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La invisibilidad de la miseria: cuando la pobreza se convierte en parte del paisaje urbano

La pobreza en la calle no desaparece, se invisibiliza. La ciudad naturaliza el sufrimiento y la miseria y deja de ver a quienes la cuestionan con su presencia.

La pobreza en la calle es aquello de lo imposible que una ciudad necesita no ver para no verse a sí misma.

La pobreza en la calle es aquello de lo imposible que una ciudad necesita no ver para no verse a sí misma.

Archivo MDZ

“La miseria se había vuelto tan común que ya no provocaba horror, pasaba de largo por las calles sin ser vista, como si su sola presencia fuera parte natural del empedrado” (Oliver Twist, Charles Dickens). Esta cita resulta eficaz porque no describe la pobreza como carencia material, sino como fallo moral de la sociedad que se acostumbra a ella. Esa naturalización de la miseria que ya no escandaliza dialoga con la invisibilidad y la indiferencia hacia las personas en situación de calle.

La presencia del mendigo en la ciudad no es accidente ni anomalía sino el resultado visible de una serie de rupturas invisibles. Tampoco es un juego de palabras porque cuanto más expuesto se encuentra un cuerpo mortificado en el espacio público, menos es percibido como sujeto. La pobreza en situación de calle no desaparece. Se vuelve invisible por saturación, por costumbre y sobre todo, por indiferencia social aprendida.

Las personas en situación de calle no nacieron de ese modo

Antes hay un quiebre, una ruptura. La pérdida del trabajo, la expulsión del sistema habitacional, la enfermedad, la soledad, las adicciones, la fragilidad mental o el colapso de los vínculos, configuran un proceso de carácter progresivo. La calle aparece como último refugio cuando ya no queda alguno posible. No es una elección de carácter romántico o un gesto de libertad, sino un punto final de una cadena de exclusiones.

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La presencia del mendigo en la ciudad no es accidente ni anomalía sino el resultado visible de una serie de rupturas invisibles.

La presencia del mendigo en la ciudad no es accidente ni anomalía sino el resultado visible de una serie de rupturas invisibles.

En este tránsito ocurre algo decisivo: el desclasamiento. La persona deja de ocupar un lugar reconocible en el orden urbano puesto que ya no es trabajador, vecino, cliente y mucho menos ciudadano funcional. Queda por fuera de la narración del progreso, del mérito o del esfuerzo productivo. La ciudad como si fuese sujeto, necesita clasificar para comprender y lo fija en una identidad única y reductora: mendigo. No alguien que está en la calle sino alguien que es la calle.

Allí se consuma la violencia simbólica más profunda y la crueldad como señala Cynthia Wila en su ensayo La crueldad (2025, Editorial Planeta). La persona se disuelve en una categoría. La historia personal deja de importar y mi conjetura personal es que la invisibilidad no surge de la ausencia sino del exceso. Está allí todos los días, en el mismo subte, en la misma esquina, el mismo cuerpo vencido, el mismo pedido (que a veces es entregado por escrito, es decir, la palabra aniquilada).

La repetición anestesia

La ciudad aprende a mirar sin ver, tal como sucede con la contaminación sonora o visual: lo que persiste sin interrupción deja de llamar la atención y el escándalo se normaliza. Cuando nos detenemos y observamos la calle misma, se comienzan a formular interrogantes que nos incomodan ¿cómo se llegó hasta aquí? ¿qué partes de las ciudades producen estas vidas? ¿qué falla?

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La persona deja de ocupar un lugar reconocible en el orden urbano puesto.

La persona deja de ocupar un lugar reconocible en el orden urbano puesto.

Las urbes modernas se sostienen bajo un pacto de carácter implícito

Todos sus integrantes circulan con una finalidad puesto que trabajan, consumen, se produce, se vende. La persona en situación de calle quiebra ese pacto y su presencia expone el límite del sistema. No molesta porque pide, sino porque nos recuerda que el orden social no incluye a todos. Por eso tampoco se lo mira, se les esquiva la mirada.

No miramos al mendigo porque como advirtió Freud, lo reprimido retorna y como enseñó Lacan, el concepto de lo real emerge allí mismo donde las palabras no alcanzan. La pobreza en la calle es aquello de lo imposible que una ciudad necesita no ver para no verse a sí misma.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta. Pueden ver su programa Megapsinepolis por YouTube

IG @carlosgustavomotta