Los días perfectos no existen: la belleza de aprender a reconocer los instantes inolvidables
Más que jornadas sin fisuras, la felicidad suele esconderse en momentos breves que iluminan la vida y permanecen en la memoria.
A veces basta un solo momento luminoso para rescatar una jornada entera.
Archivo.¿Cómo se construyen los llamados "días perfectos"? Tal vez no sean jornadas completas, sino una suma de instantes capaces de transformar todo lo demás. Hay días en los que sentimos que estuvimos exactamente donde queríamos estar o junto a las personas que elegimos. Como sugieren, cada uno a su manera, Borges y Morat, a veces basta un solo momento luminoso para rescatar una jornada entera.
Los minutos que cambian un día entero
Existen escenas que parecen justificar todo el camino recorrido. Son momentos que condensan una sensación de plenitud difícil de explicar y que quisiéramos conservar intactos frente al paso del tiempo. Sin embargo, la memoria también erosiona esos recuerdos y apenas logra preservar su esencia. Quizás por eso, como escribió Borges, "no hay más paraíso que los paraísos perdidos".

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Paradójicamente, un día perfecto solo puede existir porque termina. Mientras ocurre, incluso desconfiamos de él: tememos que algo lo arruine o descubrimos que ninguna felicidad es completamente pura. Con el paso de los años, las pérdidas personales enseñan que la alegría ya no vuelve a sentirse con la misma inocencia de antes y que toda plenitud lleva consigo una cuota inevitable de fragilidad.
La felicidad también convive con la fragilidad
Tal vez, entonces, no existan los días perfectos, sino los días inolvidables. Aquellos en los que algo inesperado se transforma en felicidad, nos conmueve o nos ilumina. Crecer quizá consista en dejar de perseguir una perfección imposible para aprender a reconocer esos pequeños instantes que justifican todos los demás y, como escribió Italo Calvino, descubrir qué y quién, en medio del infierno, no es infierno, e intentar hacerlo durar.

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* Delia Sisro escritora y docente.

