Presenta:

¿Quién soy cuando me miran? Jaques Lacan y el enigma de la mirada ajena

La pregunta por cómo nos ven los demás atraviesa la vida cotidiana y revela, según Lacan, la distancia entre mirar y ser mirados.

La experiencia cotidiana ofrece innumerables ejemplos.

La experiencia cotidiana ofrece innumerables ejemplos.

Archivo.

Hay una pregunta aparentemente sencilla que atraviesa buena parte de nuestra vida: ¿qué ven los otros cuando me ven? No preguntamos exactamente cómo somos. Preguntamos qué aparece de nosotros ante la mirada ajena. La diferencia parece mínima, pero abre un abismo. Porque entre aquello que creemos mostrar y aquello que el otro ve nunca existe una coincidencia completa.

Nos miramos al espejo antes de salir

Elegimos una ropa, corregimos el cabello, ensayamos una expresión. Hacemos selfies y, entre diez imágenes casi idénticas, elegimos una y descartamos las demás. “En esta no parezco yo”, decimos. Extraña afirmación: somos nosotros quienes estamos en la fotografía y, sin embargo, algo de esa imagen nos resulta ajeno. En otra, en cambio, creemos reconocernos. La imagen parece devolvernos aquello que quisiéramos ser para los demás.

Las redes sociales llevaron esta experiencia a una dimensión inédita. Nunca habíamos producido tantas imágenes de nosotros mismos ni habíamos tenido semejante posibilidad de administrarlas. Podemos elegir qué mostrar, desde qué ángulo, bajo qué luz, con qué fondo, incluso modificar aquello que la cámara registró. Pero cuanto mayor es el dominio técnico de la imagen, más evidente se vuelve una paradoja: podemos controlar la fotografía, pero no podemos controlar la mirada del otro.

Hay una pregunta aparentemente sencilla que atraviesa buena parte de nuestra vida: ¿qué ven los otros cuando me ven?

Hay una pregunta aparentemente sencilla que atraviesa buena parte de nuestra vida: ¿qué ven los otros cuando me ven?

Jacques Lacan dedicó algunas de las páginas más inquietantes de su enseñanza a esta cuestión. En 1964, en su Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, introdujo una distinción decisiva: una cosa es el ojo y otra, la mirada. A esa separación la llamó la esquizia del ojo y la mirada. El ojo ve. Percibe formas, distancias, colores, movimientos. Podríamos decir que pertenece al campo de la visión. La mirada, en cambio, no se reduce al funcionamiento del ojo. Pertenece a otra dimensión: aquella en la que el sujeto descubre que, mientras observa el mundo, también puede encontrarse incluido en aquello que observa.

Lacan recuerda una escena de juventud. Se encuentra en una pequeña embarcación junto a unos pescadores. Sobre el agua flota una lata de sardinas que refleja un rayo de sol. Uno de los pescadores le señala la lata y le dice, aproximadamente, que ella lo está mirando. Naturalmente, una lata de sardinas no tiene ojos. Y, sin embargo, Lacan encuentra allí algo fundamental: aquel pequeño punto luminoso lo sitúa dentro de la escena. Él estaba mirando el paisaje, pero súbitamente descubre que no ocupa solamente el lugar de quien mira. También forma parte del cuadro.

Eso es lo inquietante de la mirada

Estamos acostumbrados a pensar que somos nosotros quienes miramos el mundo. La mirada introduce una inversión: hay algo en el mundo desde donde también podemos sentirnos mirados. No necesariamente por una persona. Puede ser una cámara, una ventana, un cuadro, una fotografía, un objeto o simplemente un punto de la escena que adquiere para nosotros una intensidad particular. Algo nos concierne allí. Por eso la mirada ocupa en Lacan el lugar de uno de los llamados objetos a, esos objetos singulares que no constituyen simplemente aquello que deseamos, sino aquello que pone en movimiento nuestro deseo. La mirada no es entonces equivalente a “los ojos del otro”. Es algo más radical: es ese punto imposible de dominar desde el cual nuestra propia imagen deja de pertenecernos enteramente.

Jacques Lacan dedicó algunas de las páginas más inquietantes de su enseñanza a esta cuestión.

Jacques Lacan dedicó algunas de las páginas más inquietantes de su enseñanza a esta cuestión.

La experiencia cotidiana ofrece innumerables ejemplos

Entramos en un lugar y sentimos que todos nos observan. Hablamos ante un auditorio y una sola persona que permanece seria puede adquirir más importancia que cincuenta rostros sonrientes. Caminamos por la calle y creemos advertir una mirada que inmediatamente modifica nuestra postura. Nos descubrimos atractivos, ridículos, admirados, rechazados o expuestos sin saber exactamente qué vio el otro. La vergüenza constituye una experiencia privilegiada de este fenómeno. Para sentir vergüenza no alcanza simplemente con ver. Es necesario, real o imaginariamente, ser visto. Algo de nosotros ha quedado expuesto ante una mirada que ya no gobernamos. De pronto nos vemos desde otro lugar.

También ocurre con el amor

Quien está enamorado conoce perfectamente el valor que puede adquirir una mirada. No porque los ojos transmitan mágicamente una verdad escondida, sino porque buscamos en ellos una respuesta imposible: queremos saber qué somos para el otro. ¿Qué ve cuando me mira? ¿Qué encuentra en mí? ¿Por qué me elige? ¿Seguirá viéndome mañana como me ve hoy? Tal vez por eso la mirada amorosa pueda resultar tan tranquilizadora como inquietante. Nos ofrece una imagen de nosotros mismos y, simultáneamente, nos recuerda que esa imagen depende de alguien a quien no podemos controlar.

El cine comprendió esta cuestión mucho antes de formularla teóricamente. Una película organiza permanentemente nuestra mirada. El director decide qué podremos ver y, sobre todo, qué permanecerá fuera de campo. La cámara parece permitirnos observar sin ser observados. Sentados en la oscuridad de una sala, miramos vidas ajenas sin que los personajes sepan que estamos allí. Pero las grandes películas alteran esa comodidad. En determinado momento una imagen parece dirigirse hacia nosotros. Ya no contemplamos simplemente la escena: quedamos implicados en ella.

Entramos en un lugar y sentimos que todos nos observan.

Entramos en un lugar y sentimos que todos nos observan.

Algo semejante ocurre frente a ciertas obras de arte

Hay cuadros que podemos observar durante unos segundos y olvidar. Otros parecen retenernos. Volvemos hacia ellos sin comprender del todo por qué. Quizás porque en algún punto dejamos de preguntarnos qué estamos viendo y comenzamos, sin advertirlo, a interrogarnos acerca del lugar desde donde esa obra nos mira. Vivimos en una cultura fascinada por la visibilidad. Ser visto parece haberse convertido en una forma de existencia. Publicamos para aparecer ante los demás y verificamos inmediatamente cuántos nos han visto. La antigua pregunta “¿quién soy?” parece acompañada ahora por otra: “¿cómo me ven?”. Y la cantidad de visualizaciones pretende ofrecer una respuesta numérica a una pregunta que, en realidad, ningún número puede resolver.

Hay algo que siempre se nos escapa

El lugar que ocupamos en la mirada del otro. Quizás por eso necesitamos tanto mirarnos en los otros. Desde las primeras experiencias de la infancia hasta el amor, la amistad, el reconocimiento profesional o la exposición pública, buscamos una confirmación de nuestra existencia en una mirada que jamás podrá devolvernos una respuesta definitiva. Y es precisamente allí, en ese punto que escapa a nuestro dominio, donde comienza la mirada.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista. Doctor en Psicología. Especialista en Psicología Clínica.

IG @carlosgustavomotta