Opinión

Se retiró Marcelo Mescolatti, ídolo de invisibles y ninguneados

Un intento de explicar por qué representa la identidad del fútbol de salón argentino.

Leonel Alesci
Leonel Alesci martes, 21 de mayo de 2024 · 07:15 hs
Se retiró Marcelo Mescolatti, ídolo de invisibles y ninguneados
Foto: Santiago Tagua / MDZ

Se retiró Marcelo Mescolatti del futsal y caer en agradecimientos por el gol a Brasil faltando un segundo o por todos los títulos que dio a Mendoza sería bastante simplista. Mescolatti es el máximo representante de una incontable cantidad de personas que construyen, día a día, con mayor o menor incidencia el deporte más popular de Mendoza en los últimos 15 años. El Chelo representa historias que no se conocen y se multiplican por miles. De gente que siempre está ahí, que vive y transpira su club y que, con un esfuerzo descomunal -pocas veces reconocido y que no es viral ni suma likes en redes-, aporta para que su institución sea un poquito mejor. De profes y jugadores que dejan familia, tiempo y trabajo para jugar un Mundial de 5 selecciones sudamericanas (y que lógicamente lo hacen con la mayor dedicación y esfuerzo posible) organizado los mismos cráneos que armaban una División de Honor en diciembre y en Misiones con 45 grados de sensación térmica. Ese es Mescolatti, ídolo, referente, querido, respetado (la palabra que más te guste vale) por invisibles y ninguneados: gente que entrega hasta lo que no tiene por su club y que la única devolución que espera es un torneo bien organizado, pero a veces ni eso recibe.

A Mescolatti hay que agradecerle por defender a los suyos siempre, por pelear mejores condiciones para todos los actores que forman parte de este deporte, desde cosas básicas como entradas para los familiares en un Mundial o alzar la voz y reclamar la renuncia de quienes tenían decidido perpetuarse en el poder de este deporte a fines de 2019, solo por citar dos ejemplos que se pueden contar. Por el liderazgo en cada plantel que conformó, por su personalidad, por jamás habérsela creído ni un poquito, por haber decidido en incontable cantidad de veces quedarse a jugar este deporte cuando oportunidades para irse a donde se les ocurra le llovieron todos los años, por ponerle la mejor cara a cada autógrafo, foto, notita y sesión de fotos que le pidieron en los últimos 20 años. En un mundo donde hay cada fantasma que se la cree, son todas cosas dignas de valorar. Por representar exactamente lo que significa este deporte, que se llama "de salón" no porque se juega sobre parqué y bajo techo, sino porque el respeto y la caballerosidad para con el rival están ante todo.

Capital y 10. Foto: Santiago Tagua / MDZ.

Mescolatti es ídolo de hombres y mujeres que pasan frío un viernes de julio a las 00, con apenas 1 grado de temperatura (y si es que), cuando todavía queda medio tiempo por jugar. De quienes se amuchan en la tribuna, comparten mantita y toman mate a esa hora para que el aguante a los que están dentro de la cancha sea más leve. Ídolo de los que tienen estadio cerrado, de quienes pusieron ladrillo por ladrillo para levantar el techo y de quienes luchan incansablemente para tener cancha propia (ese día va a llegar, lo sabemos). De canchas de 40x20, y de 28x15 que pellizcan metros de dónde sea para ser reglamentarias, de pisos de parqué, de cemento y de baldosas levantadas que hay que evitar porque agarrarlas en velocidad puede ser peligroso. Ídolo de quienes arreglan telas con precintos, de banquitos rotos para la mesa, de cronómetros que chorean segundos, de carteles de faltas despintados, de botines arreglados con cinta, de pelotas naranjas con algunas gajos grises que ya fueron pateadas 1 millón de veces y no se rompen. ¿De qué carajo las hacen?

De profes que dirigen seis categorías en clubes distintos, que encajan horarios tal cual tetris y ruegan que no se les superpongan partidos para poder cumplir en todos lados; que durante el sábado se cambian de buzo, chupín y chip para defender los colores de turno. De los que pasan horas arriba del auto yendo de un lugar a otro y tienen una tienda de deportes en el baúl entre conitos, pelotas y escaleritas. Y que al final un partido se tienen que fumar una mala cara de un papá porque el pibito ya no tan pibito de 17 jugó pocos minutos.

El Chelo, en rol de DT. Foto: Santiago Tagua / MDZ.

De árbitros que pitan 60 partidos en un mes y que los insultan porque llegan 15 minutos tarde a uno. Y sí, la moto a veces te deja a gamba, hermano. De los que explican cada decisión y de los que ni te miran cuando les reclamas un piso que hasta el rival reconoce que tenés razón. De gente que usa pantalones blancos largos y silbatos que revientan tímpanos. De dirigentes locales, siempre discutidos y señalados por quienes critican pero que no son capaces de acercarse para colaborar, que con aciertos y errores quintuplicaron cantidad de federados en una década y posicionaron a Mendoza como el ineludible faro a seguir en todo el país. Con 10 mil personas que juegan día a día a este deporte, es momento de apostar a la calidad.

De microbios, infantiles e inferiores. De pibas que reclaman más horas de cancha e igualdad de condiciones en sus clubes. De suelas desgastadas que ya resbalan más de lo que adhieren y que no pueden ser renovadas porque la tarjeta está al tope. De medias rotas que te hacen el aguante desde la C17 y siempre duran un torneo más. De quienes resignan vacaciones y viajan 4 o 5 veces por año entre club y selección, y de quienes su sueño es ir a uno de esos torneos alguna vez. De los que hacen empanadas, venden pollo los domingos y numeritos de la rifa para que ese gasto imposible cueste unos pesos menos. De los que ponen hasta lo que no tienen sin esperar nada a cambio. De los que la ponen de su bolsillo y no esperan que vuelva. Esto nunca fue por plata. De padres que hacen bizcochuelos para juntar fondos y aportan dinero de sus emprendimientos o empresas en camisetas bajo la excusa de que "está bueno hacer publicidad". Es una pantalla eso: todos sabemos que en realidad lo único que quieren hacer es colaborar con la causa y que a nadie le cambia la vida figurar en una camiseta de un equipo de la C. De jugadores que en una misma semana ofician de delegados, de dirigentes, de técnicos y encima los clavan en la mesa cuando "hace falta alguien del visitante" y nadie se hace cargo de que hay que cubrir ese puesto. De periodistas que viajan cientos (a veces miles) de kilómetros para con un celular, un poco de cinta y un trípode improvisado transmitir a familias, amigos y clubes lo que está pasando en un lugar recóndito de la Argentina con sus seres queridos. De colegas que manejan redes, sacan fotos, mandan notas, graban videos y cuidan la imagen de sus instituciones con la mayor pasión posible. 

El Chelo y la Borravino. Foto: Santiago Tagua / MDZ.

De quienes ya no saben lo que es pasar una noche entre semana en casa, madrugan a las 6 de la mañana, trabajan 10 horas y cambian horarios para no faltar a un entrenamiento. De quienes van a entrenar sabiendo que ya están jugados para el parcial, pero que no negocian esas dos horitas por día. De los que no faltan nunca. Y de los que saben que pase lo que pase juegan igual. De quienes resignan momentos con los suyos para que una marca perdida sobre el final te arruine la mañana siguiente, pero que así todo te ponen buena cara. 

De quienes militan el auténtico futsal y de quienes entienden que esa pelea política de hace 50 años no hace más que atentar contra el deporte que amamos, más allá de si sacamos los laterales con la mano o con el pie. Ambas posturas son válidas. De quienes cruzaron a Europa en busca de un futuro deportivo que acá nunca iban a tener (y que si te vas a un club de AFA algunos perejiles te tildan de traidor), y de quienes jamás tendrían vínculo alguno con el fútbol sala. De quienes creen que una unificación es posible y de quienes sabemos que eso jamás ocurrirá ni a corto ni a mediano plazo. A largo plazo no sabemos porque ya no vamos a estar. De muchos que no tienen ni idea por qué un mismo deporte se juega con reglas distintas en el país. Y de quienes te van a discutir a muerte que son deportes distintos. De los que se ilusionan algún día con que esto sea profesional, de quienes entienden que lo mejor es conservar el amateurismo. De quienes se van a sentir identificados con cualquiera de las descripciones de esta nota y de alguno que otro que también se va a calentar.

Marcelo Mescolatti y su casa eterna, Don Orione. Foto: Santiago Tagua / MDZ.

Ídolo en Mendoza. Ídolo de personas que viven en provincias donde hacen 28 grados en invierno. De gente que vive en una isla donde en un momento del año amanece a las 9.30 y a las 17 ya está de noche, en pueblitos donde hay 25 mil personas y tienen 40 equipos de futsal. En ciudades capitales y en lugares que no hay forma alguna de ubicarlos en un mapa. Ídolo del fútbol de salón en Misiones, en Corrientes, en Paraná, en Rosario, en Comodoro Rivadavia. En la Metro, donde los esfuerzos para que otra asociación no te robe un club son gigantes. En Esquina, en Gaiman, en Montecarlo, en Gobernador Gregores y en la Cuenca Austral. En cada lugar que visitó y lo rodearon para firmar autógrafos en concentraciones y torneos nacionales. Mescolatti representa el fútbol de salón que tanto amamos de principio a fin, así de crudo y real. Podremos estar de acuerdo o no en un montón de cosas (al fin y al cabo, de la disidencia se construye), pero pongo las manos en el fuego en que coincidimos todos en algo: el Chelo es la persona más querida y respetada de la historia de nuestro futsal. Lograr unanimidad en esos aspectos es más importante que decenas de títulos y gambetas. Es la identidad de este deporte. Y por eso siempre le vamos a estar agradecidos.

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