Reincidencia: ¿por qué tantos "perejiles" se vuelven delincuentes de carrera?

Reincidencia: ¿por qué tantos "perejiles" se vuelven delincuentes de carrera?

Un juez de ejecución penal cuenta que en Mendoza la mitad de las condenas son por delitos menores. Un detenido que lleva una década a la sombra confiesa sus miedos a la hora de regresar a la calle. Dos perspectivas para delinear un mismo drama: lo difícil que es salirse del circuito criminal.

Facundo García

Facundo García

Casi todo el mundo tiene una teoría sobre cómo se debe lidiar con el delito y los presos. Hay quien considera que sería buena idea arrancar ya mismo con fusilamientos masivos en Plaza Independencia. Otros, más moderados, proponen que los detenidos sufran mucho en las cárceles para arrepentirse por lo que hicieron. Puestas así, en letras, su ridiculez queda en evidencia; pero son opiniones que se escuchan en cualquier calle de la ciudad. Menos gente es la que se pone a pensar. Y entre la baraja de estadísticas que se tiran a la mesa, hay una fundamental para la reflexión. Sobre todo porque representa el punto de clivaje entre la persona que cometió un ilícito y el delincuente que organiza su vida alrededor del crimen: la reincidencia

En términos básicos, la reincidencia es la "recaída" en el delito luego de haber tenido una condena previa. El ladrón que sale después de años en la cárcel y vuelve a robar a los pocos días sería una buena muestra. ¿Qué pasa por la cabeza de ese sujeto? ¿Qué lo lleva a cometer semejante idiotez?

En charla con un respetado juez de ejecución penal de la provincia, MDZ pudo saber que la reincidencia se relaciona muy estrechamente con el tipo de delito. El homicidio "puro", por ejemplo -no en ocasión de robo- tiene una tasa de reincidencia bajísima.

La reincidencia se vincula con el tipo de delito

Los llamados "delitos contra la propiedad", en cambio, presentan mayores índices. Los ladrones, y muy especialmente los estafadores suelen volver al ruedo, aun tras haber cumplido largas condenas. Pareciera que no lo pueden evitar. Sin embargo -y como se verá- esa es la superficie el problema. 

Crímenes sexuales

¿Y los violadores? Según el citado juez, en Mendoza los "depredadores sexuales" son menos frecuentes que en otras latitudes. Ojo: no es que no existan violadores en la vía pública. Pero si uno hace un recorrido por la población carcelaria presa por abusos, se encuentra más bien con padres, tíos, padrastros y abuelos que cometieron esas agresiones en un contexto intrafamiliar.

El magistrado asegura que aunque es innegable que estos delincuentes producen un enorme daño social, sus tasas de reincidencia, al menos a nivel local, no son tan altas como suele creerse.

"En la provincia, a la luz de las cifras, esta figura de 'los violadores incurables' no tiene demasiado asidero", arriesga.

Campos de perejiles

En las cárceles mendocinas hay por lo menos 130 condenas a perpetua. Hay abusadores, homicidas, "pibes chorros" y estafadores. "El promedio de las condenas penales en Mendoza es de 3 años y 6 meses -continúa el juez-. Ahora bien: la mitad de esas condenas es de solo un año".

Un año: delitos menores. Un joven que se quiso robar un estéreo, un estafeta de poca monta. Esas cosas. Conclusión tentativa: hay un montón de perejiles tras las rejas. Y no son irrecuperables. Es un golpe publicitario encerrarlos, sí, pero es en otras instancias donde se definirá si salen adelante o no.

En el mundo cada vez se le da mayor importancia a la situación post condena.

Cada vez se le da mayor énfasis, por citar una de esas instancias, a la situación post condena. Ese periodo en el que el ex preso sale a buscar su sustento y a mirarse en el espejo de la estima ajena.

Vaya una imagen fuerte sobre la soledad en la post condena: al principio de la pandemia, cuando se ordenaron excarcelaciones para evitar el hacinamiento en los penales, el interno de una cárcel federal fue liberado y se vino a pie desde el complejo penitenciario de Cacheuta hasta la Terminal de Colectivos en el centro de Mendoza. Salió en la tele y contó que no sabía cómo volver a su casa, que quedaba en Buenos Aires. Pensaba dormir en la calle.

Déjese por un segundo el lugar común de "hay que matarlos a todos" y póngase el lector en el cuero de un ser humano que respira el aire de la vereda por primera vez tras una larga sentencia. A lo mejor tiene un bolso de mano, un poco de plata en el bolsillo. A sus espaldas, se cierra el portón de la penitenciaría. El país ha cambiado, quizá la pareja se cansó y se desentendió de uno, la familia puede estar o no ¿Hacia dónde dar los primeros pasos?

La post condena. Tal vez ese agujero en las políticas públicas explique en parte los niveles de reincidencia que se registran en las cárceles de la provincia. Otras variables son la desigualdad, el lugar que ocupa el dinero como otorgador de prestigio y la ausencia de espacios de legitimación que estén más allá del mercado, entre otras.

Según cifras provisorias suministradas por una fuente judicial, en 2016 la reincidencia en los penales mendocinos rondaba el 45%, para pasar al 48% al año siguiente y a 49% en 2018. En ese periodo, más de 8 de cada 10 internos mostraron interés en participar en talleres de formación laboral

¿Volver a qué?

Ya hace una década que Leonardo Ayala (42) está en naca. "Me faltan 2 años, nomás", se entusiasma. A sus 42, dice que no le han tirado muchas puntas sobre oportunidades laborales. Pero cada noche bosqueja en su mente lo primero que va a hacer cuando recupere la libertad. "Si se pudiera, me gustaría comer un asado y abrazar a mi familia, que son los que más han sufrido por mi error", reconoce.

Y tipea las frases, porque el día de la entrevista sopla un zonda que hace imposible el encuentro personal. Incluso la señal de celular se le pierde. Entonces Leonardo -que tiene ganas de contar lo que le pasa- se vuelve locuaz por SMS, que es el medio que sí le funciona en el sitio donde está y a esa hora de la noche.

"Nadie nos daría trabajo al conocer nuestros antecedentes"

En su cautiverio -recalca- ha sacado conclusiones. Más ahora que las visitas y las salidas transitorias están frenadas por la pandemia. "Es simple: nadie nos daría trabajo si conociera nuestros antecedentes, y al darse cuenta de eso muchos de los que entran acá se dan por vencidos".

"Yo caí por primera vez de pibe -sigue Leonardo-. Me encantaría que me hubiesen enseñado un oficio. Pero a hacerlo bien, no más o menos. Que sea un trabajo, algo que realmente me sirva para afrontar la calle. Veo a mil guachos que tienen condenas chicas. Lo que habría que pensar es cómo hacer para que no entren acá nunca más".

Cuenta que cuando llevaba más de 8 años preso, reunió el dinero para comprarse una máquina de coser. "La tuve que conseguir yo, ¿entendés? Distinto hubiese sido si me la daban al principio, para que yo la fuera pagando. Eso no pasó. Y cuando pedí herramientas, sentí que me ponían peros. Te aseguro que de diez flacos que hay acá, siete u ocho preferirían ganar su pan, no depender de nadie". 

El entrevistado agrega que en el futuro ansía poner un taller de costura en su casa.

Sobre el final, este periodista le consulta a Leonardo cómo imagina su vejez.

Pero esa pregunta queda sin respuesta. 

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