Job Hugging y Job Hopping: dos caras del malestar en el trabajo
Quedarse por miedo o irse por hartazgo son respuestas a un mismo contexto. El desafío es crear trabajos que se elijan, no que se soporten.
El problema no es abrazar un trabajo ni cambiarlo, sino hacerlo sin conciencia.
Archivo.El mundo del trabajo atraviesa una paradoja silenciosa. Mientras algunas personas se aferran a su puesto como si fuera un salvavidas emocional, otras saltan de empleo en empleo con la esperanza de encontrar algo mejor. Dos tendencias aparentemente opuestas : Job Hugging y Job Hopping, conviven hoy en organizaciones atravesadas por la incertidumbre, el cansancio emocional y la redefinición del trabajo.
El Job Hugging describe a quienes deciden quedarse donde están, incluso cuando ya no se sienten motivados o desafiados. No se trata necesariamente de compromiso genuino, sino de una estrategia defensiva. El miedo a no conseguir algo mejor, la inestabilidad económica, el malestar y la falta de energía para volver a empezar o experiencias previas de frustración llevan a muchas personas a “abrazar” su empleo actual, aun cuando saben que no es el lugar donde desean crecer.
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La permanencia en el trabajo no siempre es sinónimo de bienestar
Puede haber cumplimiento, responsabilidad y presencia, pero también desconexión emocional, baja creatividad y una sensación persistente de estancamiento. El riesgo para las organizaciones es alto: personas que no se van, pero tampoco están plenamente ahí. En el extremo opuesto aparece el Job Hopping, la rotación frecuente entre trabajos en períodos cortos de tiempo. Durante años fue leído como falta de lealtad o inconsistencia profesional. Hoy, en cambio, muchas veces expresa una búsqueda activa de mejores condiciones, propósito, aprendizaje o equilibrio entre vida personal y laboral. Cambiar rápido puede ser una forma de no resignarse.
Sin embargo, el Job Hopping tampoco está exento de costos emocionales. Empezar de cero repetidas veces exige energía, tolerancia a la frustración y una alta capacidad de adaptación. Cuando el cambio se vuelve impulsivo o reactivo, puede esconder expectativas poco realistas o una dificultad para sostener procesos a mediano plazo. Ambas tendencias hablan menos de decisiones individuales aisladas y más de un contexto laboral que tensiona. Falta de conversaciones honestas, liderazgos poco empáticos, sobrecarga crónica y escaso reconocimiento empujan tanto a quedarse por miedo como a irse por hartazgo. El problema no es abrazar un trabajo ni cambiarlo, sino hacerlo sin conciencia.
Empezar de cero repetidas veces exige tolerancia a la frustración
Para las organizaciones, leer estas señales es clave. El desafío no es retener a toda costa ni celebrar la rotación constante, sino crear entornos donde las personas no tengan que elegir entre sobrevivir o escapar. Espacios con seguridad psicológica, desarrollo real, feedback genuino y cuidado emocional reducen tanto el hugging resignado como el hopping desesperado. En un mercado laboral cada vez más emocional, la pregunta de fondo no es cuánto tiempo alguien se queda o cuántas veces cambia, sino desde dónde lo hace. Desde el miedo o desde la elección. Desde el desgaste o desde el propósito.
* Verónica Dobronich, Autora de “Desconectame por favor” Como escapar de la presión de las redes sociales y la hiperconectividad.



