¡49 años sin respuesta! La señal Wow y el misterio que la ciencia todavía no pudo resolver
La señal Wow duró apenas 72 segundos en 1977 y nunca volvió a detectarse. Nuevos estudios reabren el debate sobre su origen y cómo rastrear vida extraterrestre.
La antena DV-59 de ALMA en primer plano, junto con otras antenas que observan el cielo en una noche dominada por la Luna. Crédito: ALMA / Alex Pérez / CC BY 4.0.
El universo habló durante 72 segundos y después guardó silencio. El 15 de agosto de 1977, el radiotelescopio Big Ear, de la Universidad Estatal de Ohio, captó una emisión que aún intriga a la astronomía. Este sábado se cumplieron 49 años de aquel episodio que pasó a la historia como la señal Wow: un registro real, nunca repetido y aún sin una explicación concluyente.
No fue una voz, una frase ni un saludo enviado desde otro mundo. La secuencia “6EQUJ5” tampoco escondía un mensaje extraterrestre: representaba los niveles de intensidad medidos por el instrumento. Cuando el astrónomo Jerry Ehman revisó la impresión, rodeó los caracteres con tinta roja y escribió al costado una palabra: “Wow!”. Su reacción terminó dándole nombre al misterio.
Qué hizo tan extraordinaria a la señal Wow
Big Ear llevaba años rastreando el cielo en busca de señales que pudieran delatar tecnología más allá de la Tierra. Aquella emisión reunía características intrigantes. Era potente, ocupaba una franja muy estrecha del espectro y parecía llegar desde la dirección de Sagitario. Su intensidad creció y disminuyó durante los 72 segundos que tardó el haz del radiotelescopio en atravesar ese punto, el comportamiento esperable para una fuente celeste fija.
La frecuencia llamó la atención: se encontraba muy cerca de los 1.420 megahercios, asociados a la emisión del hidrógeno neutro, el elemento más abundante del universo. Los proyectos de búsqueda de inteligencia extraterrestre, conocidos como SETI, consideran esa zona una candidata para una transmisión deliberada. Una civilización capaz de hacer radioastronomía podría reconocerla como una referencia universal.
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Sin embargo, una observación sugestiva no equivale a una prueba. Los científicos intentaron volver a captar la señal desde la misma región y nunca lo consiguieron. Para SETI, la repetición es indispensable: permite descartar interferencias terrestres, fallas instrumentales o fenómenos naturales pasajeros. Por eso, la señal Wow no demuestra que alguien intentó comunicarse con la Tierra. Su fuerza reside precisamente en otra parte: encajó durante unos instantes con lo que los investigadores esperaban encontrar, pero no dejó una segunda oportunidad para comprobarlo.
De la interferencia humana a un magnetar
Durante 49 años se propusieron explicaciones de distinta clase. Una posibilidad es que se tratara de interferencia de radio producida por tecnología humana. También se evaluaron orígenes astronómicos, aunque reproducir simultáneamente la potencia, la estrechez de banda y la duración observadas no resulta sencillo.
En 2024, los investigadores Abel Méndez, Kevin Ortiz Ceballos y Jorge I. Zuluaga presentaron una hipótesis diferente en un trabajo preliminar. Según su modelo, una llamarada procedente de un magnetar -una estrella de neutrones con un campo magnético extremo- podría haber iluminado transitoriamente una nube de hidrógeno frío y provocado una emisión intensa cerca de la frecuencia observada. La propuesta ofrece un mecanismo natural plausible, pero no identifica de manera definitiva qué ocurrió en 1977.
Una relectura publicada en 2025 por Méndez y otros investigadores volvió sobre archivos inéditos del antiguo programa de Ohio. El equipo recalculó la frecuencia y la intensidad, y acotó el posible origen a dos pequeñas regiones del cielo. Sus resultados favorecen una explicación astrofísica frente a una interferencia de radio, aunque tampoco cierran el caso. La diferencia es crucial: reducir el abanico de posibilidades no significa resolver el enigma.
¿La humanidad estuvo escuchando el canal equivocado?
La señal Wow reaparece hoy dentro de una discusión más amplia. Buena parte de las búsquedas SETI se concentró entre 1,42 y 1,66 gigahercios, la región situada entre las frecuencias naturales del hidrógeno y el hidroxilo. A esa franja se la conoce como “pozo de agua”, una metáfora del lugar común donde distintas civilizaciones podrían encontrarse. Pero esa elección, por razonable que parezca, también puede limitar lo que somos capaces de descubrir.
Louisa Mason, investigadora doctoral de la Universidad de Manchester, y sus colegas exploraron otra posibilidad. En el primer relevamiento SETI realizado con observaciones archivadas del conjunto de antenas ALMA, en Chile, buscaron señales estrechas dentro de dos pequeñas ventanas de frecuencias mucho más altas. El análisis comprendió apenas cuatro observaciones y no encontró candidatas que superaran los umbrales establecidos. Lejos de clausurar la búsqueda, el resultado mostró cuánto territorio radioeléctrico permanece prácticamente inexplorado.
Otro estudio de 2026, liderado por Vishal Gajjar y publicado en The Astrophysical Journal, agregó un problema inesperado. La turbulencia del plasma en los vientos estelares y las eyecciones de masa coronal podría ensanchar una transmisión originalmente estrecha. Al distribuir su energía entre más frecuencias, la señal llegaría más débil y podría quedar por debajo de los filtros diseñados para detectar picos extremadamente finos. Quizás no solo importa dónde se escucha, sino también qué forma se espera oír.
A 49 años de aquella noche, la respuesta más rigurosa sigue siendo incómoda: no sabemos qué produjo la señal Wow. No existe evidencia suficiente para atribuirla a una civilización extraterrestre, pero tampoco una explicación confirmada que permita archivarla. Su legado no es una certeza sobre los alienígenas, sino una advertencia científica. El universo puede emitir fenómenos que todavía no comprendemos y nuestros instrumentos, frecuencias elegidas y métodos de análisis determinan qué llega a convertirse en descubrimiento y qué vuelve a perderse para siempre en el silencio cósmico.


