Gustavo, guardián de la historia de los aviones

Gustavo Marón es un entusiasta de aviación que deja cuerpo y alma en sus investigaciones. sobre las historias y locaciones de los aviones que encontraron su destino fatal en las altas cumbres y los extensos campos mendocinos.

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Nicolás Munilla

Gustavo Marón abogado

ALF PONCE/MDZ

Desde tiempos muy antiguos, el ser humano soñó con surcar el cielo y contemplar desde las alturas la vasta tierra que se extendía a su alrededor. Esa fantasía comenzó a concretarse a partir de fines del siglo XIX, con el surgimiento de los primeros vehículos que podían volar, y hoy la aviación es una realidad muy extendida que reúne a verdaderos entusiastas que enriquecen y trabajan incansablemente en la importancia de ese sector en el desarrollo de las sociedades y el fomento a la globalización.

Gustavo Marón es uno de esos fanáticos que, además de absorber cuanto conocimiento sobre aeronáutica y aviación (porque no son lo mismo) existe, deja cuerpo y alma en sus investigaciones. Porque además de trabajar como abogado y docente especializado en derecho aeronáutico, y como miembro de varias organizaciones del sector, se encarga de rastrear las historias y locaciones de los aviones que encontraron su destino fatal en las altas cumbres y los extensos campos mendocinos.

Gustavo Marón es abogado especializado en derecho aeronáutico y asesora a empresas y trabajadores del sector.

Discípulo del “último excéntrico” Atilio Baldini, Marón forma parte de una pequeña camaradería de investigadores autodidactas mendocinos de la aviación, vocación que comparte con otros sabios como Horacio Bollatti y Alejo Moiso. “Somos varios quienes nos dedicamos al culto por la historia y la ‘arqueología’ aeronáutica, yendo a los sitios donde hay aviones caídos y sobre esos restos, reconstruimos sus historias. Al tocar las cosas, al involucrarse en los hechos y entenderlos, tomamos contacto con ese pasado de otra manera”, expresa en diálogo con MDZ mientras exhibe orgulloso lo que ha elaborado en estos años de meticuloso rastreo.

“Hay 154 aviones caídos en la montaña y muchos más en el llano”, señala Gustavo en relación a los vehículos aéreos que se estrellaron en suelo provincial. Aunque todos captan interés, los que perecieron en las altas cumbres de nuestro oeste guardan atractivos únicos y muchos misterios que, de a poco, van resolviéndose. Como el famoso Star Dust que chocó contra el volcán Tupungato en 1947 y recién fue encontrado más de cincuenta años después, o el último avión perdido en los Andes: “Perteneció a la unidad diplomática de la Marina estadounidense de la embajada en Chile y se perdió en el invierno de 1969 durante un vuelo entre Buenos Aires y Santiago. No se sabe hasta ahora qué ha pasado con él”, acota.

desde joven, Gustavo se rodeó de grandes investigadores autodidactas de la aviación. además colaboró en numerosos medios de comunicación.

Gracias a los avances tecnológicos, Marón tiene acceso a herramientas más precisas para buscar aviones caídos, especialmente imágenes satelitales tanto gratuitas (por ejemplo, Google Earth) como rentadas (Sentinel, de la Agencia Espacial Europea). También mejoraron las expediciones al utilizar helicópteros aptos para terrenos de difícil acceso y otros elementos que facilitan la extracción de los restos. De todas formas, advierte que la experiencia, la investigación documental y la buena intuición son fundamentales: “Por caso, los juegos de luces y sombras en las capturas satelitales pueden engañar. También hay que tener en cuenta que el avión jamás está entero porque se estrella y la nieve y los glaciares dispersan los restos. Hay que ser muy preciso y saber cómo se hace este trabajo”.

Un pequeño museo personal

Cada investigación es una experiencia única y Gustavo atesora esos recuerdos no solo en su memoria, sino además en su patio. Allí, al resguardo de la intemperie, varias piezas recuperadas que pertenecieron a aviones caídos se yerguen sobre las alturas, un alegórico homenaje a su propósito original anterior al suceso final.

domo de un carguero C-46 que cayó en 1967 en el cerro Yaretas, Tunuyán

Un resto sobresaliente de esa valiosa colección es el domo de un carguero C-46 que cayó en 1967 en el cerro Yaretas, Tunuyán. “El caso fue muy interesante porque el piloto planchó el avión adrede, logrando que quedara entero, pero se le quebró el depósito de líquido hidráulico que tenía en la parte baja de la nariz y entró a chorrear, tomando contacto con las máscaras de oxígeno que estaban abiertas. Al ser elementos hipergólicos, el avión explotó justo cuando la tripulación estaba yéndose a pie. Todos sufrieron quemaduras e incluso uno de los pasajeros murió poco después”.

Otra pieza encierra una particular carga emotiva. Se trata de un separador de partículas que perteneció al helicóptero Bell 206 que el 12 de diciembre del 2015 cayó al dique Potrerillos, y que era pilotado por su amigo Carlos Zarlenga, cuyo cuerpo y el de su acompañante, el técnico Luis Barrera, quedaron sumergidos en el espejo de agua. Nunca se supo por qué ambos cadáveres no permanecieron en la cabina. “Interpreto que el helicóptero iba muy rasante y ellos se deslumbraron con el sol, entonces chocó contra el agua y se hundió rápidamente. Supongo que alcanzaron a desprenderse de los cinturones pero no lograron llegar a la superficie”, hipotetiza.

Entre los restantes objetos aparece un tablero de comando de un avión de la IV Brigada, piezas varias de un Air Tractor utilizado como plaguicida contra la lobesia y que se estrelló en Rivadavia, un timón de dirección de un Piper PA-12 y restos de un avión antigranizo. Gustavo explica que “en muchos casos no daba para traer piezas porque cuestan mucho bajarlas desde más de 3.000 metros de altura”.

puerta de un saab que perteneció a la empresa sol y se despistó en el plumerillo.

La guarida del investigador

Más allá de consultar fuentes externas, los investigadores acuden constantemente a su propio acervo bibliográfico para buscar un dato. Marón, de hecho, posee una importante biblioteca donde la aviación ocupa un lugar muy destacado. "Este es el cuartel general de mis investigaciones históricas", presenta con una ineludible sonrisa en el rostro.

Además de libros, la biblioteca ubicada en un amplio altillo de la casa almacena colecciones de documentos y revistas (en las que Gustavo participa como colaborador, incluyendo la conocida Lima Víctor), miniaturas de aviones, un globo terráqueo y otro de la Luna, reconocimientos varios y hasta dos cuadros de arte referidos a la aviación.

Sobre todos ellos destaca una réplica del famoso cohete espacial Saturno V del programa Apolo. Su amor por los vuelos atraviesa la atmósfera y se expande hacia la inmensidad del cosmos: "Soy miembro de la Asociación Argentina de Tecnología Espacial y doy charlas a las escuelas sobre cómo la humanidad llegó a la Luna".

la réplica del cohete espacial Saturno V es el objeto que más se destaca en su biblioteca.

También lleva otros materiales didácticos como maquetas de vehículos y satélites espaciales, entre las cuales figuran la Estación Espacial Internacional y la antigua MIR, para que los chicos, desde una dimensión volumétrica, entiendan mejor los conceptos. "Salvando las distancias, es más o menos igual que hacer historia con arqueología de los aviones caídos, porque te obliga a trabajar y conocer los elementos", acota.

De la Tierra a la Luna

La réplica del Saturno V es magnética, hipnótica. Retrotrae a 1969, cuando millones de personas vieron en sus televisores (otro invento revolucionario de la época) cómo un grupo de astronautas estadounidenses se embarcaban por primera vez al satélite natural y cuerpo celeste más cercano: la Luna.

Al igual que con los aviones, Marón reluce sus dotes pedagógicos y explica cómo fue el procedimiento: desde el despegue de toda la monstruosa maquinaria desde Cabo Cañaveral hasta el aterrizaje en la superficie selenita, pasando por las sucesivas etapas de desprendimiento de materiales que dejaban solo en operación al pequeño módulo que llevaba a los viajeros espaciales.

Marón explica cómo se produjo la inyección translunar, episodio clave para que la misión Apolo 11 tuviera éxito: "El módulo se orientaba no directamente a la Luna, sino a su órbita durante dos días y medio hasta que encontraba el punto de alunizaje. Una vez que el otro motor terminaba de generar una fuerza gravitacional contraria, la cápsula se separaba, desplegaba su araña y aterrizaba en la superficie".

"¿Por qué me entusiasma?", se pregunta. La respuesta puede sonar obvia, pero muy cierta y potente: "La tecnología nos ha dado respuestas a preguntas filosóficas de la humanidad".

Cierra esa idea con un planteo metafísico: "El Universo en tamaño es gigantescamente enorme, hay más sistemas galácticos que granitos de arena en todas las playas de nuestro planeta. En ese Universo, que es virtualmente eterno, por ejemplo, ¿cómo redefinís el amor en pareja desde esa perspectiva? Porque realmente es muy difícil, si se analiza como una ecuación polinómica prácticamente irresoluble, que dos personas coincidan y se quieran en el mismo espacio y al mismo tiempo".

Gustavo Marón en su 'guarida'.
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