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Walter Quiroz y el oficio de actuar: entre la intuición, el cine y el teatro

Walter Quiroz repasa su trayectoria, la formación actoral en Argentina y el valor del teatro como espacio de encuentro y transformación.

Walter Quiroz es parte de una generación de actores que se formó en un cruce muy particular de la cultura argentina: la televisión abierta de los años 90, el teatro como espacio de formación permanente y el cine nacional como territorio de expansión artística. Su recorrido no se explica solo por los proyectos en los que participó, sino también por la manera en que fue construyendo una mirada sobre el oficio.

En Entrevistas MDZ, el actor recorre su historia personal y profesional desde los inicios hasta el presente, atravesando la televisión, el teatro, el vínculo con grandes maestros y la búsqueda constante de sentido en el trabajo artístico. Entre recuerdos y reflexiones, Quiroz propone una idea central: la actuación como un camino de transformación, donde la experiencia, la intuición y el encuentro con el otro son esenciales.

Entrevista completa a Walter Quiroz

-¿Cómo recordás tus inicios en la actuación?

-Mis inicios están muy marcados por la infancia y por una especie de fascinación temprana. Empecé a estudiar teatro a los 12 años, sin tener del todo claro qué significaba, pero con una sensación muy fuerte de que ese era el camino. A los 15 ya era una decisión tomada. Había algo en el cine que veía con mi abuela, en esas películas en blanco y negro, en el cine nacional, que me despertaba una curiosidad profunda. No era solo entretenimiento: era una forma de ver el mundo que me atravesaba. Y desde ahí empecé a construir un recorrido, primero intuitivo, después más consciente.

-¿Qué significó la televisión en tu formación?

-La televisión fue una escuela enorme para mí, aunque muchas veces no se la valore en esos términos. Yo le debo muchísimo. Empecé muy joven, en un momento donde las tiras diarias tenían una potencia enorme en la cultura popular. Era un ritmo de trabajo muy intenso, muy exigente, que te obligaba a resolver todos los días, a sostener personajes en el tiempo y a aprender haciendo. La televisión te da algo que pocas experiencias dan: oficio inmediato. Te enfrenta con la cámara, con el tiempo real de la producción y con la necesidad de estar siempre disponible emocionalmente.

-¿Cómo ves el cambio de paradigma en la actuación?

-Yo trato de mirar los cambios desde un lugar de aceptación más que de resistencia. Hay una frase que me marcó mucho de un maestro: ‘la realidad es perfecta de ser lo que es’. Eso me ayuda a entender que cada época tiene su lógica, su forma de producir, de mirar, de consumir historias. Hoy el mundo audiovisual cambió completamente: las plataformas, los tiempos, las formas de rodar. Pero en el fondo, lo que sigue en juego es lo mismo: qué queremos decir, qué sentido tiene lo que hacemos y desde dónde lo hacemos. Eso no cambia.

-¿Qué lugar ocupa el teatro en tu vida hoy?

-El teatro ocupa un lugar central, porque es un espacio donde todo ocurre de manera irrepetible. No hay manera de repetir una función, no hay corrección posible. Eso lo vuelve profundamente vivo. El escenario es un lugar donde uno está expuesto, pero también completamente presente. Para mí, el teatro sigue siendo un espacio donde se explora algo que no es solo técnico ni narrativo, sino más profundo: el misterio de lo humano. Es un territorio donde uno se encuentra con algo que no controla del todo.

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-¿Qué te dejaron los grandes maestros con los que trabajaste?

-Trabajar con grandes maestros fue, en muchos sentidos, una formación paralela a cualquier estudio. Tuve la suerte de encontrarme con personas que no solo dirigían o actuaban, sino que transmitían una manera de estar en el oficio. Cada uno de esos encuentros te va dejando algo: una forma de mirar, de escuchar, de pensar una escena. Con el tiempo entendés que el aprendizaje no es algo puntual, sino algo que se va incorporando en capas, a lo largo de los años, a través de las experiencias.

-¿Cómo vivís el trabajo actual en teatro?

-Hoy siento que hay una búsqueda muy fuerte en lo íntimo. Las salas más pequeñas, los espacios más cercanos, generan una relación distinta con el público. Todo se vuelve más sensible, más directo. No hay distancia que proteja ni amortigüe lo que sucede en escena. Eso exige una presencia muy particular del actor. Cada gesto, cada silencio, cada mirada tiene un peso distinto. Y al mismo tiempo, esa cercanía genera una verdad muy potente que es difícil de encontrar en otros formatos.

-¿Qué es para vos el “convivio” teatral?

-El convivio es una palabra que define muy bien lo que pasa en el teatro. Es un acuerdo invisible entre quienes están en escena y quienes están mirando. No es algo unilateral, es algo que se construye en conjunto. Hay una energía que circula y que hace que la obra exista en ese momento y de esa manera. Es como si todos participáramos de una misma construcción, aunque con roles distintos. Sin ese pacto, sin esa entrega compartida, el teatro no sucede.

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-¿Qué lugar tiene el propósito en tu carrera?

-El propósito es lo que le da dirección a todo lo demás. Más allá del proyecto puntual o del personaje, hay algo que tiene que ver con la intención profunda de lo que uno hace. En mi caso, aparece mucho la idea de generar un impacto en el otro, de que lo que hago no quede cerrado en mí, sino que circule. Es como una flecha que uno lanza, con la esperanza de que llegue a algún lugar sensible del espectador. Sin esa intención, el trabajo pierde sentido.