La Inteligencia Artificial no nos vencerá: por qué la historia no morirá
La irrupción de la Inteligencia Artificial sacudió a todas las disciplinas. Una defensa del trabajo y las historias humanas y en particular en un área.
Entender la inteligencia artificial es dominar conceptos clave
Archivo MDZLos líderes tecnológicos Bill Gates y Elon Musk advirtieron que varias profesiones se verán seriamente afectadas, hasta el punto tal de correr el riesgo de desaparecer. Indudablemente el mundo del trabajo está en un proceso de rotunda transformación. De acuerdo con sus declaraciones, la tarea de los historiadores es uno de los sectores donde estás tecnologías tendrán mayor impacto. La capacidad de la IA para recopilar, enseñar y personalizar el aprendizaje podría reducir la necesidad de profesores de historia.
Más complejo aún, un reciente estudio basado en el análisis de un conjunto anónimo de 200.000 conversaciones entre usuarios de Copilot y su sistema de IA generativa, durante un periodo de nueve meses en 2024, corroboró este pronóstico. Así fue como investigadores de Microsoft Research destacaron que la recopilación de información, incluida la investigación histórica, es una de las tareas que la IA realiza con mayor éxito.
Indudablemente los amantes del rescate de la historia (profesores e historiadores) estamos ante un nuevo desafío. No será el primero a lo largo de siglos; ni tampoco será el último. Pero como siempre la historia se impondrá, porque cuenta con tres aliados ineludibles: la sensibilidad, el futuro y el exclusivo conocimiento de lo cercano (próximo, mínimo, vecinal y doméstico) que nunca perdieron ante los fenómenos urgentes, que solo reparan en grandes generalizaciones sin detenerse nunca en el valor distintivo (particular) que brinda nuestra propia identidad, resguardo imprescindible para proyectarnos al futuro.
Una historia local como desafío a la Inteligencia Artificial
Parece un cuento: “La historia de la hija de Don Crisanto Lira”. Parece un cuento, pero es una historia concreta. Es una historia local, muy chiquita en dimensiones, aunque siempre desafiante.
Ejemplo ante la famosa IA: “Quisiera que el ChatsGPT4, o cualquiera de todos los innovadores sistemas de última generación creado por los mejores técnicos del mundo de las multimillonarias empresas de Gates o Musk me cuente la historia de Crisanto Lira, quien supo tener un almacén de venta de embutidos y chacinados, allá por 1870, en plena Villa de San Isidro (hoy Rivadavia, Mendoza), y obligado por una circunstancia inesperada cambió de rubro comercial”.
Pobre ChatsGPT4; no podrá decirme ni una palabra. En el fondo el desafío es seguir contando “historias mínimas y próximas” que no se puedan “googlear” y que la disruptiva (y muy bienvenida, si la usamos responsablemente) Inteligencia Artificial no nos podrá contar jamás hasta que se haya enterado por estas notas de divulgación.
Un ejemplo pueblerino
Les cuento que antes que el pueblo de San Isidro naciera como departamento con el nombre de Rivadavia, un 18 de abril de 1884, el grueso de la comunidad continuaba sumergido en el marco de una economía pre – industrial, mientras los polos productivos estaban asentados en relación a las estancias y viñedos de los pocos terratenientes del departamento, más el agregado de chacras, granjas y tambos sobre las nuevas rutas y caminos habilitados. La escala productiva departamental antes de la llegada del ferrocarril no sufrirá variantes considerables durante gran parte del siglo XIX. Por ende, seguía sosteniendo su base económica sobre la siembre y el cultivo de alfalfa, cereales, frutales y hortalizas, y con un leve, aunque constate crecimiento de la vitivinicultura que se multiplicará en décadas próximas. La crianza de ganado para la venta, mayoritariamente a Chile, era uno de los negocios más rentables de esa época. Además, la zona presentaba una ubicación estratégica privilegiada para el tránsito de ganado provenientes de San Luis o del sur provincial. La humedad de las costas del río Tunuyán a la altura de San Isidro caracterizaban al lugar como una zona de “engorde” del ganado previo al paso cordillerano. Por citar ejemplos: el chileno Bernardino Vicuña Prado (otro ilustre desconocido para la IA), a la postre “concejal” municipal, se llenó de plata con ese negocio. Reitero, estoy describiendo aquella vieja Rivadavia.
Por entonces se empezaba a vislumbrar una estructura social y económica diferenciada, notándose claramente cuatro sectores. Un nivel terrateniente (estrato superior) compuesto por los grandes hacendados con propiedades en estratégicas ubicaciones cercanos al Río Tunuyán, hasta con molino propio y dueños de las primeras viñas. Un nivel intermedio constituido por aquellos propietarios de alfalfares, abastos de carne, comerciantes mayoristas (almacenes de ramos generales y “proveedores del estado”) y aquellos pequeños latifundistas que alquilaban sus propiedades para “engorde” a los arrieros en tránsito a Chile. Un tercer nivel constituido por el nivel doméstico, sustentado en una economía familiar de autoabastecimiento que también alcanzaba a pequeños cuentapropistas de oficios (talabarteros, herreros, domadores de caballos, etc.).
Los escasos empleados públicos también estaban en éste estrato (maestros, policías, empleados del correo). Sobre la base de la pirámide el nivel dependiente: empleados transitorios (“changarines”), sin propiedad, ni domicilio fijo. Su situación se complicará cuando a partir de 1845 se exija cumplir con la presentación de la “papeleta de conchavo”, aquel documento que acreditaba un trabajo y la correspondiente dependencia a un emprendimiento comercial o industrial con la debida rubrica del “patrón”, lo que generaba una doble dependencia personal: económica y política.
Hasta ahora, un papelón de la IA
El ejemplo se podría multiplicar por miles y miles de historias vecinales que solo rescatará alguien que defienda o investigue la identidad local. Pero nuestro interrogante fue conocer sobre esa historia de Crisanto Lira y su hija; y hasta ahora la IA no aportó nada.
En el “centro” local estaba la sede política de San Isidro que era la “Subdelegación” (intendencia). Funcionando siempre en una dependencia estatal, pero también en algunos casos, como en el de Isaac Estrella, donde las funciones municipales las cumplía desde su propio hogar.
Y así como la calle “Chañar” o el “Camino Real” fueron durante el siglo XVIII las dos arterias que concentraron la mayor capacidad de asentamientos y circulación, durante el XIX el centro social girará hacía la calle San Isidro.
Ya en 1880, la calle San Isidro cobijaba las oficinas municipales en el famoso caserón de Saturnino Narvaja, sede además de la policía y el juzgado de paz. También una farmacia (de Benito Sicardi, luego de Domingo D’Angelo), una talabartería, una pulpería (Rosas Núñez), una herrería (Fernando Raffo), una sastrería de alta confección (Juan Ponce), dos panaderías (una de Lucio Robledo), una “barbería” de Sergio Ruíz, unas cuantas tiendas y almacenes (Wenceslao Núñez, Heriberto Baeza, Guillermo Cano, Ramón Gatica y Ricardo Galigniana) y varios abastos de carne que completaban el panorama de la calle (entre otros el de Isauro Estrella, Felipe Calle, Pedro Fernández, José María Lobos e Hilario Laredo).
La originaría “plaza” con forma de triángulo, estaba enclava en el lugar donde actualmente se encuentra. En un primer momento era un descampado que a veces funcionaba como corral, limitada por unas sogas y algunos ligustros. La plaza fue escenario de las irreconciliables posturas políticas de la época. Sede de los fusilamientos de referentes federales locales, como Juan de Dios Contreras y Francisco Molina, ordenados por el Mayor Benito Molina en 1853 siguiendo las indicaciones del gobernador Pedro Pascual Segura. Frente a la plaza se erigía la precaria Capilla de San Isidro. Donada y construida por el chileno Fernando Bravo. Pero como en todo pueblo, ayer u hoy, siempre existe una esquina emblemática y la localidad de San Isidro no fue la excepción.
Y hasta ahora la IA no reconoció prácticamente a nadie de los nombrados. (Pueden probar si anhelan).
La despensa de Lira
La actual esquina de Alem y San Isidro era el centro comercial más importante durante las horas de la mañana. Allí funcionaba la despensa de Don Crisanto Lira, “el almacenero del pueblo”.
Embutidos, “chanchería”, leche de vaca o de cabra, carnes de cualquier “bicho” (pollo, pato, ranas, conejo, vaca, cerdo o chivo), frutas y verduras frescas componían su variada oferta. Pionero e innovador también en un nuevo rubro para la zona: “amasaba” y vendía fideos a los primeros inmigrantes italianos, que por aquel entonces ya venían llegando al pueblo. Cuentan las crónicas, que cuando empezaron a surgir muchos competidores en el “rubro embutidos”, Don Crisanto se vio favorecido por un hecho fortuito que despertó su ingenio.
Su hija Micaela, enamorada, y a punto de casarse con un italiano llegado a San Isidro, organizó una reunión familiar, sorprendiendo al futuro yerno extranjero con la comida típica de su tierra natal: tallarines. Semejante acierto no hizo más que agudizar la visión comercial del almacenero, quien desde ese momento anexó a su negocio la fabricación de pastas, convirtiéndose en un pionero del rubro. Su slogan comercial promulgaba: “Pastas Lira; de un gaucho para el italiano amigo”. Brillante visión comercial hizo que su yerno posteriormente le vendiera tallarines a toda la colectivas italiana, que junto a la llegada de otros inmigrantes europeos harán que en algunos años Rivadavia triplique su población.
In your fave, IA
No siempre se puede ganar Bill o Elon. Menos, con las historias locales. Ironía mediante; el mensaje será que todavía la historiografía y sus profesionales de la historia tienen un enorme campo virgen por recorrer, habiendo aún muchísimo trabajo por hacer. Millones de historias vecinales están anhelando su merecida visibilización. Biografías de ilustres anónimos desconocidos que fueron devorados por el macro relato están esperando ser rescatados.
A ellos, no la rescatará una máquina. Las recatará la prédica de quien anhela que no se pierda nunca nuestra memoria local.


