La mística del abrazo desconocido
Siempre escuché historias de gente que lamenta con el alma no haberle dicho tal o cual cosa a esa persona querida que perdió para siempre. Tipos grandes con voz whiskera y canas al viento confesándote "mi vieja se murió y nunca le dije te quiero". Así, miles.

Eduardo Sacheri en "Esperándolo a Tito".
Tengo la teoría de que algo muy similar pasa con los abrazos. Hay abrazos que no dimos y que no los volveremos a dar. Algunos por el límite irremediable de la muerte, otros porque el rumbo de nuestras vidas y el de las personas que más queremos cambian drásticamente y por más que analicemos la situación en horas de insomnio, jamás le encontraremos explicación.
Pero esta teoría no queda ahí. Porque afortunadamente está el abrazo desconocido, que se da en momentos muy particulares y no se planea, es espontáneo, pero el lugar en el que encontrás ese abrazo desconocido es uno solo: la tribuna de una cancha de fútbol.
Tiempo cumplido en el Malvinas. Pitana adiciona tres minutos antes del descanso y acto seguido cobra una falta para Godoy Cruz en el vértice del área grande. El universo se detiene, los pibes saltan y cantan pero el corazón se queda quieto unos instantes. Patea Guillermo Pol Fernández y la cuelga en un ángulo. Explota el Malvinas y la popular se viene abajo.
Ahí estás con el Negro, su cuñado, el Chino y los pibes (no tan pibes) de La Perla, pero en la erupción del volcán los perdés de vista, gritás con todo tu ser mirando vaya a saber dónde, y de golpe te das vuelta y te fundís en un abrazo fraternal con un flaco que está al lado tuyo viviendo las mismas sensaciones que vos. Son dos segundos. A lo sumo, tres. No tenés ni la más pálida idea de quién es, pero lo abrazás con todas tus fuerzas.
Y en esos tres segundos sentís que estás abrazando a tu abuelo, con el que no alcanzaste a ir a la cancha; a tu viejo, que está de viaje y lo vas a abrazar cuando vuelva; a esa mina que amaste con locura, pero no alcanzó y no la viste nunca más; al Pacha, que sigue pintando murales en el cielo.
Ya no hay corazones rotos. No existe la grieta. No quedan impuestos por pagar. No teneś facultad el lunes. No hay ninguna preocupación. En tres segundos abrazaste a todos los que sentías que les debías un abrazo.

Volvés a la realidad. El segundo tiempo lo sufrís hasta el final y le dedicás una plegaria a Rodrigo Rey, que cumple estoicamente. El Tomba gana, queda a un paso de meterse en la final y vos estás en armonía con el mundo.
¿Cuántas veces abrazaste a un absoluto desconocido como si fuera tu hermano?
Agradecele al Godoy Cruz del Gallego Méndez, que además de permitirte soñar con lo impensado, te brinda estos pequeños milagros.
Por: Lucas Burgoa

