Por qué la formación docente debe cambiar para mejorar la educación
La inclusión y la heterogeneidad en las aulas exigen nuevas herramientas para enseñar y una revisión profunda de los planes de estudio.
Mejorar la calidad educativa de nuestro país requiere, entre otras cosas, mejorar la calidad de los docentes que estamos formando.
Archivo.En la actualidad circula una gran cantidad de información sobre inclusión, heterogeneidad en el aula y neurodiversidad. Congresos de educación, encuentros docentes, webinars en diferentes plataformas y producciones académicas coinciden en una idea central: cada estudiante aprende de manera diferente.
Por lo tanto, es evidente que la imagen del docente que enseña de una manera para todos y que entonces todos aprenden, no existe, es irreal. Los avances en neurociencia y en investigaciones educativas, también profundizan en esta idea. Sin embargo, ¿estamos formando docentes desde esta perspectiva? Desde mi recorrido como docente y psicopedagoga esta afirmación no aparece solamente desde la teoría, sino también desde la práctica real y cotidiana. Vienen a mi memoria innumerables ejemplos de alumnos que para poder aprender necesitaron de un andamiaje diferente. Algunos de ellos eran excelentes escuchadores, pero necesitaban ayuda para focalizar su atención a la hora de resolver las actividades. Otros necesitaban de un acercamiento más individual para comprender las consignas. Algunos usaban una caja de la calma para regularse y luego seguir aprendiendo. Otros se destacaban por su liderazgo en el trabajo en equipo, a pesar de sus dificultades específicas de aprendizaje.
Tener una buena formación docente es ideal
Sin embargo, estas estrategias: flexibilidad docente, mirada personalizada de los alumnos, no las aprendí en mi formación inicial. Las aprendí en el camino: al estar en contacto con otros, en la práctica cotidiana, en capacitaciones, y en la necesidad misma de dar respuesta a la realidad. Y, es justamente ahí donde aparece la pregunta inevitable previamente planteada. Se escucha en todos lados la inclusión, heterogeneidad y diversidad del aprendizaje, pero ¿estamos formando docentes para este nuevo escenario? Parece ser que esta información no ha tocado aún las puertas de los institutos de formación docente. Posiblemente sí desde “las charlas de pasillo”, pero no en profundidad.
Por otro lado, esta distancia entre la formación docente que recibimos y las demandas reales del aula, se puede ver reflejada también en problemáticas educativas más amplias. En un contexto donde los resultados de las evaluaciones de aprendizaje generan preocupación y alarmas, como por ejemplo en los niveles de comprensión lectora, revisar qué herramientas, qué teorías y conocimiento pedagógico están recibiendo los docentes, cobra especial relevancia. Si realmente se quiere mejorar la calidad educativa, no alcanza con solamente conocer cómo aprenden los alumnos; es necesario volver la mirada hacia la enseñanza, y en especial a qué ocurre dentro del aula. Entonces, es urgente revisar la formación docente. La misma se convierte en el punto inicial a desentramar para realmente generar un impacto en la calidad educativa de los alumnos de nuestro país.
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Para iniciar en este camino, es necesario comprender que formar docentes capaces de responder a la diversidad y complejidad del aula actual requiere mucho más que incorporar discursos sobre inclusión en los diseños curriculares. Los futuros docentes necesitan entrar en contacto con estas perspectivas, pero además tener la posibilidad de trabajar sobre ellas y con ellas, a lo largo de su formación. Estrategias de enseñanza diversas, orientadas a abordar la heterogeneidad del aula tienen que estar dentro del diseño curricular. Además, en las instancias de práctica tienen que ser puestas en juego por los docentes como un aspecto más a evaluar. En la actualidad no basta con tener docentes que conocen cómo enseñar cada área, es necesario que posean herramientas sobre cómo hacer que eso a enseñar sea alcanzable por todos los alumnos. Por lo tanto, vuelvo a hacer hincapié sobre esto, la capacidad de un docente de enseñar en escenarios heterogéneos no puede depender únicamente de la experiencia individual y la motivación personal, sino que debe presentarse como un eje transversal y explícito a toda la formación inicial del docente.
Es urgente revisar la formación docente
El trabajo consiste entonces en identificar qué estrategias, herramientas y/o habilidades exige hoy la realidad, para desde ese lugar revisar qué decisiones curriculares se realizan y configuran el perfil docente de hoy. Cuestionar los diseños curriculares actuales para identificar qué contenidos están siendo priorizados y cuáles quedan ausentes. Sin duda, lo que hoy se necesita son todas aquellas estrategias de enseñanza-aprendizaje que permitan al docente convertirse en un diseñador de propuestas para un grupo de alumnos con estilos de aprendizaje diferentes. Al observar qué proponen los diseños curriculares de CABA y de la provincia de Buenos Aires por ejemplo, noto que si bien se incorpora el desarrollo de capacidades y el deseo de formar docentes reflexivos hay escasa información para su desarrollo explícito. Pareciera ser más bien un enunciado, que luego se ve invadido por una lista de contenidos disciplinares y orientaciones didácticas. Vale decir entonces que se genera una brecha entre el currículum escrito y el currículum real.
Estas habilidades para afrontar aulas heterogéneas no pueden quedar sólo como enunciados dentro de los diseños curriculares. Tienen que convertirse en contenidos concretos, no solamente de una materia, sino también dentro de cada una de las orientaciones didácticas. Además, necesitan traducirse en prácticas reales y criterios de evaluación. Quienes son formadores de formadores tienen que acompañar durante las horas de práctica docente la puesta en juego de estas habilidades al mismo tiempo que exigirlas. Que los docentes en carrera puedan planificar en niveles, con agrupamientos flexibles por ejemplo, y luego llevarlos a la práctica. A partir de ahí, que se generen los espacios dentro de las horas institucionales para reflexionar con compañeros y con los tutores sobre esa práctica, con el fin de identificar los desafíos, obstáculos pero también valores.
Mejorar la calidad educativa de nuestro país requiere, entre otras cosas, mejorar la calidad de los docentes que estamos formando. Son ellos mismos quienes están dentro de las aulas, y más adelante quizás ocupen otros espacios del sistema educativo. La formación docente es el punto de inicio del recorrido. Así como una casa construida con buenos cimientos tiene asegurada su estabilidad y crecimiento, una formación docente actualizada, real y sólida es la base fundamental para mejorar la calidad educativa.
* Milagros Montes de Oca. Especialista en Educación.



