¿Y si el problema no fueran las personas sino la ciudad? El desafío de crear espacios para todos
Ruido, estímulos y falta de previsibilidad pueden excluir. El desafío es crear ciudades más sensibles, accesibles y capaces de alojar distintas formas de habitar.
Hay personas para las que una ciudad puede ser demasiado. Demasiado ruido.
Archivo.Hay personas para las que una ciudad puede ser demasiado. Demasiado ruido. Demasiada gente. Demasiados estímulos al mismo tiempo. Una bocina, una pantalla, una conversación, una multitud que avanza, un cambio inesperado en el recorrido. Para muchos, todo eso forma parte de la vida cotidiana. Para otros, puede convertirse en una experiencia difícil de soportar.
Lucía Bellocchio y Álvaro García Resta son los autores de la reciente publicación Ciudades azules. Accesibles, sensibles y empáticas (Ediciones El Ateneo, 2026) libro que propone pensar el espacio urbano desde la neurodiversidad. Ambos conocen el problema también desde una experiencia personal ya que son padres de niños dentro del espectro autista. Pero el libro no se limita a contar una experiencia familiar. Intenta convertirla en una pregunta urbana. La pregunta es interesante porque solemos formularla de otra manera. Cuando alguien no consigue adaptarse a un entorno, rápidamente buscamos qué es lo que le sucede a esa persona. ¿Por qué no tolera? ¿Por qué se angustia? ¿Por qué necesita anticipar lo que va a ocurrir? ¿Por qué determinadas situaciones que para otros resultan insignificantes pueden producirle un verdadero malestar?

Te puede interesar
Buenos Aires, Montevideo o Santiago: en qué ciudad rinde más el sueldo
Pero quizá haya que invertir la pregunta
¿Y si alguna vez no fuera solamente la persona la que tiene dificultades para adaptarse a la ciudad? ¿Y si también la ciudad tuviera dificultades para alojar determinadas formas de percibir, de sentir y de habitar el mundo? Una expresión relativamente nueva viene a poner esta cuestión sobre la mesa: “ciudades azules”. Durante mucho tiempo, cuando hablábamos de accesibilidad pensábamos fundamentalmente en las barreras físicas. Una rampa. Un ascensor. Una vereda adecuada. Una señalización. Todo eso sigue siendo indispensable pero no alcanza. Porque una ciudad también puede ser inaccesible por el ruido, por la iluminación, por la cantidad de estímulos, por la dificultad para orientarse, por la ausencia de información clara o por la imposibilidad de anticipar qué va a suceder. La accesibilidad, entonces, también puede ser sensorial y cognitiva. Y aquí aparece algo que excede ampliamente a la neurodiversidad. Porque todos habitamos ciudades que nos afectan.
Hay calles que tranquilizan y calles que inquietan
Lugares donde podemos detenernos y otros de los que queremos salir rápidamente. Hay estaciones de tren que nos desorientan, hospitales que nos angustian antes de entrar, oficinas que parecen haber sido diseñadas para que nadie permanezca demasiado tiempo. La arquitectura no es muda. El espacio nos habla. Nos indica por dónde ir, dónde esperar, dónde detenernos, qué está permitido y qué no. Una ciudad organiza nuestros cuerpos incluso antes de que podamos pensarlo. Quizás por eso la expresión “ciudad que aloja” resulte tan sugerente. En psicoanálisis sabemos que alojar no significa simplemente hacer lugar. Alojar implica crear determinadas condiciones para que alguien pueda estar allí. Un consultorio, por ejemplo, no es solamente una habitación. El encuadre establece coordenadas. Hay un tiempo, un espacio, ciertas reglas y una continuidad. No elimina la angustia ni resuelve el conflicto, pero ofrece un marco en el que aquello que ocurre puede ser escuchado.
¿No pensamos algo semejante respecto de la ciudad?
Una ciudad también construye un encuadre. Define recorridos. Ordena tiempos. Produce esperas. Acerca y aleja cuerpos. Permite encuentros. Genera obstáculos. Facilita o dificulta la orientación. Y, sobre todo, establece silenciosamente una idea de cómo debe ser el habitante que la transita. Cada cuerpo tiene su sensibilidad y cada uno de nosotros tiene su historia que.construye con el espacio que habita. Por eso, quizás una de las mayores enseñanzas de las ciudades azules sea que no hay una única manera correcta de estar en una ciudad. Esto también modifica nuestra idea de normalidad. Porque muchas veces llamamos “problema de adaptación” a aquello que simplemente no coincide con las condiciones que hemos establecido como normales. Freud llamó El malestar en la cultura a uno de sus textos fundamentales. La expresión sigue teniendo una actualidad extraordinaria. La cultura nos permite vivir juntos, pero también impone renuncias, reglas, límites y formas de comportamiento. Tal vez hoy podamos agregar una pregunta: ¿qué sucede cuando las ciudades que construimos multiplican los estímulos y reducen los lugares donde un sujeto puede encontrar cierta calma?
Vivimos rodeados de dispositivos que reclaman nuestra atención. Pantallas que brillan, teléfonos que vibran, WhatsApp que interrumpen, publicidad que nos persigue, sonidos que no elegimos. La ciudad contemporánea parece haber descubierto que nuestra atención tiene valor económico. Quizás por eso una ciudad pensada desde quienes necesitan mayor previsibilidad pueda terminar siendo una ciudad mejor para todos. Una señal clara ayuda a quien se desorienta, pero también a quien está apurado. Un espacio tranquilo puede ser imprescindible para alguien con hipersensibilidad sensorial, pero también puede ser un alivio para cualquiera que acaba de atravesar una jornada agotadora. Una ciudad más previsible no elimina lo inesperado pero puede evitar que todo se convierta en una exigencia. Y aquí aparece una idea que vale la pena conservar: la inclusión no consiste únicamente en permitir que alguien entre. También consiste en preguntarse si, una vez que entró, puede permanecer allí. No exigirle al otro que se convierta exactamente en aquello que la ciudad espera porque no se trata de construir ciudades perfectas sino de ciudades capaces de reconocer que no todos poercibimos lo mismo y que no todos necesitamos lo mismo para sentir que un lugar puede ser nuestro.
Un malestar no siempre vive dentro de nosotros, a veces tiene domicilio. Y una ciudad inclusiva no exige que todos se adapten a ella. Reconoce distintos modos de habitarla y garantiza a cada uno el derecho a sentir que también es suya.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.


