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Federico Fellini no fue a ver a Jacques Lacan: una ausencia que dice más que mil encuentros

Una lectura de Toby Dammit cruza a Federico Fellini con Jaques Lacan y revela una mirada feroz sobre el sujeto, el espectáculo y el vacío de sentido.


Diciembre de 1967. Federico Fellini le escribe a Jacques Lacan para disculparse: no podrá verlo. ¿El motivo? Debe filmar en Francia. La escena —mínima, casi lateral— adquiere hoy un espesor singular: ese rodaje no era otro que el episodio “Toby Dammit”, incluido en la coproducción Histoires extraordinaires (Federico Fellini/Louis Malle/Roger Vadim, 1968).

Allí, Fellini compone una de las alegorías más feroces sobre el sujeto contemporáneo, justo cuando decide no encontrarse con quien estaba reformulando, en esos mismos años, la teoría del sujeto en el psicoanálisis. No se trata de un simple cruce de agendas. Se trata de una ausencia significativa. “Toby Dammit” —inspirado libremente en un cuento de Edgar Allan Poe— sigue a un actor británico en caída libre: alcoholizado y capturado por una maquinaria de espectáculo que lo vacía. Llega a una Roma que no es ciudad sino decorado; asiste a conferencias de prensa que rozan lo grotesco; circula por fiestas donde nadie escucha a nadie. Todo es superficial. Todo es simulacro.

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Fellini compone una de las alegorías más feroces sobre el sujeto contemporáneo.

En ese recorrido aparece una figura insistente: una niña rubia con una pelota blanca. No habla ni simboliza de modo comprensible. Está ahí y sólo mira. Fellini no la psicologiza: la deja operar como presencia opaca, casi como un resto que no entra en el circuito del sentido. La niña —¿ángel?, ¿muerte?, ¿objeto?— no remite a nada tranquilizador. Es, más bien, lo que irrumpe. El final es conocido: Toby huye en una Ferrari, de noche, a toda velocidad. La ciudad se vacía, el trayecto se vuelve abstracto, casi irreal. Un puente inconcluso corta la ruta. La niña está del otro lado. Y entonces: el cuerpo sigue, la cabeza no. La decapitación no es un “efecto shock” sino una operación precisa: cortar, literalmente, la unidad imaginaria del sujeto.

La coincidencia temporal con la carta a Lacan es inquietante

Mientras el psicoanalista francés formaliza la primacía del significante y el estatuto del sujeto como efecto de lenguaje, Fellini filma a un sujeto que ya no logra sostener ningún anclaje simbólico. No es que ignore la ley: es que la ley ha perdido espesor. Lo que queda es el circuito del goce, sin mediación y sin límite eficaz. En términos lacanianos —y no es forzar la argumentación— “Toby Dammit” puede pensarse como la deriva de un sujeto que no logra inscribirse en el orden simbólico y queda expuesto a lo real en estado puro. La niña funciona como ese punto de insistencia: no representa, no traduce ni consuela. Su presencia organiza el trayecto hacia el encuentro final con lo imposible de simbolizar.

¿Por qué importa, hoy, esa carta en la que Fellini se excusa?

Porque en ese “no puedo ir” se juega algo más que una anécdota. Fellini no escucha a Lacan: lo filma. No se sienta en el seminario: construye una escena donde el sujeto aparece desfondado, sin garantías, arrastrado por una lógica que ya no es la del sentido sino la del exceso. Hay, en ese gesto, una suerte de desvío productivo. Mientras la teoría intenta capturar el estatuto del sujeto, el cine lo exhibe en su caída. No como ilustración, sino como experiencia. Fellini no explica: muestra. Y lo que muestra no es una tesis, sino un límite.

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Mientras la teoría intenta capturar el estatuto del sujeto, el cine lo exhibe en su caída.

La modernidad tardía —esa que hoy habitamos— encuentra en “Toby Dammit” una anticipación incómoda. El espectáculo como dispositivo total, la celebridad como forma vacía, la circulación sin destino, el cuerpo empujado más allá de sí mismo. Y, en el centro, un sujeto que ya no puede sostener la ficción que lo organizaba. Quizás por eso aquella cita no ocurrió. Porque el encuentro, en cierto modo, ya estaba teniendo lugar. No en un consultorio parisino, sino en un set de filmación. No en la palabra, sino en la imagen. Fellini no fue a ver a Lacan. Pero en diciembre de 1967, mientras uno esperaba y el otro rodaba, ambos trabajaban —cada uno a su manera— sobre la misma pregunta: ¿qué queda del sujeto cuando el sentido se desmorona?

La respuesta, en “Toby Dammit”, es tan precisa como brutal: queda un cuerpo que avanza… y una cabeza que, llegado el punto, ya no lo acompaña.

* * Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.