El Centésimo Mono: la obra de Osqui Guzman que mezcla magia, muerte y delirio en un viaje imperdible
La obra de Osqui Guzmán vuelve a escena: una anestesia que abre la puerta al delirio y una historia que convierte la muerte en el acto más real de todos.
Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldua presentan El Centésimo Mono, de Osqui Guzmán.
Prensa El Centésimo Mono¿Cómo se representa el instante en que la vida se apaga y solo queda un cuerpo dormido frente al bisturí? El Centésimo Mono se atreve a mirar ese territorio al que pocos artistas se animan: el sueño final de un mago que, ante una operación urgente, queda atrapado en un limbo de fantasías, obsesiones y despedidas posibles. Con la dirección minuciosa y sensible de Osqui Guzmán, y las actuaciones entrelazadas de Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldua, la obra ha recorrido un camino inusual: debutó en 2011, acumuló temporadas hasta 2018, se detuvo por cinco años y volvió en 2024. Esa permanencia —y su regreso— no es casual. Porque no se trata solamente de un espectáculo, sino de un ritual poético sobre la vida, la muerte, la ilusión y un dispositivo escénico que mezcla comedia patética, magia, drama existencial y un extraño humor que desarma justo cuando duele.
El disparador es simple y brutal: un mago debe ser operado de urgencia. Cuando la anestesia hace efecto, el escenario se traslada a la geografía íntima de su inconsciente. Allí, en una habitación de hotel donde el show siempre se demora, se despliega un desfile caótico de sueños ridículos, recuerdos de oficio y conversaciones truncas con Helena, la mujer que lo espera afuera, en una sala blanca donde el tiempo parece no pasar.
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Ese pasaje al mundo anestesiado no es un recurso narrativo: es una trampa emocional. El mago se enfrenta a lo que más teme —la muerte— pero también a lo que más niega: que detrás de cada truco, de cada objeto que acumuló toda su vida, siempre estuvo su incapacidad para creer en la propia magia.
La obra trabaja con una arquitectura emocional precisa: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No como bloques temáticos, sino como pulsos internos que los tres intérpretes atraviesan en escena, a veces explícitos, otras solapados. El mago primero se resiste —“el show debe continuar”—, después se enfurece, luego busca explicaciones, se derrumba y finalmente comprende que no hay truco posible para escapar de lo inevitable.
Ese recorrido no solo refleja la relación del personaje con la muerte, sino también la del espectador con la magia: primero cree que no es real, luego se irrita porque no encuentra la explicación, después especula, se frustra y finalmente acepta que lo imposible acaba de suceder. Guzmán toma esa doble curva emocional y la superpone con precisión quirúrgica: el mago muere; la magia nace.
Goobar, Kusnetzoff y Zaldua no interpretan tres personajes. Interpretan tres versiones de un mismo mago, tres estados de ánimo, tres impulsos contradictorios que conviven en la mente del hombre acostado en una camilla, totalmente a merced de lo que su cabeza invente para no pensar en el final.
Ese desdoblamiento —o triplicación— funciona como un mecanismo teatral oscuro y fascinante: el mago que ensaya obsesivamente, el mago que se agranda, el mago que llora por objetos que jamás usará, el mago que teme ser olvidado. Los tres lo representan y lo contradicen, lo sostienen y lo empujan, lo exhiben y lo ridiculizan. Son cien y son uno.
Uno de los conceptos centrales que trabaja la obra es la diferencia entre hacer magia en el mundo real —una servilleta que vuela en un restaurante, una carta que aparece donde no debe— y hacer magia dentro del contrato teatral, donde todo está permitido porque ya aceptamos la ficción.
Aquí, los magos-actores se ven obligados a renunciar al truco como pura espectacularidad para convertirlo en un recurso narrativo vulnerable. A veces los efectos se lucen; otras veces, el mago es víctima de ellos. La ilusión deja de ser un arma de control para transformarse en un espejo: aquello en lo que él creyó toda su vida ya no le sirve para enfrentar lo único cuyo mecanismo desconoce.
La dirección de Guzmán es el corazón secreto del espectáculo. Su formación en improvisación y comedia física se filtra en cada escena: el ritmo es frenético sin ser apresurado, la comicidad aparece en los momentos más insólitos, y la tragedia se cuela justo cuando el público piensa que la risa es segura.
Guzmán trabaja desde la aceptación, desde la escucha y desde una paciencia que se nota en la organicidad del resultado: nada parece impuesto, todo parece descubierto. Los tres actores funcionan como un organismo vivo, capaz de pasar de lo clownesco a lo filosófico sin perder cohesión ni sentido.

