Y vos, ¿cuántos mundiales ganaste?
Lo que alguna vez soñó Maradona en un tierral de Fiorito, y que la televisión pasó de manera eterna por los siglos de los siglos, es un poco lo que alguna vez soñamos todos los que corrimos alguna vez atrás de una pelota. Esto de jugar para nuestro país, llegar a la selección, ir a un Mundial, y ya que estamos, ganarlo. Sí, demasiados pedidos para un solo Dios. La estadística dirá que ese olimpo es para unos pocos, un lugar reservado para los tocados, y dichosos ellos, que tienen en Instagram la medalla dorada entre los dientes reventada de likes.
Nosotros no, a los terrenales los títulos del mundo no nos afloran de la repisa y estamos ahí, siguiendo en las redes a los privilegiados, con un dejo de envidia, por no decir bronca. Y cada tanto, cuando aparece un nuevo campeón del mundo arriba de un podio en algún lugar del planeta, cometemos la guachada de bajarle el precio. Así, a lo argentino, porque las otras Copas del Mundo no valen, porque no juegan contra nadie, porque el torneo es una basura y porque lo gana hasta un equipo de oficinistas juntados para la ocasión.
El tema es que cualquiera no es tan ganador que digamos. Porque cuesta ver a un Don Nadie ser el mejor del planeta. Por eso habrá que empezar a tener un poco más de respeto con los que llegan a un cuadro y van derecho al living de la familia, arriba de los platos de porcelana que no se usan nunca. Ahora le tocó a los pibes C20 de futsal masculino. Y ya arrancamos nosotros a decir que eran cinco países, que no había jerarquía, que parecía un Sudamericano.
Acá, de este lado del vaso, todavía estamos los que aplaudimos de pie a esos campeones del mundo. Hay que ser el mejor de todos en lo tuyo, eh. Del TEG, del ring raje, de las bolitas, de Qatar. Por eso, algo más de respeto para estos pibes que dejaron a nuestro país en lo más alto del planeta. A la gilada, esa envidiosa que se toma una birra en un sillón los sábados a la noche y mira las historias ajenas inundados de recelo, respeto. O al menos, silencio.