¡Esto no me gusta para nada!: La frustración

Es una emoción que nos invade cuando deseamos algo que no podemos tener. ¿Querés saber más? Entrá y seguí leyendo. 

cecilia ortiz

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Esto empieza más o menos así: estás apurado y el auto de adelante va, imperturbable, a 10 km por hora, empezás a mover los pies y a gritar “vamos! Dale”, pero, nada. Entrás al súper a comprar dos cositas, llegás a la caja y, exactamente, esa fila larguísima es para pagar. Te duele la cabeza, te recostás un ratito procurando que el silencio te alivie y tus hijos llueven sobre vos, demandando con chillidos escalofriantes.

El común denominador de estas situaciones es el mismo: pretender cumplir un deseo y no poder lograrlo, ¿Por causas personales? Pues no, a veces, pareciera que el universo conspira.

La Psicología nos explica que, cuando nacemos, somos un conjunto de percepciones puras, sin sentido. Entonces, el hambre y la sed son vividas como situaciones dolorosas. En ese momento estamos tan desvalidos que solo otra persona puede “salvarnos” del sufrimiento. Nuestras neuronas van empezando a establecer conexiones que marcarán profundamente nuestra posterior arquitectura de pensamientos: dolor profundo – alguien que lo mitiga. Si ese alguien llega rápido, tanto mejor. Si ese alguien demora, quedamos sufriendo. Esa desesperación es la sensación de frustración primitiva. Así se van estableciendo las bases que sustentan nuestra forma de leer el mundo y de comportarnos.

A medida que crecemos, nos frustra si queremos “ese” juguete y no nos lo prestan, si el chico o la chica que nos gusta mira a otro, si estudiamos un montón y nos bocharon…en fin, dejo a la imaginación del lector millones de circunstancias que generan frustración.

Las primeras investigaciones sobre el tema se sucedieron allá por la década de los 50. De hecho, el psicólogo de origen canadiense Abram Amsel fue quien logró un acabado desarrollo, al publicar su “teoría de la frustración”, referente de los trabajos ulteriores. Amsel hablaba de que un organismo se frustra cuando experimenta una devaluación en la calidad o cantidad de un refuerzo apetecido. Incluye, además, situaciones de demora o impedimentos para llegar a aquello que se apetece.

Varios años más tarde, en 2017, los neurocientíficos Fabricio Do Monte y Gregory Quirk, investigadores de la Universidad de Houston, publicaron en la revista científica Neuron que, ante un hecho frustrante, se activa una región subcortical de nuestro cerebro, llamada núcleo paraventricular del tálamo. Éste manda información a las áreas encargadas de almacenar experiencias positivas (núcleo accumbens) y negativas (amígdala), para disminuir y aumentar la ansiedad durante experiencias aversivas. Esto significa que la estructura de nuestro plástico cerebro va cambiando con las experiencias frustrantes. Obviamente, las investigaciones para comprender mejor estos circuitos van en aumento.

Evidentemente, no solamente somos cerebro y emoción, sino que, además, estamos inmersos en una familia y en una sociedad, por lo que tendremos que considerar otros factores intervinientes. Las expectativas familiares y sociales que vamos incorporando a modo de “mandatos” a medida que crecemos, van perfilando cuánta tolerancia a la frustración tendremos. Estándares altos de rendimiento, necesidad de reconocimiento externo, búsqueda de aprobación, exitismo, en fin, son aditamentos inversamente proporcionales a la posibilidad de tolerar lo que nos desilusiona.

De esa forma, nos vamos cruzando con diferentes reacciones ante la tristeza, la decepción la desilusión de no encontrar aquello que se esperaba: algunos lloran, otros gritan, otros vuelven a intentar, otros tiran la toalla, hay quienes golpean, hay quienes huyen, quienes se autoagreden y hasta se autoboicotean.

Pero la frustración no es la mala de la película. Sin esta emoción, sencillamente, no podríamos vivir en sociedad. El adaptarse al mundo implica, necesariamente, aceptar que el otro es otro, con sus tiempos, sus intereses, sus espacios, que no son los mismos que los nuestros. Y que la necesidad de satisfacción inmediata de nuestros deseos, la mayoría de las veces debe ponerse en pausa. La frustración nos lleva a entender que hay límites y que deben tolerarse y respetarse.

Así, la pequeña gran lección que, necesariamente, debemos ir aprendiendo es que no siempre lo que queremos vendrá ya, a veces “hay que esperar”, a veces es necesario desempolvar la paciencia y, simplemente, sentarse a esperar, o moverse en otra dirección. La frustración es el puntapié inicial para crecer: si no me desilusiono, no intento cosas nuevas, ergo, no evoluciono.

De nuevo, consideremos el contexto en el cual hemos crecido. Si tuvimos un entorno contenedor, que posibilitó experiencias disparadoras de aprendizajes significativos, que pudo transmitirnos que esperar vale la pena porque la recompensa terminará llegando, que enseñó a leer la falta o carencia como motores de acciones nuevas, evidentemente, estaremos mejor preparados para tolerar la frustración.

Desde el lado opuesto, desde un entorno pesimista, poco comprensivo, que no genera respuestas, aprenderemos a leer las vivencias de desilusión como “catastróficas” porque aquello que esperamos no “llegará nunca”. De esta manera, nos sumergiremos en un mar de dudas de nuestras posibilidades para esperar, para lograr cambios, para generar una diferencia. Entonces, nos desesperamos, nos deprimimos, nos ponemos agresivos, abusamos de sustancias, etc., etc.

La coexistencia de varias experiencias frustrantes puede despertar emociones de miedo, de desamparo, de desolación, de descontrol, que suelen desembocar en depresión, trastornos de ansiedad y de la personalidad. Apenas un atisbo del telón de fondo que nos toca vivir hoy en la realidad de nuestro país.

La frustración nos enseña a vivir en sociedad, a aceptar y tolerar los límites que nos ponen, pero también a saber poner límites, a entender que el otro debe frustrarse y que no siempre tengo que estar ahí para evitarle dolor, porque si no, no lo estoy preparando para enfrentar desafíos.

Apurando el final, ante la próxima frustración: Focalizar los sucesos negativos, Respirar profundamente, Ubicar qué nos molesta, Sentir nuestras emociones, Tratar de pensar en eventos positivos, Repara en posibles salidas a la situación, Aceptar lo que está sucediendo, Reir….la risa nos ayuda a tomar otra perspectiva.

Por: Lic. Cecilia C. Ortiz / Mat.: 1296 / licceciortizm@gmail.com 

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