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La AFA del chiquitaje y otra oportunidad tirada a la basura

El fútbol argentino tuvo por delante la inmejorable posibilidad de demostrarle al mundo que campeón se es adentro y afuera de la cancha, pero la dejaron pasar.


La suspensión definitiva de la Finalissima, la copa que por estos lados pareciera ser un trofeo de guerra y por otros no deja de ser un mero partidito de solteros contra casados, despertó un sinfín de interpretaciones debido a los motivos oficiales que llevaron a la impensada decisión de no jugar al fútbol.

Que la UEFA no cedió la localía, que la FIFA quería Europa, que la CONMEBOL quería Sudamérica, que la AFA quería el Madre de Ciudades. Un compendio de deslindar responsabilidades y una bomba que se fueron pasando de mano a mano y terminó de explotar este mismo domingo.

Y, como si todo lo que se generó fuera poco, o nada, la situación marcó también un hecho puntual que volvió a dejar expuesto un presente tan complejo como evidente: el fútbol argentino dejó pasar una nueva oportunidad de mostrarle al mundo que la condición de campeón no es casualidad, que la chapa está por algo, que lo que pasó adentro de la cancha también puede pasar afuera. Ser, y parecer.

finalissima

La Finalissima entre Argentina y España estaba prevista para el 27 de marzo en Qatar.

Que las permanentes demostraciones de fútbol del equipo de Lionel Scaloni, con un fútbol de alto vuelo que generó una revolución y nos marcó para siempre, también pudieran aparecer afuera del campo de juego, con decisiones coherentes, acertadas, pensadas, racionales. Así como un pase de Enzo, una atajada del Dibu o un gol de Leo.

Que poder decirle a la tan temida España ‘juguemos donde vos quieras, cuando vos quieras y a la hora que quieras, que te vamos a demostrar por qué somos los campeones del mundo’, hubiera significado dejar un mensaje con altura, una demostración de nivel, una decisión de un verdadero ganador, que no se rebaja ante nada y ante nadie.

Pero volvieron a mostrar la hilacha. Esa misma altura que se pide y se exige, correspondiente a una asociación con mucha historia, a una selección con muchos pergaminos y a un fútbol que merece reflejar todo su potencial, quedó resumido a una decisión inentendible, ilógica, disparatada, chiquita y que representa un punto de inflexión a tres meses del mundial. Porque si hay un perjudicado de toda esta novela ese es Lionel Scaloni.

El seleccionador tenía por delante una inmejorable oportunidad de probar el equipo que se prepara para defender la corona dentro de muy poco y ante un oponente de peso, de exigencia. Era la posibilidad de mover piezas, ajustar detalles, corregir errores, ratificar virtudes, responder preguntas y saldar dudas. Las que tendrá el entrenador y las que tenemos los futboleros.

Pero volvieron a dejarla pasar. Una vez más.