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El rugby mendocino necesita alzar sus símbolos
El seleccionado de la URC está frente a una nueva encrucijada. Necesita ganar en Córdoba para alejarse del fantasma del descenso. En Buenos Aires perdió, pero lo grave no fue el resultado, sino su falta de ofensividad con jugadores de potencial sin explotar.
Mendoza comenzó a escribir una nueva historia en las páginas de su rugby de selección. El fin de la era Crivelli-Bertranou dio el lógico paso a nuevos entrenadores, y con ellos las expectativas sobre el Mayor empezaron a crecer.
Los resultados de la pretemporada no fueron favorables, en un hecho casi anecdótico. El comienzo del Campeonato Argentino ante Buenos Aires, tampoco fue positivo, pero más allá del resultado (previsible por cierto), una luz de alerta se encendió: el marcador en cero para Mendoza desnudó una falencia, que de latente pasó a concreta.
Los mejores momentos de la historia del rugby mendocino pasaron con una brillante faz ofensiva. Aquel equipo que le ganó a los ingleses en los 90, que dio cuenta de Escocia, de Francia, o el del título Argentino de 2004, además del fuego sagrado y la lucha en el campo de juego, se caracterizó por un exquisito gusto para marcar puntos.
Mendoza no es sinónimo de patear y especular, de defender y esperar el error del rival. Mendoza tiene en su ADN rugbístico un juego voraz y contundente cada vez que se lo propone.
Tal vez valga la pena el recurso de la metáfora para trasladar un síntoma al equipo. Es que el seleccionado de Mendoza presentó una nueva camiseta, con un preponderante lugar para su sponsor y la desaparición de sus tradicionales barras azules, celestes y rojas. El moderno diseño se olvidó de la historia, esa misma historia donde descansan los recuerdos más gratos de jugadores que con el escudo de la URC en el pecho se dieron a conocer en el mundo.
Y lo de la camiseta no es un capricho, sino un simple ejemplo. Una pequeñez que privilegia un presente comercial, sobre un pasado tradicional, en ese caso puntual. Tal vez en la cancha cohabita un paralelismo. Es muy duro escuchar a un jugador decir, con vergüenza y dolor, “no jugamos a nada”. Mendoza no se puede olvidar de su esencia, porque es el peor error en el que pueden incurrir. Dejar de lado su identidad es jugar con un pasado forjado con sacrificio y esfuerzo, seguramente con errores y aciertos, pero sin lugar a dudas, es el capital más importante de la historia de este deporte.
Lejos de sonar críticas, estas líneas tienen la intención de revalorizar nuestro “ser rugbístico” si se me permite la expresión. Alzar las banderas de Mendoza, sus símbolos, para ir a Córdoba con la cabeza en alto, sabiendo que además de tener la obligación de ganar, y la firme convicción de que se puede, existe también una manera de plasmar la victoria y debe ser rindiendo homenaje a aquellos que lo hicieron antes.
Habrá quienes pongan las tintas en la técnica, la táctica, la preparación física, el scrum, el line, la defensa o el ataque, pero el rugby mendocino es todo es junto a un espíritu que lustraron sus figuras más emblemáticas.
En el plantel del seleccionado hay muchos hombres con “historia”, que consiguieron logros importantes y saben perfectamente por dónde pasa la receta. Ellos son los encargados de recuperar la mística que trasciende los nombres. Porque seguramente con el tiempo veremos pasar entrenadores, jugadores y camisetas, pero cada uno, desde su lugar tiene el deber de no olvidar esos orígenes, porque en ellos está la verdad de nuestro rugby.
Y lo de la camiseta no es un capricho, sino un simple ejemplo. Una pequeñez que privilegia un presente comercial, sobre un pasado tradicional, en ese caso puntual. Tal vez en la cancha cohabita un paralelismo. Es muy duro escuchar a un jugador decir, con vergüenza y dolor, “no jugamos a nada”. Mendoza no se puede olvidar de su esencia, porque es el peor error en el que pueden incurrir. Dejar de lado su identidad es jugar con un pasado forjado con sacrificio y esfuerzo, seguramente con errores y aciertos, pero sin lugar a dudas, es el capital más importante de la historia de este deporte.
Lejos de sonar críticas, estas líneas tienen la intención de revalorizar nuestro “ser rugbístico” si se me permite la expresión. Alzar las banderas de Mendoza, sus símbolos, para ir a Córdoba con la cabeza en alto, sabiendo que además de tener la obligación de ganar, y la firme convicción de que se puede, existe también una manera de plasmar la victoria y debe ser rindiendo homenaje a aquellos que lo hicieron antes.
Habrá quienes pongan las tintas en la técnica, la táctica, la preparación física, el scrum, el line, la defensa o el ataque, pero el rugby mendocino es todo es junto a un espíritu que lustraron sus figuras más emblemáticas.
En el plantel del seleccionado hay muchos hombres con “historia”, que consiguieron logros importantes y saben perfectamente por dónde pasa la receta. Ellos son los encargados de recuperar la mística que trasciende los nombres. Porque seguramente con el tiempo veremos pasar entrenadores, jugadores y camisetas, pero cada uno, desde su lugar tiene el deber de no olvidar esos orígenes, porque en ellos está la verdad de nuestro rugby.