Presenta:

Hagan lugar en el museo, ahí viene Marcelo Mescolatti

Chelo se retiró tras dos décadas brillando en el fútbol de salón mundial. Su carrera dorada, directa al salón de la fama del deporte nuestro.

Para mí, Marcelo Mescolatti siempre fue como Lionel Messi pero arriba de la baldosa. Será por las formas o por esa diez que se le impregnó en la piel, o quizás porque los bastones celeste y blanco le atravesaron el alma. O en realidad, también, sea eso de verlo siempre con la misma camiseta, la de Don Orione, lo que me haga compararlo con ese idilio del rosarino cuando los tiempos con Barcelona eran realmente bondadosos.

Marcelo Mescolatti se fue un día y no hay nostalgia que sea capaz de soportar tantos años que se hunden en el baúl de los recuerdos. Y acá también me salta otra vez esto de asemejarlo a Messi, quién a su manera, ya empieza a ver los créditos de una película única e irrepetible mientras lo broncea el sol de Miami.

Pasaron veinte años desde que apareció en una cancha, Mescolatti, digo, y ahora empiezo a comprobar que el tiempo parece que corre a otra velocidad para los genios. Tantos torneos, tantas alegrías, tantos abrazos de gol, tantas gambetas. Tanto, ese es el término para cuantificar lo que regó un tipo que es bandera del deporte de estos lares del mapa, que lo consiguió todo, y quién, como a Messi, se le dio su buscado título del Mundo ya más cerca de la meta que de la largada. Mendoza le quedó diminuto y su nombre ya es patrimonio del mundo salonero.

Mendoza, Argentina y Don Orione, sus tres grandes amores.

Mi papá siempre me dijo que acá, en Mendoza, el museo de la fama estaba reservado para el Víctor Legrotaglie, Nicolino Locche y Ernesto Contreras. Me dibujó, mi papá, con los vasos como arcos y los corchos haciendo de jugadores, goles imposibles del ídolo de Gimnasia. Me replicó también sobre una servilleta de papel un cuadrilátero para regalarme el cintureo del Intocable y me recorrió el contorno de ese cuadrado diminuto de manera de la cocina las gestas de los trazos imparables del Cóndor. 

Con el permiso que amerita la temida historia, hay que ir emitiendo billete para un nuevo prócer. Marcelo Mescolatti es, desde su reciente retiro, un tipo que ya reservó un merecido lugar en el anecdotario de los que ya empiezan a ser adultos. Y quizás, vaya siendo hora también de agregar un plato más en esa privilegiada mesa donde hasta ahora se sentaban unos poquitos. Gracias por todo, Chelo. Gracias y hasta siempre.