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Huérfanos de un padre: la herencia de Francisco

Francisco marcó una era en la Iglesia Católica, no solamente desde sus escritos, sino desde su coherencia de vida.

Cuando me enteré de la muerte del papa Francisco, no sentí tristeza. Al menos, no esa tristeza inmediata, desbordada, que se experimenta ante una pérdida sorpresiva. Tal vez porque ya había llorado su fragilidad durante su última internación en el Policlínico Gemelli, como si el corazón se hubiese ido preparando en silencio. Pero lo que sí sentí, y aún siento, es algo más profundo: orfandad. No tristeza, sino una especie de vacío, de pregunta abierta: ¿Y ahora qué? Como un niño que ha perdido a su padre y mira hacia la puerta esperando que alguien la cruce y lo adopte. Es una sensación íntima, difícil de poner en palabras, pero que creo muchos compartimos hoy, dentro y fuera de la Iglesia.

Desde aquel 13 de marzo de 2013, cuando Jorge Mario Bergoglio se asomó al balcón del Vaticano y pronunció ese primer “buonasera” cargado de cercanía, Francisco comenzó a ejercer su paternidad sobre millones. En lo personal, ese instante fue como si un montón de sueños, intuiciones y anhelos que yo tenía respecto a la Iglesia se condensaran en unas pocas palabras. Y esa esperanza, en mí, no ha dejado de crecer. Pero, ¿qué ha significado realmente Francisco para nuestra Iglesia, para otros creyentes y para el mundo?

Cuando me enteré de la muerte del papa Francisco, no sentí tristeza. Foto: MDZ.

El Evangelio en el centro

Francisco no fue un Papa de medias tintas. Fue un pastor que, con una terquedad evangélica admirable, nos recordó una y otra vez dónde está el corazón de la fe cristiana: en la misericordia. No se trataba de ser más o menos progresista, más de derecha o de izquierda o de centro. Se trataba de que nos empeñemos en vivir el núcleo de la Buena Noticia de Jesús. 

Para Francisco, la misericordia no fue una palabra vacía, sino el eje de su magisterio. Su primer viaje fuera de Roma lo llevó a Lampedusa, ese límite geográfico donde tantos migrantes pierden la vida buscando un futuro. Ahí, no en la comodidad del centro, sino en el filo de la humanidad herida, decidió celebrar la Eucaristía. Desde el inicio, nos dijo con gestos y palabras: allí es donde debe estar la Iglesia.

Francisco no fue un Papa de medias tintas. Foto: MDZ.

Una Iglesia para todos

Tuve la gracia de escucharlo en Lisboa, cuando en la Jornada Mundial de la Juventud repitió tres veces: “La Iglesia es para todos, todos, todos”. Lo dijo con la convicción de quien está abriendo puertas, no cerrándolas. Esas palabras, aparentemente simples, están entre las más revolucionarias de su pontificado. Porque no eran una estrategia pastoral, sino un eco directo del Evangelio: la alegría de la Iglesia es una alegría misionera o no es, si la Iglesia no sale a anunciar a todos la Buena Nueva de Jesucristo se enferma atrapada en una maraña de burocracias y procedimientos. ¿Estaremos a la altura de ese desafío? ¿Nos animaremos a continuar ese camino abierto?

Padre también para los otros

Francisco no fue sólo padre para los católicos. Fue un referente moral para cristianos de otras denominaciones, para creyentes de otras religiones e incluso para muchos no creyentes. La cantidad de condolencias venidas de personas alejadas de la Iglesia es un testimonio de su alcance universal. Su insistencia en la paz, en el diálogo interreligioso, en la fraternidad humana, fue tan valiente como incómoda para muchos. Incluso desde su lecho de hospital, hacía llamadas a Gaza para acompañar el dolor de un pueblo desgarrado por la guerra.

Una ética que el mundo necesitaba

Quizá el mayor vacío que deja Francisco sea ético. En un tiempo marcado por el individualismo, él fue una de las últimas voces con autoridad moral capaz de recordarnos que nadie se salva solo. Que los pobres no son un problema, sino el lugar privilegiado donde Dios se revela. Que el mundo necesita menos egoísmo y más ternura. Que abrazar la miseria humana no es perder dignidad, sino ganarla.

Francisco no fue sólo padre para los católicos. Foto: MDZ.

Por un lado, no puedo evitar sentir que hoy el mundo es un poco más frío. Hoy el mundo ha perdido a un padre. Un referente ético que hacía falta no solo en el Vaticano, sino en todos los rincones donde el poder se ha divorciado del servicio. Pero, al mismo tiempo, con una de esas típicas contradicciones pascuales de “alegría y miedo” o “encierro y misión”, vuelvo a intuir que el valor irrefrenable de la comunidad, de la tierra, del otro, de la cultura… se van a abrir paso en el corazón de muchos justamente porque ese fue el camino que señaló Francisco. ¿Estoy siendo utópico o esperanzado? Ahí es cuando la orfandad hoy duele más y me resisto a que la luz se apague.

No estamos solos

Por eso, en medio de esta sensación de orfandad, resuena una promesa: “No los dejaré huérfanos”. Es la voz de Jesús en el Evangelio, y es también la certeza pascual que ilumina estos días. Como las mujeres del alba en la Resurrección, estamos desconcertados, inseguros. Pero no estamos solos. Vendrá el Espíritu. Vendrá la sabiduría de Dios a continuar lo que un gran padre supo comenzar.

La historia no empezó ni terminó con Francisco. Pero sin duda, no hubiese sido la misma sin él.

Pablo Savoia.

* Pbro. Lic. Pablo Savoia