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La gran paradoja de la salud: nunca la medicina logró tanto y nunca el sistema generó tanta insatisfacción

Vivimos más, hay más soluciones disponibles. Pero hay una idea de empeoramiento de los servicios y la calidad de las prestaciones. La respuesta puede estar en la gestión.


Los avances científicos han permitido vivir más y mejor que nunca. Sin embargo, la percepción social es que el sistema sanitario funciona cada vez peor. ¿Cómo explicar esta contradicción? Tal vez el problema no sea solamente de recursos, sino de organización, gestión y de los mitos con los que todavía pensamos la salud.

Vivimos una paradoja que pocas veces se explica con claridad. Nunca antes la medicina había sido capaz de prevenir enfermedades, curar patologías antes letales, prolongar la expectativa de vida y ofrecer tratamientos cada vez más sofisticados. Sin embargo, nunca la percepción social sobre los sistemas de salud había sido tan crítica. Para muchos ciudadanos, el sistema sanitario parece estar permanentemente en crisis.

Las listas de espera, las dificultades para conseguir turnos, el aumento de los costos, la fragmentación entre financiadores y prestadores y la sensación de que siempre falta algo alimentan la idea de un sistema que fracasa. Pero ¿y si parte del problema fuera exactamente el contrario? ¿Y si estuviéramos interpretando como un fracaso lo que, en realidad, es consecuencia del enorme éxito alcanzado por la medicina?

El éxito costoso

El especialista en gestión Henry Mintzberg plantea una idea tan provocadora como reveladora: la salud vive un “éxito costoso”. Cuanto más logra la medicina, mayores son las expectativas de la sociedad. Cada nuevo tratamiento, cada tecnología incorporada y cada año adicional de vida representan también nuevas necesidades de organización, coordinación y financiamiento. El desafío ya no consiste solamente en descubrir cómo curar más enfermedades, sino en aprender a gestionar inteligentemente ese éxito.

Esta mirada encuentra un sólido respaldo en la obra Los mitos de la Atención Sanitaria de Paola Adinolfi y Elio Borgonovi. Sus autores muestran cómo muchas decisiones sanitarias continúan apoyándose en creencias profundamente arraigadas que la evidencia internacional ha ido desmitificando.

Durante décadas se instaló la idea de que aumentar el presupuesto automáticamente mejora la salud de la población. La experiencia demuestra que no es así. Estados Unidos destina el mayor gasto sanitario por habitante del mundo y, sin embargo, presenta resultados inferiores a los de países que invierten menos, pero cuentan con sistemas más integrados, coordinados y centrados en las personas. La diferencia no está solamente en cuánto dinero ingresa al sistema, sino en la capacidad para transformarlo en valor sanitario.

Algo similar ocurre con la tecnología. Con frecuencia se la presenta como la solución definitiva para reducir costos y aumentar la eficiencia. Pero la historia demuestra que, además de mejorar diagnósticos y tratamientos, la innovación tecnológica también genera nuevas demandas, amplía las indicaciones médicas y aumenta las expectativas de la población. La tecnología es imprescindible, pero por sí sola no resuelve los problemas de organización.

Mitos

También persiste otro mito: creer que existe un gran líder capaz de transformar por sí solo un hospital o un sistema sanitario. La realidad muestra que las organizaciones más exitosas no dependen de figuras heroicas sino de equipos comprometidos, procesos sólidos, objetivos compartidos y una cultura que aprende de manera permanente. Muchas de las transformaciones más importantes de la medicina moderna nacieron desde los propios equipos asistenciales y no exclusivamente desde grandes reformas administrativas.

Existe además una expectativa poco realista que termina frustrando tanto a los ciudadanos como a los profesionales: pensar que todos los problemas de salud deben resolverse dentro del sistema sanitario. La salud comienza mucho antes de ingresar a un consultorio o a un hospital. Depende también de la educación, la vivienda, el empleo, la alimentación, el ambiente y los vínculos sociales. Pretender que el sistema sanitario resuelva por sí solo problemas cuya raíz es social conduce inevitablemente a la frustración y al uso ineficiente de recursos.

Quizás por eso la innovación no empiece donde habitualmente la buscamos.

No comienza necesariamente con un nuevo edificio, una nueva resonancia magnética o un software más sofisticado. Tampoco con una reforma administrativa o con un incremento presupuestario aislado. Comienza cuando las organizaciones son capaces de coordinar mejor a sus equipos, evitar duplicaciones, integrar los distintos niveles de atención, utilizar inteligentemente la información y colocar al paciente en el centro de cada decisión.

En definitiva, el gran desafío del siglo XXI ya no consiste solamente en incorporar más recursos, sino en aprender a utilizarlos mejor.

Esta reflexión resulta especialmente pertinente para Argentina. Gran parte del debate sanitario se concentra en el financiamiento, el presupuesto, el rol de las obras sociales, las empresas de medicina prepaga o la distribución de responsabilidades entre la Nación y las provincias. Son discusiones indispensables, pero claramente insuficientes si no se acompañan de una profunda transformación en la forma de gestionar.

La fragmentación continúa generando superposición de prestaciones, escasa coordinación entre los distintos subsectores, dificultades para compartir información clínica y profundas desigualdades según la cobertura de cada ciudadano. Mientras discutimos quién debe financiar el sistema, muchas veces dejamos de preguntarnos cómo hacerlo funcionar mejor.

En Mendoza también aparece una oportunidad. La provincia ha impulsado en los últimos años distintas iniciativas de modernización, desde la digitalización de procesos hasta la reorganización de algunos servicios de alta complejidad. Son avances importantes. Sin embargo, el próximo paso probablemente no dependa tanto de nuevas inversiones como de consolidar un modelo de gestión basado en redes asistenciales integradas, evaluación permanente de resultados, trabajo interdisciplinario y decisiones sustentadas en evidencia.

No se trata de administrar hospitales como empresas, sino de gestionar organizaciones complejas con inteligencia, sensibilidad y visión estratégica. Porque la salud no puede medirse únicamente por la cantidad de consultas realizadas, estudios solicitados o camas disponibles. Debe medirse por el valor que genera para las personas.

Ese cambio exige abandonar la lógica de la “organización máquina”, centrada exclusivamente en estructuras, jerarquías y procesos, para avanzar hacia organizaciones concebidas como comunidades de personas que aprenden, cooperan y comparten un propósito. Cuando la gestión logra integrar el conocimiento de los profesionales, la experiencia de los pacientes y la evidencia para tomar mejores decisiones, la innovación deja de ser un discurso para convertirse en algo habitual en el día a día.

Gestionar mejor no significa gastar menos. Significa lograr que cada recurso invertido genere más salud, más equidad y más confianza para las personas. Ese debería ser el indicador con el que evaluemos el éxito de un sistema sanitario moderno. Allí reside, probablemente, el desafío más importante que tienen por delante Argentina, Mendoza y todos los sistemas de salud del siglo XXI. La medicina seguirá avanzando. El desafío es que la gestión avance al mismo ritmo centrándose en el bienestar de las personas.

Dr. Oscar Sergio Sagás

Médico especialista en Medicina Interna

Ex subsecretario de Salud de Mendoza