René Houseman: a 6 años de su muerte, las mejores “perlas” de una vida marcada por el alcohol, la villa y la gambeta
Quienes más lo conocieron hablan de un talento pocas veces visto. De un jugador que podría haber sido una estrella mundial, pero no lo quiso. De uno de los (¿tres? ¿cuatro?) mejores que pasó por el fútbol argentino. Su compañero en Huracán y la Selección argentina, Osvaldo Ardiles, así lo describió: “Estaba al mismo nivel que Maradona, pero nunca quiso más. Esa mentalidad formaba parte de su personalidad”. Aun así, le fue suficiente a René Houseman para ser campeón con Huracán e Independiente y ser campeón del mundo con Argentina en 1978. Eso sí, toda su carrera estuvo atravesada y condicionada por su adicción al alcohol.
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Nació en La Banda, Santiago del Estero, en 1953. Pero de muy chico se mudó al Bajo Belgrano, en Buenos Aires, y allí transitó su infancia. Dura, por cierto: vivió en la villa y su padre era alcohólico al punto de que eso “lo llevó a la demencia”. Lo de la villa no es una introducción, ni un origen; es su esencia: “Soy un villero. Eso es lo que he sido toda mi vida y eso es lo que siempre seré hasta que me muera”, reveló ya de adulto. Y como si no alcanzase, cuando algunos le reprochaban “lo que podría haber sido”, Houseman insistió: “Al final, sabes qué hubiera hecho si hubiese tenido mucho dinero. Hubiese construido una gran villa para vivir con mi gente”.
René Osvaldo Houseman era hincha de Excursionistas, pero comenzó su carrera profesional en Defensores de Belgrano, el clásico rival. Allí lo descubrió César Luis Menotti, que lo fichó para Huracán. En su primer partido con “El globo”, en febrero de 1973, René hizo un gol tras una asistencia de Carlos Babington y dio pie a un romance que perduraría para siempre. Aquel año, el equipo en el que también brillaban Miguel Ángel Brindisi y Omar Larrosa salió campeón del fútbol argentino y dejó una huella indeleble en la historia. Houseman deslumbraba; tanto que años más tarde el “Flaco” Menotti lo describiría como “una mezcla entre Maradona y Garrincha”.
Su talento era evidente, pero menos que su conducta. Houseman era, puertas adentro, lo más alejado de un futbolista profesional posible. “No se tomaba nada en serio. Ni el fútbol, ni a sus compañeros, ni a él mismo. Y eso no era obstáculo para que al final de cada partido siempre acabase siendo el mejor”, lo definió Ardiles. Tenía problemas con el alcohol, según contó, desde los 19 años. “Me tomaba cualquier cosa. Desde la mañana hasta la noche. Tomaba porque sino temblaba”. Houseman está convencido de que lo que le permitió lucirse en aquel Huracán fue su libertad. Menotti miraba para otro lado, pero él nunca temió recordar su accionar: “Fumaba antes de los partidos y en el descanso. Y en esa época fumaba Gitane, el cigarrillo más asesino que pueda existir. Sin filtro, era como un porro y te dejaba colocado. Y eso que yo ya estaba bastante tocado de normal. Imagínate…”.
Con el tiempo, su adicción dejó de ser un secreto. La propia hinchada le cantaba: “Y chupe, chupe, chupe, no deje de chupar. El “Loco” es el más grande del fútbol nacional”. Él, obediente, no dejó de hacerlo. El 6 de noviembre de 1977 protagonizó una insólita anécdota: contó Houseman que abandonó la concentración de su equipo para ir al cumpleaños de su hija, pero regresó recién a las 11 de la mañana siguiente, borracho, a pocas horas de que Huracán enfrentara a River. Aseguró que el cuerpo técnico no lo quería dejar jugar, pero los convenció de esperarlos a que “durmiera una siesta” y luego decidieran. “Me tomé 400 cafés y me di 40 baños de agua fría”, dijo, sobre las horas previas al hito. Houseman jugó y, aunque fue derrota por 2-1 frente al “Millonario”, hizo el único gol de su equipo. Ebrio. “Me dormí dos horitas, salí a la cancha, metí el gol, pedí el cambio y me fui a dormir. No daba más. A Fillol le hice el gol. Tenía un aliento que ponía en pedo a todo River”, rememoró alguna vez, a pesar de que Ardiles negara la proeza: “Si hubiera estado borracho, me habría enterado; yo lo llevaba a entrenar”.
Houseman jugó dos Mundiales: en el primero, el de 1974, hizo tres goles y fue el mejor argentino. Como consecuencia le llegaron ofertas de Europa, pero “¿por qué dejar Buenos Aires, la ciudad más linda del mundo?” pensó; y se quedó. Algo similar ya le había sucedido. En Huracán quisieron “arrastrarlo” a la pensión cuando era jugador profesional, pero se escapó y volvió a su hogar: la villa. En la Copa del Mundo de 1978 fue campeón, aunque se quedó con un “gusto amargo”. Había llegado como titular, pero Menotti lo relegó con el correr del torneo y su nivel no fue el esperado: “Lo que me ocurrió fue sencillo: me sobreentrené. Si no me hubieran exigido tanto, hubiese sido el mejor”, reclamó. En la década del 80, tras diez años en Parque Patricios, vistió la camiseta de Independiente y fue campeón de la Copa Libertadores con Ricardo Bochini en 1984.
Houseman se retiró en 1985, para muchos, como un jugador que “podría haber sido” muchas cosas… Pero él siempre dijo estar en paz con lo conseguido: “Lo he pasado bien y he aprovechado mi vida. Me levanto tarde y luego hago lo que más me gusta: nada”. Sin rencores. Bueno, salvo alguno. En 2012, cuando Juan Román Riquelme anunció su retiro de Boca en aquella final continental frente a Corinthians fue muy criticado por Diego Armando Maradona: “Si estás vacío, llenate, pero no podés traicionar al 75 por ciento del país, que es hincha de Boca”, se quejó “Pelusa”. Y Houseman le contestó, sin un mínimo pelo en la lengua: “Riquelme tiene que jugar diez o veinte o años más, es el dueño de Boca. Hoy estaba leyendo la palabra de ese gordo vigilante que tenía Boca antes del 10, ese es un gordo muy vigilante que dice que quiere al club. Mentira, no quiere a nadie, no sé si se quiere a él. Que se calle la boca, que vuelva a Arabia y no venga más acá”. Lapidario. Aun así, tras su fallecimiento seis años después del cortocircuito, Maradona despidió al santiagueño con palabras de afecto y lo recordó como “un amigo”.
El alcohol lo siguió persiguiendo hasta 1993, cuando tuvo una fuerte experiencia que lo cambió profundamente. Así lo contó Houseman: “Cuando dejé el fútbol, mi vida solo estaba dedicada a esa porquería que es el alcohol. Un día, me caí con mi hija en brazos y casi la atropella un autobús. Mentalmente, aquello me hizo cambiar. Hice que me internaran y pasé 22 días en el hospital. Después de aquello, ni una gota más”. Y así vivió hasta el último de sus días, el 22 de marzo de 2018. Una fecha que quedará impresa en la memoria de los argentinos como la partida de un loco, un chiflado, un personaje, un crack, ¿un “villero”? En fin, como la partida de René Houseman. Ni más ni menos.

