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Cuando la política dañó al deporte: a 44 años del boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú

En plena Guerra Fría, Estados Unidos promovió un boicot a la cita. La Junta Militar adhirió por motivos poco esclarecidos y no viajó ningún atleta argentino. Las Olimpíadas que “no existieron”.
Hace 44 años comenzaban los Juegos Olímpicos de Moscú 1980.
Hace 44 años comenzaban los Juegos Olímpicos de Moscú 1980.

Un 19 de julio como hoy, pero de 1980, fue la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Seguramente se trate de la edición de la que los argentinos (y el mundo) menos recuerden, y no es casualidad. En aquel entonces, la geopolítica estaba atravesada por un conflicto que repercutía en todos los ámbitos: la Guerra Fría. Las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética habían recientemente escalado luego de la invasión de los segundos en Afganistán y entonces el gobierno de Jimmy Carter ideó un boicot a las Olimpíadas de Moscú. Entre los países que siguieron su postura, lamentablemente, estuvo Argentina. Y cientos de atletas vieron frustrado su sueño de una medalla para su país.

El 27 de diciembre de 1979, la URSS envió tropas a Afganistán para defender al régimen comunista de una ofensiva norteamericana, que financiaba al otro bando, el musulmán. Esa fue la excusa perfecta para que Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos, pudiera materializar el deseo que tenía desde hacía tiempo: que ningún atleta de su país participara de los Juegos Olímpicos de Moscú, unos meses más tarde. El gobierno de Estados Unidos expresó públicamente su postura luego de una reunión con entrenadores, atletas y figuras del deporte nacional. Ellos propusieron alternativas: que llegaran el día de la competencia, que no asistieran a la inauguración, que no participaran de la entrega de medallas. Pero todas fueron rechazadas. Era inexorable: Estados Unidos no iría a Moscú.

Más de sesenta países se ausentaron de Moscú 1980, en medio de tensiones políticas.

Se especulaba con que Argentina, en donde gobernaba la Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla, siguiera los pasos de Estados Unidos. Pero el coronel Antonio Rodríguez, presidente del Comité Olímpico Argentino (COA), trajo alivio al deporte nacional en enero de 1980. “El COA no aprueba el boicot de los Juegos Olímpicos de Moscú. De ninguna manera podemos frustrar el esfuerzo de nuestros jóvenes atletas. Los intereses políticos no pueden prevalecer sobre los deportivos. La Argentina participará en los Juegos”. No sabía que pronto a sus palabras se las llevaría el viento. Mientras tanto, cientos de atletas seguían preparándose para la cita.

Ya era mayo. El ministro de Economía de por entonces, José Alfredo Martínez de Hoz, viajó a Estados Unidos para reunirse con Zbigniew Brzezinksi, consejero de Seguridad de la Casa Blanca, y Lloyd Cutler, asesor directo del presidente Jimmy Carter. Y luego con el subsecretario de Estado, Warren Christopher, y el subsecretario de Asuntos Internacionales del Departamento de Agricultura, Dale Hathaway. El gobierno norteamericano buscaba persuadirlo para que fomentara el boicot y quería que Argentina dejara de exportar granos a la URSS. Pero el país había ampliado sus mercados a territorios árabes, China y la URSS porque los negocios con Estados Unidos no dejaban saldo favorable. Martínez de Hoz no quería (en principio) acatar el pedido. Mas, de pronto…

El ministro de Economía Martínez de Hoz y un rol clave en lo que sucedería con los atletas argentinos.

Veinticuatro horas después de las reuniones de Martínez de Hoz, el 8 de mayo por la tarde, el gobierno emitió un comunicado en el que sostenía que la delegación argentina no viajaría a Moscú. Enseguida, el tono imperativo fue modificado por la oración: “Se recomienda la no concurrencia a los Juegos Olímpicos ”. Era solo burocracia, para evitar que el COA fuese sancionado por el Comité Olímpico Internacional. Pero la esencia era la misma: los atletas argentinos debían posponer sus sueños. Aunque se hubiera decidido no “seguir el consejo”, jamás se hubiese podido acudir a la cita por la falta de financiamiento del Estado. Esos Juegos Olímpicos siquiera fueron televisados en nuestro país y para algunos “no existieron”. Solo un periodista viajó. Fue Roberto Fernández, de la revista Goles, a quien le demoraron la acreditación y lo plagaron de excusas para evitar que lo hiciera.

El nadador Alejandro Lecot contó una vez cómo fue el momento en el que se enteró de la decisión del gobierno. Y grafica a la perfección la impotencia común de los atletas: “Yo tenía 19 años. Agarré una bandera argentina, de esas que te daban para el Mundial 78, y la quise romper. Mi viejo me paró, pero si ese día me daban un arma... Me mataron, me mataron”. No fue el único, claro. El básquet argentino había clasificado a unas Olimpíadas después de 28 años, desde Helsinki 1952, tras una victoria épica ante Brasil por 118-98 en el Preolímpico de Puerto Rico. Pero también debieron esperar. El fútbol era vigente campeón mundial (Argentina 1978), juvenil (Japón 1979) y había arrasado, invicto, en los Juegos Panamericanos. Ellos tampoco pudieron ir en busca de un logro inédito: ser campeón vigente de todas competencias internacionales.

Misha, la mascota que adornó los Juegos Olímpicos de Moscú.

Sesenta y dos países tomaron la misma decisión que Argentina y Estados Unidos, pero eran en su mayoría los que “dependían” de la economía norteamericana y no habían tenido margen de maniobra. Brasil, España, Italia, Colombia, entre otros, enviaron a sus atletas; algunos, una delegación reducida. Pero los enviaron. Argentina no, por razones poco esclarecidas. Lecot expresó una vez: “Teníamos que alinearnos con Estados Unidos por las presiones económicas. Se hablaba de embargar a la Unión Soviética, pero a los dos meses ya estábamos vendiéndole cereales de nuevo”. El gobierno de Carter organizó más tarde un torneo internacional e invitó a los argentinos una semana a Hawái. Pero no había medallas. Y no eran Olimpíadas.

Los estadounidenses que lo padecieron

Los argentinos resultaron ser víctimas de algo que los excedía completamente. Pero los atletas norteamericanos tampoco eran responsables de las tensiones políticas que protagonizaban sus gobernantes (ni los soviéticos, que, como respuesta, no pudieron competir en Los Ángeles 1984 por decisión de Konstantin Chernenko). Un caso increíble es el de la velocista americana Gwen Gardner, que fue primera en la carrera de 400 metros que la clasificó a los Juegos Olímpicos y era candidata a ganar el oro en Moscú. Gardner, evidentemente, no pudo competir y debió esperar hasta 1984. Pero durante esos años trabajó, para subsistir, como doble de riesgo en Hollywood. En un rodaje se fracturó una pierna y estuvo lesionada un año. Se recuperó con lo justo para buscar clasificar a Los Ángeles 1988, pero ya no era la misma. Las primeras tres de la carrera aseguraban su boleto… terminó cuarta.

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Greg Massialas era un esgrimista norteamericano que en 1980 tenía 24 años y atravesaba el mejor momento de su carrera. Recién pudo competir en unos Juegos Olímpicos, lógicamente, en Los Ángeles 1984. Pero ya no era imbatible y terminó cuarto, sin medalla. Massialas protagoniza una historia junto a Jimmy Carter que no podría ser más simbólica. En Atlanta 1996, estaba viendo las finales de esgrima desde una suerte de palco, como antigua figura, cuando llegó el ex presidente Carter junto a su sobrina y el novio de ella. Este adolescente se vio atraído por la disciplina y le empezó a preguntar a Massialas sobre ella. “Quiero entender más”, decía. Y, amablemente, el esgrimista retirado le explicaba. Le preguntó a Massialas si él había sido atleta olímpico. Este le contestó que sí, en 1984, pero le confesó que cuatro años antes había sido parte del equipo que no había podido competir. “¿Por qué no?”, consultó el chico. Y Jimmy Carter, que había escuchado el diálogo completo, puso con rubor su brazo en el hombro de Greg Massialas, que, muy respetuosamente, quería contarle los motivos.