Mendoza en exportar servicios de software al exterior, que en 2019 fue vendida a la unicornio argentina Globant.

Como en la vida de todo emprendedor, el éxito no llegó a la primera, aunque no estuvo lejos. Después de haber vivido en Oslo y en las cercanías de Chicago como ingeniero de Impsa, creó su primera empresa dedicada, principalmente, al hardware. Le fue bien hasta que la crisis de 2001 dio por tierra con casi todo lo logrado.

“Haber tenido la posibilidad de ir por el mundo, marcó el resto de mi vida, me hizo dar cuenta de que hay pocos genios, que todos hacemos lo mejor que podemos y, lo más importante, me sirvió para no sentirme inferior que nadie”, destacó Robbio. Cuando después de la crisis quedaron su exsocio, su secretaria y él, se percató de que su principal error había sido tener clientes solo de Argentina.

“Después se sumaron mis dos hijos y con el nuevo lanzamiento de Belatrix nos juramentamos que íbamos a trabajar con el exterior. Tanto fue así que, durante mucho tiempo, el 95% de nuestra facturación venía afuera. Cumplimos el juramento”, recordó Robbio. Su manejo del inglés y su experiencia previa fuera del país respaldaron la decisión que, pese a las dificultades del comienzo, fue más que acertada.

- Comenzaron esta etapa entre el hardware y el software, ¿cuál es la diferencia entre uno y otro?
Toda la cartelería de la ruta 7 en San Luis que montamos con una empresa de Buenos Aires es hardware, pero cuando lanzamos Belatrix 2.0 el software empezó a crecer de una manera increíble y nos dedicamos exclusivamente a eso. Tuvimos un crecimiento de entre 20% y 25% por año. Fuimos buenos en atraer gente talentosa y, en el fondo, esas son las cosas que a uno como emprendedor lo motivan.

- Ustedes fueron pioneros como empresa de software que vendía al exterior…
Absolutamente pioneros. Tengo una anécdota con eso: ProMendoza ayudaba mucho a las empresas que querían exportar y fui varias veces a pedir colaboración, sin embargo, no creían que desde aquí pudiéramos exportar software a Estados Unidos. Fui dos o tres veces y cuando ya tenía unos 15 ingenieros trabajando para Estados Unidos volví y les mostré que la idea funcionaba. Ahí me empezaron a ayudar muchísimo y, entonces, éramos la única empresa que lo hacía.

- ¿Qué servicio brindaban?
Pusimos foco en colaborar con empresas de Estados Unidos que desarrollaban software, en ponerles un equipo a disposición que les sirviera para lidiar con la escasez de talento que había en aquel país. No nos especializamos en una línea de negocios en particular, sino que tuvimos una amplitud muy grande y eso nos llevó a crecer rápidamente.
Además, tuvimos visión ya que cuando aparecieron los primeros celulares, nos dimos cuenta de que iba a ser importante y actuamos en consecuencia. De hecho, la primera aplicación móvil que se hizo de un banco en Estados Unidos, se elaboró buena parte en Mendoza. Habíamos visto que esto se venía y compramos los kits de desarrollo, contratamos gente, pedimos subsidio para capacitaciones y acertamos.

- ¿Cómo fue la capacitación en momentos donde no era tan sencillo formarse ni estaba tan difundido?
Cuando uno se recibe tiene que aprender a autocapacitarse, pero también contratamos mucho, mandamos gente al exterior a formarse y, adicionalmente, trajimos especialistas de Estados Unidos. Se puso de moda el desarrollo de unas metodologías que se llaman ágiles y en dos oportunidades contratamos a especialistas que vinieran a enseñarnos eso. Invertimos muchísimo en educación, también en inglés ya que teníamos una academia interna para que nuestros empleados se formaran o mejoraran el idioma. Hoy veo con mucha satisfacción que hay un montón de empresas nuevas y casi siempre hay un ex Belatrix trabajando o dirigiendo. Creo que tuvo que ver con ese afán que tuvimos de educar y capacitar.

- ¿Cómo fue el camino, lo que tuvieron que sortear y lo que aprendieron?
Tal vez fuimos muy pragmáticos. La crisis en computación que provocó el cambio de milenio en el 2000 hizo que India diera un salto y, dijimos que, si allí lo podían hacer, nosotros también podíamos. Nos costó mucho conseguir nuestro primer cliente, pero dio la casualidad de que uno de mis hijos se fue a vivir a Estados Unidos y el primero que nos contrató fue el dueño de la empresa donde trabajaba mi hijo. Le dije que le insistiera que en Mendoza había talento hasta que se decidió a venir y se convenció. Después, bueno, en todo el mundo funciona el boca en boca, el portarse bien y que la gente te reconozca. Llegamos a tener casi 900 personas en Belatrix.

- ¿Todas en Mendoza?
Nos tuvimos que diversificar porque hay lugares donde se trabaja más en una especialización de líneas de software que en otra. Nuestra primera incursión afuera fue en China, pero nos fue muy mal, estuvimos dos años y cerramos. Entre otras cosas, porque nuestros clientes de Estados Unidos desconfiaban de que les robaran las ideas en China. Confiaban en nosotros, pero no querían que mandarnos nada a ese país. 
Al cerrar allí, abrimos Perú, que fue exitosísimo porque en esa época los programadores trabajaban con contratos muy cortos mientras que Belatrix creó empleo estable, capacitación, brindó un lugar físico lindo para trabajar y fue un boom. Llegamos a tener 300 personas para después ir a Bogotá. Al final nos quedamos con un tercio de las operaciones en Argentina y otro tanto en Colombia y en Lima. Cuando nos dio el cuero abrimos una oficina comercial en Silicon Valley con un par de técnicos que visitaban clientes. Y esa fue un poco la historia de cómo crecimos.

- ¿Se imaginaban llegar ahí?
No, para nada, pero sí hubo algunas cosas que clave: en primer lugar, llevarnos bien ya que no es fácil el negocio familiar, después que los tres éramos apasionados en hacer las cosas con calidad y, por último, un foco enorme puesto en tener al cliente conforme. Cuando salió algo mal, nos hicimos cargo, reprogramamos, agregamos gente y creo que en el fondo eso paga. Especialmente en Estados Unidos.

- En 2019 vendieron la empresa a Globant, ¿cómo fue el proceso y la decisión de vender?
No fue fácil. La verdad que a ninguno de los tres se nos había pasado por la cabeza vender la empresa, pero en el mundo de la computación empezamos a ser reconocidos por el tamaño que teníamos, por la oficina en Silicon Valley y nos empezaron a hacer la pregunta. Siempre sentimos que estábamos al mismo nivel que los demás y otros también lo notaban. Cuando finalmente se nos despertó la idea, nos pusimos escuchar, pensamos en un precio y nos sorprendimos cuando nos ofrecieron mucho más de lo que teníamos en mente.
Con Globant nos conocemos desde hace muchos años y ellos nos habían pedido que les avisáramos si algún día vendíamos. Cuando vimos que se estaban pagando otras empresas a precios muy por encima del estándar nos decidimos. En el fondo no es que vendimos para retirarnos ya que los tres estamos haciendo cosas y después del correspondiente asesoramiento y de fijar un precio, llamamos a los chicos de Globant y cerramos con ellos. Hasta el día de hoy seguimos amigos, pero de vez en cuando uno siente algo de nostalgia. No obstante, lo cierto es que los tres estamos muy ocupados.

- Usted participa del proyecto educativo Egg…
Después de que quedé libre de la empresa, el creador de Egg, Ignacio Gómez Portillo, que conocía de mis quejas sobre el sistema educativo y de la importancia que le doy a la educación me vino a buscar. Ahora soy responsable comercial de Egg y en tres años hemos dado un salto muy importante.

- ¿Cómo funciona la plataforma?
Gómez Portillo es muy creativo, estudió en el Balseiro, hizo un doctorado en España y se especializó en la cooperación humana. Después desarrolló una plataforma que permite la educación masiva con resultados de buena calidad y a precios muy competitivos a partir de la colaboración entre los participantes. Es una plataforma amplia. Hoy estamos capacitando en sistemas de calidad de software y firmando contratos con una empresa gigante para capacitación en Inteligencia Artificial (IA).

- ¿Qué ven con relación a la IA?
Qué tema… Soy un fanático de la tecnología y siempre he pensado que ha sido para bien, pero esta me da un poco de miedo. No soy el único. Gente más importante que yo también está muy preocupada porque así como la primera revolución industrial le pegó al trabajo físico del hombre, esta le afecta al intelecto y hay amenazas para tareas que antes parecían intocables. Hasta para los mismos programadores…
También hay que considerar que la humanidad es muy adaptativa. Leí el otro día que el 60% de los trabajos que hoy existen en Estados Unidos no estaban en el año 40. Los cambios se han adaptado, pero lo hay que tener muy claro es que cada vez hace falta gente más educada. Porque, incluso con estas herramientas, si uno no tiene la educación para formular bien el problema, recibe cualquier cosa. Creo que viene un desafío grande y a mí me preocupa que la educación en argentina esté tan deteriorada.

- ¿Cuáles son los desafíos para el sector tanto en Argentina como en Mendoza?
Por suerte, algunos políticos se enteraron de que hay oportunidades de cambiarle la vida a la gente a través de la educación. Y hay propuestas como Argentina 4.0, un programa que lanzó el ministro Sergio Massa para capacitar, Egg que forma a miles de chicos y Mendoza también lanzó un proyecto para que los chicos de los últimos años del secundario aprendan sobre tecnología. Algunos me dicen si quiero que todo el mundo sea programador y digo que no. No obstante, creo que cualquiera sea la profesión que se tenga, saber hablar del mundo de la computación le da un plus de valor a la gente. No es que todo el mundo tiene que ser programador, pero sí me parece que, como viene la tecnología, todo el mundo debería saber algo de computación.

 

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