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Cuando el fútbol ya no alcanza, el corazón de Argentina siempre encuentra el camino

Argentina estuvo contra las cuerdas durante 80 minutos, pero la rebeldía, el amor propio y la entrega cambiaron una historia que parecía escrita.

GOL MESSI  FESTEJO argentina egipto 3
DPA

Durante ochenta minutos Argentina intentó ganar desde el fútbol. Con sus movimientos de siempre. Filtrando pelotas entre líneas, abriendo la cancha, buscando a Messi por el centro y también recostado sobre la derecha, apostando a la velocidad de Julián Álvarez y a las proyecciones de Lisandro Martínez. Pero nada alcanzaba.

Cuándo el fútbol no alcanza, apareció el corazón de la selección argentina

Egipto había preparado el partido a la perfección. Estudió cada movimiento de la Selección, cerró los espacios, salió rápido de contraataque y golpeó dos veces. Cada plan que había diseñado lo ejecutó con precisión y, durante gran parte del encuentro, parecía tener controlada a la campeona del mundo.

Pero hay una parte del fútbol que ningún analista puede estudiar.

Con un frentazo que se desvió en la mano de un rival, Cuti Romero rescató a la Selección argentina en el minuto 111 del tiempo suplementario. 

Con un frentazo que se desvió en la mano de un rival, Cuti Romero rescató a la Selección argentina en el minuto 111 del tiempo suplementario.

No existe video que explique el amor propio. No hay software que mida la rebeldía. No hay sistema táctico capaz de marcar el corazón.

Y cuando Argentina entendió que el libreto futbolístico ya no alcanzaba, decidió jugar desde otro lugar.

A once minutos del final apareció el primer golpe. Cristian Romero fue a buscar una pelota como si fuera la última de su carrera y marcó el descuento que volvió a meter al equipo en partido.

Después llegó Messi. No fue el remate técnicamente perfecto. Ni el más potente. Fue un disparo cargado de convicción, de orgullo, de esa rebeldía que solo tienen los futbolistas distintos. La pelota encontró un hueco entre un mar de piernas y terminó donde tenía que terminar: adentro del arco.

Con el 2 a 2, Argentina sintió que el partido había cambiado definitivamente de dueño. Egipto ya no era aquel equipo seguro que había ejecutado su plan durante ochenta minutos. Estaba confundido. Todo lo que había preparado se había derrumbado en apenas un puñado de minutos.

Y entonces llegó la última muestra de carácter.

Una recuperación en campo propio. Una corrida desesperada. Un centro perfecto. Y Enzo Fernández, entrando por el segundo palo, para poner de cabeza el 3 a 2 definitivo a los 92 minutos.

Fueron apenas trece minutos.

Trece minutos que alcanzaron para recordar por qué esta Selección es la actual campeona del mundo.

Porque cuando el rival te cierra todos los caminos, cuando el plan A deja de funcionar y el partido parece escaparse, este equipo siempre encuentra algo más. A veces es fútbol. A veces es talento. Y muchas otras, como ocurrió esta vez, es simplemente corazón.

Si hubiera que definir cuál es la mayor virtud de esta Selección, no diría que es Messi, ni la presión alta, ni la salida desde el fondo. Diría que es otra cosa.

Es un grupo que juega como juega la gente en la tribuna: con orgullo, con pertenencia, sin dar una pelota por perdida.

Y cuando un equipo consigue que un hincha sienta que los once que están adentro representan exactamente lo que él haría si pudiera ponerse esa camiseta, entonces ya logró lo más difícil.

Los títulos llegan después.

Porque este equipo no solo juega muy bien al fútbol.

Este equipo juega con el corazón.