Messi, o cómo disfrutar los placeres que nos quedan sin dañar
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Viste el primer amague. Es un hijo de puta, dijiste. Hay situaciones en la vida en la que sólo podés definir algo que sentís con un insulto. Pero sin faltar el respeto. Ese pibe te obliga a que lo insultes. Lo puteás desde la admiración.
Y armó el primer jugadón de la noche. Taco de Agüero, la agarró, dejó a tres por el camino, la picó. Travesaño. Un hijo de puta. Un genio. Hacía menos de siete días viste los dos goles que le hizo al Real Madrid. Ahora estaba ahí abajo, pisando césped mendocino. No parecía real. Había que pellizcarse.
Hubo momentos en los no te importó donde estaba la pelota. Vos te quedaste mirándolo fijo. Y el tipo, realmente, no tiene pinta de genio. La camiseta le queda grande. La usa afuera del pantalón. Camina la cancha. Da dos pasos a la derecha. Se frena. Mirá cómo la pelota pasa por arriba. Se acomoda la cinta de capitán. Se rasca la cabeza. Camina. Amaga a picar. Pero no lo hace. Sigue ahí, como si lo hubiesen puesto en la cancha por obligación. Como si cumpliera un deber. Camina. ¡Ca-mi-na!
Pero la magia surge cuando la pelota le llega al botín zurdo. Es un rayo. Cambia de ritmo y tiene una marcha más que sus rivales. Entiende todo lo que se puede entender adentro de la cancha. Es difícil que se equivoque. Y así la recibe cerca de la media luna del área. Mira el arco. Abre hacia Di María. No alcanzás a pestañear y ya está tirándose en el área chica para anticipar a Muslera.
Y ahí sí que gritaste, la puta madre. ¡Qué lindo es gritar un gol! ¡Un gol de Argentina! ¡Un gol del genio! ¡En Mendoza! Chau. A esa altura ya estabas satisfecho. Viste cómo alzó los brazos. Miró al cielo buscando a su abuela. El festejo de la tele. El de siempre. Lo viste en vivo. Y no te lo vas a olvidar más.
Después todo pasó muy rápido. Fue mucho más de lo que esperabas. A tu pibe le brillaban los ojos. Literal. Te mirabas con tu hermano y no podías creer lo que estaba pasando. Tu viejo no dijo nada. No era necesario.
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Ese amigo que dudaba en ir, te daba las gracias por romperle las pelotas para que gaste unos mangos y lo vea al genio. Cantaste. Gritaste. Te diste cuenta que hoy tu garganta iba a estar a la miseria. Sacaste fotos, trataste de filmar algún videito con el celular. Estos tiempos son así.
Y llegó el segundo gol. Fue un gol de picado en el barrio. Pareció tan simple. Tipos como el genio, cuando se junta con el Kun, te hacen creer que los misterios que guarda el fútbol son sencillos de develar. Son dos manipuladores. Hacen lo que quieren con el fútbol.
No alcanzaste a festejar el segundo, a repetir esos pases en tu cabeza, que frotó la lámpara por tercera vez en la noche. Tiro libre. Sí, porque ahora también hace goles de tiro libre. No sé qué espera para empezar a hacerlos olímpicos. Tiro libre. Saltó la barrera. Pateó por abajo. Golón. Dejate de joder.
Es tan perfecto que asusta.
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Por noventa minutos te olvidaste de todo: del laburo, de los quilombos, de esas broncas diarias y esas amarguras que golpean. Estuviste en las tribunas con gente que querés. Compartiste un partido que pareció un sueño. Vas a ser viejo y todavía vas a contar la noche en la que viste al genio. No se olvida. Como la primera vez.
El lunes todo volverá a ser normal. Pero no te calienta. Ahora estás comiendo o prendiendo el fuego para el asado o arreglando algún quilombito en tu casa o lo que sea. No te calienta. Seguís repitiendo esas imágenes. Una tras otra. Una y otra vez.
Viste al genio. Fue una noche llena de magia. Pero de magia en serio. Una noche infinita. Una noche que nunca se olvidará.
Fuiste tremendamente feliz. Lo viste. Viste a ese tipo que no parece humano. Un tipo que roza la perfección, que te hace vivir.
Anoche, del Malvinas, saliste con una certeza: Messi es de esos pocos placeres que nos quedan sin dañar.
Hay que cuidarlo. Y disfrutarlo. Somos unos privilegiados.




