De Mendoza a Beirut: la guerra que atraviesa a una familia, a pesar de los 13 mil kilómetros de distancia
Entre bombardeos, incertidumbre y mensajes que cruzan el mundo, la fe se convierte en refugio para una familia libanesa vinculada a Mendoza en un Domingo de Ramos marcado por la guerra.
Domingo de Ramos. Allá, acá y en muchos lugares del mundo, el Cristianismo celebra una de las fechas más importantes al conmemorar la entrada de Jesús a Jerusalén, días antes de ser crucificado en Gólgota. Los maronitas van religiosamente a misa. En Líbano, Sarah y su familia lo hacen como de costumbre. Son creyentes, mucho más en épocas de tanta hostilidad como la que están atravesando desde hace un tiempo, por la escalada de Israel contra el grupo terrorista Hezbolá.
No fue un Domingo de Ramos como todos. En Israel el gobierno de Benjamín Netanyahu prohibió al cardenal Pierbattista Pizzaballa celebrar, incluso a puertas cerradas, la misa en la Basílica del Santo Sepulcro. Desde el Patriarcado Latino señalaron que fue la primera vez en siglos que las autoridades de la Iglesia no pudieron llevar adelante esa ceremonia en ese sitio sagrado.
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Al otro lado del mundo, más precisamente en Tupungato, Mendoza, un grupo de WhatsApp familiar se activa. La que escribe es Julia, descendiente de libaneses que vive con angustia lo que sucede en el terruño génesis de sus raíces mucho antes de que Líbano dejara de ser colonia francesa. Allí cuenta que hay novedades desde Medio Oriente.
"Hola, gracias por tu mensaje. Todos estamos bien y a salvo. Mazraat Yachouh (municipio situado aproximadamente a 16 kilómetros al este de Beirut) te desea un feliz Domingo de Ramos", dice el mensaje reenviado. La que lo escribió fue Sarah, hija de Ibrahim Mallah y Lina, parientes lejanos de Julia Elmelaj, integrante de una de las familias libanesas más tradicionales de Mendoza.
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"Aquí, hay una foto mía con mis padres frente a nuestra iglesia, San Maron", le comenta Sarah, quien cursa su último año de la carrera de medicina, a Julia, docente jubilada que maneja la tecnología desde mucho antes que sus nietos pudiesen encender una computadora. El contacto entre ambas se inició hace unos 8 años, cuando la futura médica empezó a reconstruir su árbol genealógico recurriendo a viejas cartas que llegaron a su pueblo desde el departamento de Luján de Cuyo y que tenían la firma de Graciela Elmelaj, una de las 11 hijas e hijos (4 mujeres y 7 hombres) que Elías José tuvo después de llegar a Argentina y casarse con Rosa Yamín, y que en 1966 pudo viajar al pueblo de origen de sus padres para conocer un poco más sus raíces.
Si bien Mallah y Elmelaj se escriben distintos, son de la misma raíz. Solo hay que trasladarse a la década de 1890 cuando, atraídos por las oportunidades que daba la Argentina, muchos libaneses y sirios, escapando de conflictos bélicos, vinieron en barcos a nuestro país. En esas precarias "aduanas" eran anotados a oído del que estaba de turno, es por eso que el apellido original en este lado del mundo mutó a Elmelaj y en algunos otros casos a Malaj.
La llegada de Elías José no está clara en cuanto a fecha exacta. Sus descendientes argentinos estiman que fue entre 1890 y 1893, aunque el dato más preciso es que lo hizo a través de Uruguay para luego radicarse, hasta el día de su muerte, en Luján de Cuyo, donde fundó una de las primeras empresas modelo de transporte de pasajeros que tuvo la provincia de Mendoza: El Oro Negro.
El Líbano, entre la tensión y la esperanza de una paz duradera
El diálogo con Sarah, en ese contexto de intercambio de mensajes con Julia, no se hizo esperar. MDZ la contactó para saber cómo viven el día a día desde que Israel comenzó los ataques constantes contra ese país que, hasta no hace muchos años, vio prosperidad luego de sumirse, una y otra vez, en guerras interminables.
"Hablo inglés, francés, italiano y árabe con fluidez, pero no tanto español. ¿Estaría bien si fuera en inglés?", consultó la joven de 26 años que estudia medicina en la Universidad Americana de Beirut, ofreciendo, luego, la participación de Ibrahim, su padre, un empresario de la piedra que maneja casi a la perfección el español.
"El Líbano es un país dividido, no solo geográficamente, sino también políticamente. Las regiones del Sur que bordean Israel y los suburbios del sur de Beirut, conocidos como el Dahye, están fuera de la autoridad del gobierno central libanés. Estas áreas se encuentran bajo el control de Hezbolá, un movimiento armado ideológica y materialmente vinculado a Irán, que lo financia, arma y dirige. Hezbolá es, en esencia, un Estado dentro de un Estado", comentó Ibrahim a MDZ desde su casa en Mazraat Yachouh luego de compartir el almuerzo de domingo con su familia. La foto lo dice todo: hummus, tabbouleh, baba ganoush, faláfel, kibbeh (keppe o kebbe en Argentina), platos tradicionales que en nuestro país, aquellos descendientes de libaneses comen a menudo.
La charla siguió e Ibrahim explicó un poco más sobre el contexto que atraviesan: "El conflicto actual comenzó cuando Hezbolá decidió unirse a la confrontación regional entre Irán e Israel, una decisión tomada sin la aprobación ni el conocimiento del gobierno libanés. Israel respondió con una campaña militar a gran escala dirigida contra la infraestructura de Hezbolá, que está profundamente integrada en barrios civiles. El resultado fue un desplazamiento masivo de civiles, con cientos de miles de personas huyendo del sur del Líbano y del Dahye hacia zonas más seguras".
Y agregó: "El conflicto escaló luego de los ataques aéreos a una incursión terrestre total en el sur del Líbano. Los objetivos militares de Israel parecen ir más allá de atacar a Hezbolá. Regiones enteras se encuentran ahora ocupadas".
La situación económica y lo que sucede, a diferencia del sur, en el norte
"Económicamente, el Líbano sufre profundamente: los negocios cierran, los precios del combustible se han disparado, y la poca estabilidad que quedaba en una economía ya colapsada se deteriora rápidamente. Para quienes vivimos en Beirut y las regiones del norte, la amenaza es más indirecta pero no menos real. No hemos sido bombardeados, y estamos agradecidos. Pero vivimos bajo una presión psicológica constante, explosiones sónicas, detonaciones lejanas, y la incertidumbre diaria de no saber qué traerá el mañana", destacó Ibrahim Mallah, quien, además de Sarah, tiene tres hijos varones: Slaiby, de 27 años, que terminó sus estudios en Francia y actualmente trabaja como ingeniero informático en París; Antonio, de 22 años, que está cursando un máster en Ingeniería Eléctrica en el sur de Francia; y Jean-Paul, de 18 años, quien cursa el primer año de ingeniería en la Universidad Libanesa.
En su relato, Ibrahim quiso dejar algo en claro: "Algo que rara vez se menciona a nivel internacional es que en las zonas de combate activo del sur hay comunidades cristianas libanesas sin ningún vínculo con Hezbolá que se niegan a abandonar sus hogares. Están atrapadas en una guerra que nunca fue la suya. El Líbano no eligió este conflicto. El gobierno libanés nunca lo respaldó. Sin embargo, es el pueblo libanés quienes estamos pagando el precio".
Cambios de hábitos y el dolor de no poder ir a la empresa familiar
"Desde que comenzó la guerra, nuestra rutina diaria ha cambiado profundamente. Tuve que cerrar mi fábrica debido a los bombardeos continuos como a una grave caída en la actividad comercial, ya que la guerra ha hecho que las operaciones comerciales normales sean casi imposibles. A pesar de esto, aún visito la oficina de vez en cuando, con la esperanza de mantener las cosas en marcha", expresó Ibrahim, quien está casado con Lina, una profesora de francés de 56 años.
Sobre la "nueva modalidad" para los ciudadanos comunes y ajenos a la guerra entre Israel y Hezbolá, el empresario de 66 años explicó que "mi esposa retomó la enseñanza después de que la escuela cerrara durante dos semanas. Las escuelas libanesas han desarrollado planes de contingencia que les permiten cambiar rápidamente a la educación en línea en caso de emergencia. Jean-Paul (su hijo menor) ha seguido sus clases universitarias completamente en línea durante las últimas dos semanas, ya que no ha podido pisar el campus. Muchas universidades en el Líbano han adoptado un modelo híbrido, donde los estudiantes que pueden asistir físicamente lo hacen, mientras que otros siguen las clases a distancia. A pesar de todo, nuestra hija Sarah continúa yendo al hospital de la Universidad Americana de Beirut, comprometida con su investigación y sus pacientes sin interrupción".
Pero fue un poco más allá en su relato al decir: "Más allá de nuestras vidas profesionales y académicas, nuestra existencia social ha cambiado drásticamente. Lo que antes era una vida cotidiana vibrante y alegre, salir, ver amigos y disfrutar de la ciudad, ha sido reemplazado por largas horas en casa, con los ojos fijos en nuestros teléfonos y pantallas de televisión, siguiendo cada desarrollo del conflicto. Nos hemos vuelto muy conservadores con nuestros gastos, limitándonos estrictamente a las necesidades básicas".
"Tenemos la suerte de vivir en un barrio que no ha sido directamente atacado. Sin embargo, la guerra nunca está lejos. Escuchamos los bombardeos con claridad, los ataques en las zonas de conflicto nos llegan como una presencia constante y pesada, y sobre todo, los estruendos sónicos producidos por los cazas israelíes atraviesan el cielo con una fuerza que hace temblar nuestras ventanas y nuestros nervios. Cada estruendo trae consigo una ola de miedo y ansiedad difícil de describir para alguien que no lo ha vivido. Hacemos todo lo posible por mantenernos fuertes y no dejar que nos consuma psicológicamente, pero el peso es real e implacable", remató Ibrahim.
La fe como estandarte
Ibrahim y su familia sobre creyentes. Sarah le contó a Julia que van a la iglesia de San Marón, la cual también tiene fuerte presencia en Argentina. "Lo que nos ha mantenido firmes es nuestra fe y nuestra comunidad. Seguimos siendo miembros activos de nuestra parroquia y continuamos asistiendo a todas las actividades organizadas por nuestra iglesia, especialmente en esta sagrada temporada de Semana Santa. Es una fuente de fortaleza que ningún conflicto puede apagar fácilmente", se sinceró.
Más allá de su apoyo en la fe, Ibrahim vive con un miedo lógico generado por una guerra. "Mientras escribo estas palabras, puedo escuchar los cazas pasar sobre nuestras cabezas. Vivimos en una incertidumbre y un estrés constantes, sufriendo no solo por nosotros mismos, sino por las muchas personas inocentes, comunidades sin ninguna participación en este conflicto, que están perdiendo la vida. Mantenemos la esperanza de que la comunidad internacional y Dios nos ayuden a poner fin a esta tragedia", describió.
Para finalizar, Mallah destacó: "Según lo que seguimos en las noticias, el conflicto podría prolongarse hasta junio. Sin embargo, quiero dejar algo claro: Israel y el Líbano no están condenados a ser enemigos para siempre. En el nuevo Medio Oriente que esperamos construir, la paz y la convivencia serán posibles, y es hacia ese futuro que miramos con esperanza".
Una reunión familiar y un brindis por los parientes del Líbano
Dentro de pocos días, los Elmelaj tendrán una reunión de esas de la vieja escuela, donde primos, sobrinos, nietos, bisnietos e hijos volverán a encontrarse en la Sociedad Libanesa de Luján de Cuyo. Allí, entre hummus, tabbouleh, baba ganoush, faláfel, kibbeh y sfijas, elevarán una oración y brindarán por sus parientes del Líbano quienes, como dijo Ibrahim, agradecen "profundamente su compasión y las amables palabras que comparten con nosotros".
"Recibir tal calidez desde tan lejos nos conmueve enormemente", expresó emocionado a 13.156 kilómetros de distancia de Mendoza.







