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Escuelas: antes que detectores de metales, urge escuchar a los chicos

La educación emocional aparece como clave para prevenir conflictos, fortalecer vínculos y detectar a tiempo el malestar de niños y adolescentes.


No necesitamos detectores de metales en las escuelas, necesitamos detectores de emociones. Hay cada vez mas escenas que nos interpelan como sociedad. Situaciones que generan miedo, incertidumbre y una reacción inmediata: controlar más, vigilar más, endurecer más. Frente a esto, aparece una idea que parece lógica al menos para muchos, poner detectores de metales en las escuelas.

Revisar las mochilas, pero tal vez estemos mirando el problema desde el lugar equivocado. Creo que lo que irrumpe en la escuela no empieza en un objeto. Empieza mucho antes en un mundo emocional que no fue escuchado. Durante años, la educación y también la crianza, se centraron en corregir conductas. Lo que molesta se sanciona. Lo que incomoda se intenta suprimir. Sin embargo, todos sabemos algo fundamental: toda conducta comunica.

Un alumno que grita, que agrede, que se desconecta o que no puede sostener una tarea no es simplemente un “problema a resolver”. Es un mensaje a descifrar. Un mensaje que muchas veces no encuentra palabras. Que no sabe donde como y no hacemos nada por generar ese espacio. Y entonces, el verdadero desafío no es solo intervenir sobre la conducta, sino poder leer lo que hay detrás.

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Creo que lo que irrumpe en la escuela no empieza en un objeto.

Preguntarnos:

  • ¿Qué le está pasando?
  • ¿Qué necesita?
  • ¿Qué no está pudiendo expresar?

Este cambio de mirada no es menor

Implica pasar del control a la comprensión. De la reacción a la interpretación. El verdadero riesgo para mi hoy es, la desconexión emocional. Podemos reforzar normas, instalar dispositivos de control, supervisar cada espacio. Pero si no generamos condiciones para que los chicos puedan expresar lo que sienten, vamos a seguir llegando tarde. Porque el mayor riesgo no está en lo visible. Está en lo que no se nombra , en lo que no se dice.

Hoy nos encontramos con niños y adolescentes que:

  • Tienen dificultades para reconocer y nombrar sus emociones.
  • Presentan baja tolerancia a la frustración.
  • Necesitan estímulos constantes.
  • Buscan pertenecer a cualquier costo.
  • Encuentran en las pantallas una forma de anestesiar lo que les pasa.

La neurociencia viene mostrando con claridad cómo la exposición permanente a estímulos rápidos, intensos y gratificantes impacta en el cerebro:

  • Dificulta la atención sostenida.
  • Reduce la capacidad de espera.
  • Afecta la regulación emocional.

En ese contexto, no alcanza con pedir autocontrol. Hay que enseñarlo. Entonces, encuentro un solo camino:

  • Educar es crear condiciones emocionales para aprender.
  • Aprender no es solo un proceso cognitivo.
  • Es profundamente emocional.
  • Un cerebro estresado, ansioso o desconectado no aprende.

Por eso, educar hoy implica diseñar experiencias que contemplen el mundo emocional de los estudiantes. Implica generar ambientes donde se sientan seguros, vistos y validados. No alcanza con hablar de valores. Es necesario hacerlos visibles en la vida cotidiana. No alcanza con decir “respetá”. Hay que construir espacios donde el respeto se experimente. No alcanza con pedir “cálmate”. Hay que ofrecer herramientas concretas para lograrlo. Sin olvidar que padres, educadores y la sociedad toda somos modelos identificatorios.

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El verdadero riesgo hoy es, la desconexión emocional.

La responsabilidad de los adultos

Este escenario no puede pensarse sólo como un problema de los chicos. Es, sobre todo, un llamado a los adultos. A salir del piloto automático. A revisar nuestras prácticas. A preguntarnos qué espacios reales estamos generando para escuchar. Como padres: ¿cuánto tiempo compartimos de manera genuina con nuestros hijos? ¿qué sabemos de su mundo, de sus intereses, de sus miedos? Como escuelas: ¿qué lugar ocupa la educación emocional en la planificación?¿estamos trabajando en prevención o solo interviniendo cuando el problema ya aparece? Educar hoy implica animarse a la incomodidad. A sostener conversaciones difíciles. A poner límites con sentido. A recuperar el valor del vínculo.

Pequeños gestos, grandes impactos

No se trata de grandes transformaciones imposibles. Se trata de decisiones cotidianas. En las familias:

  • Generar momentos sin pantallas para compartir.
  • Caminar, cocinar o realizar actividades juntos.
  • Crear rituales simples, como agradecer en la mesa.
  • Escuchar sin interrumpir ni juzgar.

En las escuelas:

  • Incorporar espacios sistemáticos de educación emocional.
  • Enseñar estrategias de autorregulación.
  • Fomentar el autoconocimiento.
  • Desarrollar habilidades para pedir ayuda y poner límites.
  • Prevenir de verdad

Un detector de metales actúa cuando el problema ya está.

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No se trata de grandes transformaciones imposibles. Se trata de decisiones cotidianas.

Un detector de emociones actúa antes

Cuando un niño o un adolescente se siente escuchado, comprendido y acompañado, disminuye la necesidad de expresar el malestar a través de conductas disruptivas. Aparece la palabra. Aparece el vínculo, la posibilidad de pedir ayuda, la subjetividad. Tenemos una invitación urgente, y no podemos evadirla: Tal vez el desafío no sea reforzar lo externo, sino animarnos a mirar hacia adentro. Porque si seguimos atendiendo solo lo visible, vamos a seguir corriendo detrás de los síntomas. Educar no es solo transmitir contenidos, normas reglas. Es formar personas capaces de comprenderse, regularse y vincularse con otros, desde el corazón desde muy adentro. Y eso empieza en un lugar mucho más profundo que cualquier dispositivo de control: empieza en la capacidad de escuchar lo que no se dice, después vendrá todo lo demás.

* Lic. Erica Miretti. Psicóloga , docente Neuropsicoeducadora. Espacio Consciente Pediátrico.