Por qué somos MDZ, qué es ser de Mendoza
¿Qué es ser MDZ? ¿Quiénes hicieron la identidad mendocina? Un ensayo y un recorrido histórico más allá del código que identifica a la provincia.
MDZ es mucho más que un código.
¿Qué notas nos identifican? ¿Cuáles serían aquellos hitos, símbolos, iconos, referencias, palabras, sonidos, imágenes que con su sola presencia nos sentiríamos identificados la mayoría de los mendocinos? Aquí, bien cerquita, pero también en el mundo. Indudable e indiscutidamente, uno sería: MDZ.
En el fondo, somos eso. Mendoza, “la bien planteada” de Benito Marianetti. Mendoza, “la corajuda” de José de San Martín. Mendoza, la que conmemora y hace historia, no solamente por sus años de tradición recorridos, sino por las puertas de posibilidades que abrieron aquellas obras y sus gestas.
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MDZ; montañas, diques y Zama, podría ser, si jugáramos con las coincidencias, articulando los factores sustanciales de la riqueza mendocina y a un insoslayable representante de la cultura provincial como fue y será Antonio Di Benedetto, autor de la nombrada novela que ubicó a Mendoza a través del vecino de Guaymallén en el escenario global.
Pero es tan fuerte la iconográfica referencia MDZ, que tanto los mendocinos de pura cepa, como los ciudadanos del mundo, podrían distinguirnos. Y así, ante los ojos de cualquier cuyano, o ante un anónimo cosmopolita que recorre los espacios del planeta, decir o leer “MDZ”, es pensar y sentir “Mendoza”.
¿Y MDZ?
En lo cotidiano, podríamos expresar que en el mundo de la aeronavegación existen los llamados “Códigos IATA”. Son aquellas abreviaturas estándar, empleadas en la industria aeronáutica para identificar aeropuertos, aerolíneas y otros elementos de forma única en todo el mundo.
La sigla IATA significa “International Air Transport Association” (Asociación Internacional de Transporte Aéreo), una agrupación global de aerolíneas fundada en 1945. Esta organización ha sido el artífice de crear y asignar los códigos internacionales de aeropuertos con tres letras que se usan universalmente, hoy en día, para el sistema aeroportuario comercial, vinculado directamente a aeropuertos, pasajes y etiquetas de equipaje. Así, por ejemplo: Londres es LON, Madrid es MAD y Ámsterdam, AMS. También existe un código de cuatro letras más específico (muchísimo menos conocido) que será el OACI, expresamente usado para la dimensión técnica especializada.
Los aeropuertos en Argentina se identifican con códigos. Ejemplos de los más conocidos: Buenos Aires: AEP (Jorge Newbery - Aeroparque), EZE (Ministro Pistarini - Ezeiza), EPA (El Palomar). Córdoba: COR (Ingeniero Aeronáutico Ambrosio Taravella). Bariloche: BRC (Teniente Luis Candelaria). Iguazú: IGR (Cataratas del Iguazú). Mar del Plata: MDQ (Astor Piazzolla). Salta: SLA (Gral. Martín Miguel de Güemes). Tucumán: TUC (Tte. Benjamín Matienzo). Ushuaia: USH (Malvinas Argentinas). Comodoro Rivadavia: CRD (Gral. Enrique Mosconi). El Calafate: FTE (Comandante Armando Tola). Posadas: PSS (Libertador General José de San Martín). Jujuy: JUJ (Gobernador Horacio Guzmán). Y obviamente: MDZ (Gobernador Francisco Gabrielli - El Plumerillo).
Los códigos IATA son fundamentales para garantizar la seguridad, eficiencia y precisión operativa a nivel global. Estas siglas únicas evitan ambigüedades, aseguran el correcto manejo de equipajes, facilitan la reserva de vuelos y la identificación internacional de cada terminal aérea. Representan una referencia exclusiva, pues evitan confusiones entre aeropuertos con nombres similares a nivel mundial. Son esenciales para que el equipaje y la carga lleguen a su destino correcto, identificando el aeropuerto de origen y destino sin errores. Utilizados en planes de vuelo, sistemas de reserva y control de tráfico aéreo para agilizar procesos. Se usan en la señalética interna y en la identificación de los 35 aeropuertos gestionados por “Aeropuertos Argentina”.
No solamente eso es MDZ
Ahora, si “MDZ” lo representamos y referenciamos directamente con Mendoza podremos agregar bastante más. Y mucho más si hablamos de mendocinos.
Lo que identifica principalmente a muchos mendocinos es una fuerte identidad regional basada en la cultura del vino y la vid; el orgullo por su montaña (especialmente, el Aconcagua) y toda su riqueza; el uso de modismos locales (como "choco", "pandito", "topar", "chapecas", y recientemente el muy arraigado y adoptado: “manso”). También una idiosincrasia marcada por el cuidado de sus paisajes y el agua, la valoración de su gastronomía, el respeto por sus mujeres, el apego a su tradicional fiesta vendimial y un profundo sentido de pertenencia, estimulado por su notable dimensión cultural y educativa. En resumen, ser mendocino implica un estilo de vida influenciado por la montaña, el desierto convertido en oasis a través de sus sistemas de regadío, el buen vino y una histórica forma particular de vincularse en pos de los consensos para resolver los conflictos, buscando siempre en soluciones inminentemente prácticas y útiles la resolución de los problemas. Formales, prudentes, prácticos, pragmáticos, tenaces y provocadores sin caer jamás en altanerías. Lejos del verso de “los huevones” a quienes no dudarían en mandar al Chachingo cuando notan que su discurso es humo y sin miedo a los desafíos, pues crecieron peleando contra los Futre y las Pericana.
Hablemos de mendocinos
Dos grandes puentes convergentes del oasis centro y norte en la historia de Mendoza fueron la montaña y las lagunas de Guanacache. Esos ejemplos nos distinguieron por siglos. La montaña que nunca actuó como barrera y Guanacache que siempre actuó como proveeduría. Para llegar al Pacifico un arriero ocupaba una semana. Para llegar al Atlántico un tropero tardaba más de dos meses. Mientras la calle Los Pescadores fue el acceso que nutrió de productos laguneros por doscientos años los mercados de Mendoza.
Mendoza parió la gesta sanmartiniana. También a Agustín Álvarez, Julián Barraquero, Civit y Lencinas. Abrió sus brazos para crecer con creativos y vanguardistas como Coni, Pouget, Thays, Cipolletti, Condarco, Oreglia, Gildo D´Acurzzio y Fader. Acunó a Lucila Barrionuevo de Bombal, el cura Jorge Contreras, Zapata, Ricardo Videla, Della Santa, Olaya Pescara, Notti, Gaviola, Florencia Fussati y Mauricio López. Obviamente que faltarán muchísimos, pero apelando a la memoria, agregaría actores, pintores y escritores que llenaron el escenario cultural del país: Arias, Bufano, Ramponi, Fader, Cúneo, Nacarato, Delhéz, Sergi, Ducmelic, Lorenzo, Politi, Abal, Sola González, Pardo, Palorma, Santángelo, Le Parc, Berti, Alonso, Mathus, Riolobos, Abelardo Vásquez, Rosas, Francia, Rodríguez, Polo Márquez, Juana Vera, Talquenca, Navarro, los Trovadores Cuyo y los del Este. También resultaría imposible olvidar aquel pasado mendocino que estimuló a Cuadros, Draghi Lucero, Favio, Azzoni, Levi, Tejada Gómez, Dussel, Quino, Roig, Irineo Cruz, Tancredi, Flaco Suarez, Edmundo Correas, Armando Lucero, Maximino Moyano, Ravalle, los Vargas, Villalba, Vilma Rúpulo, Sara Rosales, Norma Vega, Zalazar, Tulián y Kusselman. Una historia que cobijó a Cortázar, Juan Scalco, Arnold, Silanes y la familia de Liliana Bodoc. Que se emocionó con Nicolino, Ernesto Contreras y las maratones de Guiñez. Que disfrutó al Víctor y transpiró con Hugo Cirilo Mémoli. Que grito goles de Loggiácono y aún hoy extraña al Búfalo Funes. Mendoza que vibró ante el cautivante y sonificado talento de Staiti, Mátar, Felipe Valessi, Tormo, Sánchez, Sosa, Embrioni, Requena, los grosos de la filarmónica mendocina, los intransigentes jazzeros, el rock chacarero y los cultores del inmortal Nuevo Cancionero Cuyano. Y la lista continuaría por cientos, de no ser por la imperdonable incapacidad y mala memoria del escribiente. Pasado de huarpes, puelches e inmigrantes. Tierra de arrieros, contratistas, trovadores y tomeros. Cuna de inteligentes y bellas mujeres e iluminadas escuelas.
Mendoza que se nutre con la sangre y el talento de las nuevas camadas y que renueva sus desafíos económicos y culturales caminando hacia la mitad del siglo XXI.
Pasado y tradición que procura reflejarse en el espejo de la memoria, pero además en la pluma, la voz y el pincel de algún artista. Eso es Mendoza. Con un sello que distingue en el mundo. MDZ. Que estará latente en todas las esquinas de aquel barrio o vibrará en la sintonía plural del mundo, porque cada vez que se escuche una voz con tonada arrastrada (aquí cerquita en La Chimba o en las grandes salas del planeta) alguien estará hablando de lo que mucho y bueno que sigue teniendo “la inmortal Mendoza, donde todo se puede”. Lo decía, lo escribía y lo pensaba José de San Martín.



