Un inmenso convento sin Dios
Barcelona ganó la Supercopa de España, se metió en semis de la del Rey y es puntero de la Liga. Es más, derrotó en el derby al Real Madrid, monarca de Europa, en un partido que significó un título. Sin embargo, al mundo parece no importarle demasiado.
No hay en la charla de café ningún comentario alusivo ni relatos de gesta. No hay vecinos que te frenen para relatarte lo que acaban de ver, mientras recuperan el aire tras algún gol imposible de alguna definición de algún campeonato.
Me cuesta entender el motivo del aletargamiento, de por qué el estado de anestesia total. Tuvimos el goce de asistir a la época más dorada del fútbol condensada en un equipo, aunque comparar quizás no sea lo adecuado. No sé si esa creación de Pep Guardiola fue mejor que la del Brasil del 70 o la del Holanda de Cruyff o la de algún Madrid de antaño, como dicen los nostálgicos. Tampoco me importa.
Lionel Messi hizo de aquellos no tan viejos tiempos una vida inolvidable. Sin siestas porque había Champions League, con Google a mano para saber de dónde era Apoel Nicosia o Shakhtar Donetks. Con horas contra YouTube para tratar descifrar qué intentó hacer en alguna jugada caída del pizarrón y con el marcador a mano para ir descontando récords. Y ahora que de esa orquesta solo queda Sergio Busquets (un tanto desafinado) no hay palabra más justa que la nostalgia para intentar definir el vacío de una partitura irrepetible.
Antes de Leo, el Culé era un equipo diminuto, con el perdón de su historia. Acá a mano, la estadística: hasta la irrupción del 10, el Barsa tenía 16 Ligas, una Champions y 48 títulos. Tras su partida, la lista explotó a 26 Ligas, cinco Champions y ¡83 trofeos! que ya se caen de la vitrina.
En la vida de Messi también ya nada es igual. Es cierto que llegó el Mundial de Qatar negado durante tanto tiempo pero su vida vestido de parisino y el glamour de un equipo lleno de estrellas, pero que jamás será constelación, es suficiente contexto para su talento. Simplemente, porque algo hay que tener para ser inolvidable. Y eso no alcanza con un convento gigante si su Dios está atendiendo otros asuntos
Título: libro de Raimundo Farez