ver más

La liviandad con que se insulta a un ídolo

Mendoza se conmovió el año pasado con la noticia de la llegada de un astro futbolístico a un club local. Sin embargo, con el correr del tiempo, algunos olvidaron esa emoción inicial. Y ahora se lo critica por todo.

Cuando se conoció la noticia de su llegada, los corazones de quienes componemos la grey futbolística latieron con extrema velocidad a sabiendas que tendríamos entre los mortales la presencia de uno de nuestros heroicos Dioses.

Tal como en la mitología griega, nuestro Olimpo del fútbol no está compuesto por “santidades” sino por grandes mitos. Quienes llenan de hazañas, épicas aventuras y apoteósicas empresas la historia sagrada de este bendito deporte.

Al igual que la cultura helénica, no poseemos un código secreto, santas escrituras, revelaciones especiales ni mucho menos enseñanzas espirituales. Nuestra mitología futbolística revela a los dioses tal cual son: lascivos, libertinos, pero heroicos y titánicos. Con defectos y virtudes.

Cuando supimos que arribaría a nuestra tierra un Apolo de ese Olimpo, uno de los hijos del Zeus Diego, cuando nos enteramos que aquel Dios Norteño vendría a deleitarnos con sus proezas, no pudimos más que mirarnos incrédulos y esperar impacientes el momento de poder sentir en el aire ese halo místico que lo rodea.

Llegado el instante preciso de verlo aquí, intentamos hacerlo sentir en nuestra morada como en su propio Delfos. Quisimos rendirle tributo concurriendo en gran número a los festivales en su honor y el nos dejó atónitos haciendo gala de su humildad. Más allá de las gloriosas leyendas que componen su divino pasado, este Apolo nos hizo ver que esa figura humana que lo rodea es igual a la de cualquiera de nosotros, que su mística se edificó sobre específicos momentos que requirieron de la acción de un héroe.

Nos mostró que no se es héroe las veinticuatro horas del día, que tal como sabíamos de antemano, pero vaya a saber uno porque nos olvidamos de un momento a otro, los Dioses del Olimpo del fútbol no son seres perfectos.

Lamentablemente, cuando nos dimos cuenta que camina, siente, respira y vive como cualquiera de nosotros, dejamos de rendirle culto. Dejamos de sentirlo Dios y le dimos la espalda.

En lugar de llenarnos los ojos, y la memoria, cuando nos regala dosis de su talento, le recriminamos y le reprochamos no darnos más. No nos conformamos con tener a una divinidad entre nosotros. Todo cuanto hace nos parece poco.

Cuando no tiene el balón en sus pies, queremos que lo tenga. Cuando lo tiene, queremos que lo entregue. Cuando lo entrega, que lo haga como nosotros queremos.

Amamos y odiamos al ídolo. Contenemos el aliento hasta ver el desenlace de la jugada que lo tiene como protagonista y, cuando comprobamos que el final no es como pretendemos, cruzamos la peor barrera. Dejamos caer como guillotinas lapidarias frases injuriosas sobre su figura. Blasfemamos.

Hemos llegado a insultar a uno de nuestros dioses porque no podemos frenar nuestra ansiedad, porque pretendimos que en cuanto llegase lo hiciera produciendo milagros y hechos maravillosos e inexplicables.

Pero sigue aquí, por motivos que no viene al caso desarrollar. Lo cierto es que sigue aquí, entre nosotros. Y más allá que su cara sea parecida a alguna que podemos encontrar en cualquier esquina, sigue siendo uno de los Dioses del fútbol.

Vale la pena recordar que en dos meses se va. Aprovechemos la gran oportunidad que nos da el Olimpo y como amantes de este deporte, apreciemos a uno de nuestros héroes.


Arielis Ortegae
comúnmente conocido por burrito
bichito testarudo juguetón
rara especie en peligro de extinción.
Se lo halla no mucho
en un remoto paraje que llaman Valle Alegre.
Por razones inexplicadas todavía
quien lo observa en acción
se ve forzado a gritar jujuy a cada rato.
No viola, no mata, no videla,
por suerte no massera, ni en su propio jugo,
será obstinado pero no cavallo.
Y juega burrito,
total la gente siempre habla.

Especie. Poema de Carlos Ferreira.