La mirada que rescata
Acompañar a nuestros jóvenes en la búsqueda de un sentido de vida es uno de los desafíos más grandes que tenemos como adultos. Y tan difícil es que no lo estamos haciendo. Pongamos manos a la obra antes que las estadísticas sigan subiendo.
Por el bien de la sociedad, debemos derribar el mito del individualismo autosuficiente.
Archivo.Cada septiembre nos trae una campaña mundial de concientización sobre la prevención del suicidio. Sin embargo, más allá de las fechas de calendario o las efemérides, las cifras y la realidad cotidiana nos devuelven un espejo alarmante: miles de adolescentes y jóvenes atraviesan crisis silenciosas de soledad, apatía y falta de proyecto de vida.
Frente a la angustia juvenil y la pérdida del sentido de la propia existencia, suele prevalecer en el mundo adulto una sensación de impotencia paralizante. Y solemos culpar a las redes sociales, al exitismo del entorno o a la volatilidad de los tiempos. Pero desde la Orientación Familiar invitamos a detenernos a reflexionar: ¿dónde estamos parados los adultos y qué fortalezas y flaquezas manifiesta hoy la familia para albergar a sus hijos? Porque estos jóvenes deprimidos no están aislados en el mundo, están bajo nuestro mismo techo.
Una de las principales flaquezas que observamos es la vida acomodada estratégicamente hacia el "adultocentrismo": midiendo las preocupaciones adolescentes con la regla de los adultos. Frases habituales como "por esa pavada te ponés mal" o "a tu edad, yo no me preocupaba por eso" , que lo único que logran es minimizar el dolor que, para la subjetividad de un chico de 14 o 17 años, se siente abrumador e insostenible. Al descartar su sufrimiento, clausuramos el canal de diálogo y profundizamos la idea más dolorosa que sostienen los jóvenes hoy: la soledad, porque nadie los entiende y nadie los escucha.
A esta desconexión emocional se suma la pérdida del contacto visual y la falta de presencia real en el hogar. La aceleración cotidiana, la sobreocupación laboral y la confusión entre proveer bienes materiales y brindar contención afectiva han dejado a muchos adolescentes solos frente a una pantalla, que nadie controla el contenido de lo que proyecta. Las redes no son el único enemigo, pero operan como un refugio ilusorio donde predomina la cultura del éxito instantáneo, sin hacer énfasis en el proceso. Cuando un joven se choca con la frustración o la caída, carece de herramientas para levantarse porque en casa no siempre le hemos enseñado que el dolor y el fracaso forman parte del aprendizaje.
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Sin embargo, frente a estas fragilidades, el núcleo familiar aún tiene la potencialidad para desarrollar la fortaleza necesaria para transformar esa realidad. La familia es, por excelencia, el espacio primario donde el ser humano aprende a conocerse y a sentirse mirado. Para acompañar a un adolescente sin rumbo, es crucial diferenciar entre un plan de vida y un proyecto de vida. Un plan es la trayectoria rígida de metas externas (carreras, plazos, logros materiales) que puede fallar o cambiar. En cambio, el proyecto de vida es una búsqueda más profunda: es ayudar al hijo a descubrir quién quiere ser, qué valores desea encarnar y qué huella quiere dejar en la comunidad. El proyecto de vida es como la brújula que nos guía hasta la persona que deseamos convertirnos. Y esa construcción no se hace en soledad, requiere de un "otro" que lo interpele, lo escuche y valide sus emociones sin juzgar.
Acompañar la adolescencia exige estar dispuestos a romper la inercia, salir del sillón de la comodidad y hacer, moverse, involucrarse. Cuando un chico se acerca súbitamente a hablar, suele haber atravesado un largo proceso interno para vencer el miedo y la vergüenza. No importa la tarea que estemos realizando, responder a esa demanda de atención en el momento exacto es el puente de rescate más valioso que podemos ofrecerle. La neurociencia confirma que la corteza prefrontal, la encargada de autorregular emociones y evaluar consecuencias, culmina su desarrollo cerca de los 25 años. Por ende, el control de impulsos y la capacidad de resiliencia no son automáticos ni obtenidos por ósmosis, sino que se entrenan diariamente con la guía atenta y paciente de los adultos de referencia. Los jóvenes no necesitan que les resolvamos la vida de forma mágica, requieren saberse mirados, alojados y valorados.
Asimismo, por el bien de la sociedad, debemos derribar el mito del individualismo autosuficiente. Ninguna familia tiene que poder con todo en soledad. Frases como “yo se lo que más le conviene a mi familia” o “yo decido por mis hijos” muchas veces nos llevan a tomar decisiones impulsivas y contestatarias, antes que a medir los riesgos y evaluar con calma las situaciones. Recuperemos el sentido de lo comunitario: apoyarnos en los abuelos, amigos, educadores, clubes de barrio o profesionales de la salud, ya que no representa un signo de debilidad, sino un acto de responsabilidad y amor, frente a la compleja tarea de bien criar a un hijo.
Si hoy, mientras leemos estas líneas tomamos conciencia de que en nuestro hogar hay jovencitos que pueden estarse sintiendo así (solos, incomprendidos o desorientados), la buena noticia es que estamos a tiempo de hacer algo por ellos. Nunca es tarde para desplegar las herramientas de diálogo, escucha y afecto, o para salir a buscar la ayuda profesional e institucional indicada, si sentimos que las propias no alcanzan. La familia sigue siendo el lugar donde siempre es posible volver a empezar. Por eso, frente al dolor de nuestros hijos, mirar para otro lado jamás puede ser una opción, porque el costo de la indiferencia es un precio demasiado alto que ninguna sociedad se puede permitir pagar.
* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com
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