Los hermanos Andino, enemigos íntimos
Uno tiene 21 años y el otro, 19. El más grande defiende los colores de Independiente Rivadavia, el más chico, la camiseta de Godoy Cruz. Uno es defensor y el otro delantero. El juego de las diferencias sigue como un loop interminable para los hermanos Andino. Tiago, lateral derecho de la Lepra y Santi, extremo del Tomba. O Chizo y Chulu, como les gusta llamarse en la intimidad de una familia que respira fútbol las 24 horas.
En la tele de la casa hay un partido de Reserva de la Copa Proyección. De fondo, mamá Lorena, resignada, confiesa que no hay otro menú en la interna familiar: "Acá es partido tras partido", dice, entre risas y mates. Ella y papá Diego son los creadores de estas dos joyitas del fútbol mendocino, las que cierran un 2024 que poco imaginaron cuando arrancaban el año, allá por un lejano enero.
"La verdad, pasó todo muy rápido. Poder debutar, ganarme un lugar. Después llegó la citación a la Selección Sub-20, el cariño de los hinchas. Es todo muy lindo", dice Chulu. Claro, el crack en potencia de Godoy Cruz fue la gran aparición del fóbal nuestro, irrumpiendo con su desfachatez en Primera División como si llevara una vida jugando en la elite.
Como es en la cancha es como es en la vida. Santino lo chicanea a Tiago, el que marca el ritmo como el mayor de los tres hermanos que es (Fran, el más chico de todos, juega al futsal): "Me toca ese rol. Viví mucho tiempo en la pensión de River Plate y trato de encarrilarlos", dice Chizo, quien logró meterse en la consideración de Alfredo Berti en la recta final de la Lepra y espera por su ansiado debut profesional.
La rivalidad entre ambos es solo una cuestión de camisetas. Son hermanos, literalmente, pero más allá del lazo familiar que los une con la sangre, Santino y Tiago son compinches de la vida. Se acompañan, se disfrutan, se gastan. No hace falta mucho más tiempo en casa para darse cuenta de cómo es uno y el otro, alimentando una relación constante.
"Yo soy más desordenado. Tengo a mi vieja que me salva en todas, ja. Eso sí, a la Play Station lo tengo de hijo", confiesa el delantero tombino. "Es verdad, no le puedo ganar, pero en el asado, el mate y la pesca, el que manda soy yo", contraataca el defensor leproso. Parte de las pasiones que comparten, y que en tiempos libres, tratan de disfrutar juntos.
"Ahora que tenemos unos días libres aprovechamos para ir a pescar", dicen al unísono. Ahí, lejos del ruido del fútbol y del trajín que tienen durante sus vidas de futbolistas: "Casi no los vemos", dicen papá y mamá, quienes asisten con religiosidad extrema al Malvinas Argentinas y al Bautista Gargantini, alternando camisetas y siempre bancando a sus hijos.
Al momento de brindar, seguramente que los dos agradecerán por un año que termina en las nubes. El desafío será poder repetir en un 2025 que avecina con novedades fuertes para los dos: Chulu con el sueño de jugar un Sudamericano de selecciones y continuar brillando en Godoy Cruz. Chizo, con el objetivo de ganarse un lugar en Independiente Rivadavia y afirmarse en el lateral derecho. Enfrentados en los colores, juntos en la vida.

