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Pantallas, infancia y salud mental: una deuda que crece en silencio

Pantallas, soledad y falta de diálogo afectan el lenguaje y la salud mental, mientras crece la demanda de profesionales.


En una época marcada por la hiperconectividad, nunca hubo tantas herramientas para comunicarse y, sin embargo, cada vez resulta más difícil sostener intercambios genuinos. La inmediatez, la mediación constante de las pantallas y la lógica del consumo rápido de contenidos están reconfigurando la forma en que las personas, especialmente niños y adolescentes, construyen vínculos, procesan emociones y desarrollan el lenguaje.

Este cambio de entorno no es neutro. Empieza a mostrar efectos concretos y preocupantes en distintos niveles. En la primera infancia, etapa clave para el desarrollo cerebral, el contacto cara a cara y la interacción sostenida con adultos son condiciones necesarias para la adquisición del lenguaje. Sin embargo, el uso extendido de dispositivos como sustituto de ese vínculo limita el intercambio verbal, empobrece la experiencia comunicativa y afecta la capacidad de simbolización. Hoy se estima que alrededor de un 25% de los niños en edad preescolar presenta retrasos significativos en el lenguaje.

En el ámbito escolar, las dificultades también se expresan con claridad. Conductas como la irritabilidad, la baja tolerancia a la frustración o el desafío a la autoridad suelen interpretarse como problemas disciplinarios, pero muchas veces esconden limitaciones en la comunicación. Cuando no hay palabras para expresar lo que se siente, la conducta ocupa ese lugar. Sin herramientas adecuadas para intervenir, estas situaciones tienden a intensificarse y a impactar tanto en el aprendizaje como en la convivencia.

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En el ámbito escolar, las dificultades también se expresan con claridad.

La adolescencia suma otra capa de complejidad

El aumento de los problemas de salud mental -con la ansiedad y la depresión como cuadros frecuentes- encuentra un contexto donde la comunicación está mediada, fragmentada o directamente ausente. Se estima que 1 de cada 7 adolescentes padece algún trastorno mental. La soledad frente a la pantalla y la necesidad de validación constante en redes generan un escenario en el que muchos jóvenes no logran nombrar su malestar ni pedir ayuda. Se enfrentan a un mundo adulto que perciben como hostil, sin los recursos lingüísticos y emocionales necesarios para habitarlo.

En todos estos casos aparece un mismo hilo conductor: el debilitamiento de la comunicación como experiencia humana profunda. Y es en ese punto donde el rol de la fonoaudiología se vuelve decisivo. No solo como disciplina que diagnostica y trata alteraciones del lenguaje, la voz, la audición o la deglución, sino como un campo capaz de intervenir en los procesos que hacen posible el desarrollo integral de las personas.

El problema es que ese rol creciente contrasta con una realidad preocupante: faltan fonoaudiólogos. La escasez de profesionales limita la detección temprana, retrasa tratamientos y deja sin respuesta a una demanda que no deja de crecer. En sistemas de salud y educación ya exigidos, esta ausencia se traduce en oportunidades perdidas en momentos críticos del desarrollo.

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La escasez de profesionales limita la detección temprana, retrasa tratamientos y deja sin respuesta a una demanda que no deja de crecer.

Un 25% de los niños presenta retrasos en el lenguaje

La pérdida de la palabra (o su empobrecimiento) no es solo una cuestión individual, sino un fenómeno social. Recuperarla implica volver a poner en el centro el vínculo, la escucha y el tiempo compartido. Pero también exige reconocer que, sin los profesionales formados para acompañar estos procesos, esa tarea queda incompleta.

Hablar de la falta de fonoaudiólogos es, en definitiva, hablar de una deuda silenciosa. Una que impacta en cómo los niños aprenden a hablar, en cómo los jóvenes logran expresar lo que sienten y en cómo, como sociedad, somos capaces de entendernos.

* Verónica Maggio. Directora de la diplomatura en Trastornos del Lenguaje Infantil de la Universidad Austral; coordinadora del área del Lenguaje del Hospital Universitario Austral.