Ser feliz después de veinte años de cárcel: la nueva vida de Mauro
Estefanía llora detrás del mostrador en la cafetería de una estación de servicio. No es un llanto de dolor, es de emoción: de esa que mezcla alegría con una pizca de desahogo. Llora por algo que le dijo Coco Oderigo, fundador de Espartanos e inspirador de una de las series más vistas de Disney en la actualidad.
A metros de Coco está sentado Mauro. Flashback (vuelta atrás en el tiempo): Mauro se acerca con sus $8.000 a comprar un desayuno para él y su esposa: café con medialunas, un clásico. Para su sorpresa, esos $8.000 solo alcanzan para una persona (maldita inflación). Mauro no tiene más plata. Hace 6 años que recuperó su libertad después de estar preso casi 20 y desde entonces le pone garra a la vida, sin “reincidir” -como dice él- y trabajando como puede cuando puede. Los argumentos que Mauro expone no son suficientes para el cajero que tiene que cumplir con su trabajo. Pero son suficientes para que Estefanía intervenga. “Llevá el café, lo pago yo” dice desde su puesto de trabajo.
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Coco, con el mismo amor y la misma sensibilidad que lo convirtió un referente solidario en la Argentina, se acerca a Estefanía para emocionarse con ella y agradecerle el gesto. Y Estefanía cuenta lo inesperado: su papá y su tío están presos. Como Mauro lo estuvo por 20 años. Esas cosas de la vida que no son casualidad, esas historias que se mezclan con un significado profundo. Todos quieren abrazar en ese momento a Estefanía y esperar que la vida misma haga cumplir aquella máxima de “amor con amor se paga”.
Esta historia es paralela a lo que vine a buscar en la estación de servicio: conocer a Mauro para que me explique cómo hoy en día -después de estar en la cárcel desde los 21 hasta los 39 años-, puede decir algo como esto: “Soy inmensamente feliz. Me he dado vuelta. Yo creo que la plata no hace la felicidad, somos felices con tan poco. Hay cosas que las tengo que pasar porque de verdad las tengo que pasar, pero trato de poner todos los días lo mejor de mí, tratar de sacar mi mejor versión. No es fácil, pero imposible tampoco”.
Así como la historia del llanto de Estefanía empieza con Mauro; la historia de la nueva vida de Mauro empieza con Coco Oderigo y sus Espartanos, ese proyecto que ha cambiado cientos de vidas de personas en las cárceles y sus familias. Una obra “made in Argentina” presente en casi todas las provincias del país y varios países del mundo, incluyendo Kenia.
“El día que conocí a Coco y a Espartanos fue el día que murió mi papá”, recuerda Mauro; “los conocí en una cancha de rugby, bah, un potrero. En ese momento comencé a buscar un cambio en mi vida”, confiesa. “Era difícil por quién era yo y cómo era: vivía mal y me portaba mal”. Con una mirada profunda y melancólica, Mauro revela que Coco tiene algo de su padre. “Me dijo las mismas palabras que me decía mi papá: portarte bien”. Por eso “empecé a hacer caso y a buscar el cambio. Fue ahí cuando arranqué a jugar al rugby con Espartanos”. De esa época en la cárcel jugando con Espartanos atesora con mucho cariño aquellos partidos cuando salían a jugar fuera del penal, los llamados “partidos extramuros”. Con una sonrisa y achicharrando un poco sus ojos cuenta su primera vez extramuros: “Fui a jugar en la cancha número dos del Club de Coco (SIC) en San Isidro. Íbamos a la segunda casa de Coco. ¡Imaginate! Ahí jugamos con los hijos de Coco, con sus mejores amigos y otros más… ¿Cómo te puedo explicar la emoción? La gente no me decía el preso, me decía amigo. Yo era un amigo más”.
Hoy con sus 45 años vividos, Mauro no camina del todo bien. Se queja del dolor en sus rodillas. No fueron los años dedicados al rugby durante y después de la cárcel; sino los castigos recibidos mientras penaba tras las rejas. “Era bravo, yo no quería que nadie me diera órdenes, no hacía las cosas bien” relata Mauro “y la policía me daba duro”. Esas huellas físicas no lo amilanan; porque también está convencido de que la huella que vale es la mental, la espiritual; y ahí está recorriendo un nuevo camino: “Yo llevo seis años en libertad y no cometí ningún delito, no hice nada. Tuve la oportunidad, pero no, no, no… no elijo hacer el mal a nadie. Elijo ir a dormir a mi casa con Patricia (su esposa) y los chicos”. Se emociona Mauro y continúa: “Yo tengo dos varones: Bayron y Santino. Y la tengo a Pato, mi mujer y pieza fundamental en mi vida. Tengo mi casa, mi lugar. No hay nada que yo no pueda hacer. Por acá es el camino”.
La historia de Mauro se entrelaza con decenas de otras historias que se desvanecen gradualmente en el complejo paisaje urbano. Detrás de ellas hay un mundo inagotable de experiencia y de superación. Quizás sin darnos cuenta cuando cruzamos la calle hay una historia similar a la de Mauro, engendrada en una cárcel gracias a un luchador incansable de las segundas oportunidades como Coco Oderigo. “La Fundación Espartanos me enseñó a no tener techo. No hay nada que yo no pueda llegar a hacer. Y Coco, no solamente la Fundación, fue un pilar en mi vida”.
Hoy la Fundación Espartanos es una máquina de ayudar. Nadie mejor que su fundador para definirlo: “De entrada fue rugby, rugby y rugby. Tenía dos horas por martes que iba para ser una actividad social. Dos horas por semana. Pero empezó a crecer. Después metimos la pata espiritual, se reza el Rosario otro día de la semana. También la parte educativa con cursos y después la última pata que es la del trabajo porque cuando salen nadie te da trabajo. Ese fue el más difícil de todos y de a poquito fuimos logrando que muchos de ellos puedan entrar, no en el Estado, sino en empresas privadas. Hoy hay más de 100 empresas que dan trabajo a personas que estuvieron privadas de libertad, sean hombres o sean mujeres”.