¿Es posible un Mundial de Clubes solo con equipos campeones del mundo?
Desde sus inicios, el Mundial de Clubes genera sentimientos encontrados. Por un lado, es uno de los anhelos de cualquier club de Sudamérica. Por otro, en Europa no genera la misma expectativa (una indiferencia que viene desde los tiempos de la Copa Interncontinental), aunque sí toma cierta relevancia para alcanzar récords como el sextete obtenido por Barcelona en 2009 o por Bayern Munich en la temporada pasada.
Mucho se debatió cuando la FIFA reemplazó al mencionado trofeo que enfrentaba a los campeones de Uefa y Conmebol, y luego de 17 años de competencia ininterrumpida, las controversias no cesan: que no es competitivo; que nivela para abajo; que le da oportunidades a equipos de otros continentes que antes no tenían, y un largo etcétera.
De hecho, el mismo ente mundial del balompié quiso reformar este certamen de manera rotunda: aumentar el número de equipos a 24 y, por consiguiente, acrecentar la cantidad de partidos (64) y hacerlo cada dos o cuatro años. Iba a diputarse en 2020 en China, pero la pandemia irrumpió esos planes y ahora se evalúa que se juegue recién en 2025.
Al hacer un viaje al pasado desde la primera edición de la Intercontinental entre Real Madrid de España y Peñarol de Uruguay disputada en 1960, hasta arribar a la previa de esta final entre Chelsea de Inglaterra y Palmeiras de Brasil, la lista de campeones parece un papel de oro.
Por el lado del Viejo Continente, el ya nombrado Merengue, Barcelona y Atlético de Madrid son los españoles que ostentan al menos un título del mundo; Milan, Inter y Juventus en Italia; Bayern Munich y Borussia Dortmund en Alemania; Manchester United y Liverpool en Inglaterra; Ajax y Feyenoord en los Países Bajos; Porto en Portugal; y Estrella Roja de Belgrado en Serbia.
Por el otro, en Sudamérica están Boca, River, Independiente, Racing, Estudiantes y Vélez de Argentina; San Pablo, Santos, Corinthians, Gremio, Flamengo e Inter de Brasil; Peñarol y Nacional de Uruguay, y Olimpia de Paraguay.
Prácticamente casi todos los clubes más destacados del mundo están en este selecto grupo. Es innegable que imaginarlos todos juntos en un mismo torneo sería muy tentador. Una especie de “Trofeo de campeones mundiales” con estos equipos sería de élite.
No obstante, este campeonato excluiría a los demás conjuntos de los otros continentes, que en más de una ocasión eliminaron al campeón sudamericano de turno y demostraron estar a la altura, tal como pasó en 2010 con el TP Mazembe de Congo (eliminó a Inter); en 2013 con Raja Casablanca de Marruecos, que quitó del camino a Atlético Mineiro de Ronaldinho; en 2016 con Kashima Antlers de Japón, que venció a Atlético Nacional de Colombia; en 2018 con Al Ain de Emiratos Árabes Unidos, que mandó a jugar a River por el tercer puesto; y en 2021 con Tigres de México, que superó a Palmeiras.
Es decir que esa inclusión implementada como prueba en el primer Mundial de Clubes del 2000 y ya instalada permanentemente desde el 2005 ha sido necesaria para tener una competencia con más oportunidades y así permitir que el nivel suba fuera de las principales potencias.
En síntesis, cada opción tiene sus atractivos: en una estaría lo “mejor de lo mejor” y en el otro una amplitud que le da el auténtico mote de “mundial”, tal cual ocurre con el certamen de selecciones, donde juegan europeos, americanos, africanos, asiáticos y oceánicos (solo cuando logran superar el repechaje).
Una alternativa potable sería disputar anualmente el Mundial de Clubes con el formato ya conocido, a excepción del año donde podría existir un certamen con solo los clubes campeones del mundo. Así no se perdería el torneo ya existente y habría otro muy selectivo.
Eso sí, la creciente propuesta proveniente de Uefa y Conmebol por revivir la antigua Intercontinental llamaría mucho la atención, aunque sería a costa de ignorar (otra vez) al resto del mundo.
Debería haber una combinación que reúna buen nivel competitivo, que sea atractivo en la faceta deportiva como en la económica tanto para la FIFA como para los participantes y que no asfixie a los jugadores (quienes, al fin y al cabo, son los que más importan) en un calendario cada vez más ajustado. El debate continuará.