Antonio Mohamed, el Luis Enrique argentino: el fútbol como refugio ante la pérdida
Antonio Mohamed padeció el dolor más grande por la pérdida de su hijo en el Mundial de fútbol de Alemania de 2006 en un accidente en una motor home.
Las historias de Mohamed y Luis Enrique me ayudaron a comprender que compartir el duelo no es signo de debilidad
El mundo del deporte profesional suele mostrarse como un escenario de gloria, títulos y competencia, pero también es testigo de historias humanas atravesadas por el dolor más profundo. En 2006, durante el Mundial de Alemania, el entrenador argentino Antonio Mohamed sufrió una tragedia irreparable: la muerte de su hijo Farid, de solo 9 años, en un accidente de tránsito.
En ese momento, Mohamed viajaba en un motor home junto a Farid y otras personas que no sufrieron lesiones graves. Solo su hijo perdió la vida. Desde entonces, el “Turco” inició un duelo silencioso que marcó cada paso de su vida personal y profesional. Durante años evitó incluso mirar una foto de Farid, hasta que un día logró recordar una anécdota que le arrancó una sonrisa. Ese momento fue un punto de inflexión: el dolor seguía, pero empezaba a transformarse.
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No solo regresó al fútbol, sino que cumplió la promesa que le hizo a su hijo: ascendió a Huracán y fue campeón con Monterrey. Recién entonces dejó de usar el rosario que lo acompañaba en cada partido. “Lo conseguimos juntos”, dijo. No se trata de cerrar una herida, sino de aprender a vivir con ella.
Luis Enrique y la serenidad ante lo irreversible
En 2019, Luis Enrique, exfutbolista y actual entrenador del PSG, anunció la muerte de su hija Xana, también de 9 años, tras una dura batalla contra el cáncer. Su forma de afrontar la tragedia con serenidad, respeto y entereza conmovió a millones de personas.
“A todos nos gustan las historias bonitas, pero la vida también trata de superar las tragedias”, dijo Luis Enrique, dejando un mensaje poderoso: incluso desde el dolor más profundo puede surgir fuerza para seguir adelante.
Cuando las historias de otros se convierten en un faro
Hace algunos años, yo también perdí a mi hija Valentina. Durante mucho tiempo guardé silencio, no porque no quisiera hablar, sino porque no tenía la fuerza necesaria para enfrentar ese dolor. En momentos así, el silencio se convierte en una forma de protegerse.
Las historias de Mohamed y Luis Enrique me ayudaron a comprender que compartir el duelo no es signo de debilidad, sino de humanidad. Hablar del dolor no lo empeora, lo alivia. Mostrar la herida no la hace más grande, sino que permite que el sufrimiento encuentre espacio para sanar.
Hoy escribo desde mi lugar de padre, pero también como criminólogo. Porque el dolor, cuando se comparte, puede convertirse en un puente hacia la sanación. A veces, lo que más reconforta no es un consejo, sino saber que alguien más transitó ese camino y logró seguir adelante.
Un mensaje de esperanza
Ojalá esta historia llegue a quienes hoy atraviesan una pérdida profunda. Que sepa que no están solos. Que, aunque todo parezca oscuro, siempre hay una luz al final del túnel. Porque, como dijo Luis Enrique, la vida no solo está hecha de momentos felices, sino también de aprender a levantarse después de las tragedias que nos golpean con fuerza.
* Lic. Eduardo Muñoz. Criminólogo. Divulgador en Medios. Análisis criminológico aplicado a temas sociales de actualidad y seguridad.
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