El día en que Mendoza desapareció: la historia del terremoto de 1861, el más devastador que se recuerde
Mendoza quedó devastada por el terremoto. Una montaña de escombros tapó la ciudad. Fue el 20 de marzo de 1861. Un “miércoles de Ceniza”, puntapié inicial de la cuaresma cristiana, a las 23.15. Muy atrás habían quedado los festejos de carnaval del día anterior en torno a la Plaza Mayor (hoy Pedro del Castillo). Esa tarde del 2o de marzo, aquel palco que miró pasar el corso carnavalesco frente al viejo Cabildo todavía estaba en pie. En segundos no quedó nada.
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La ciudad de barro
Los temblores habían castigado históricamente aquella “ciudad de barro” desde la llegada del español (2 de marzo de 1561). Pero esta catástrofe de 1861 fue incomparable. Nada quedó en pie. El único hospital mendocino existente en ese tiempo se vino abajo; el club de Armas se derrumbó completamente; el mismo Cabildo donde funcionaba la Casa de Gobierno se desmoronó totalmente; la escuela principal de Mendoza quedó en ruinas; el club “El Progreso” sepultó la vida de todos sus circunstanciales comensales, con excepción de uno: Juan Antonio Pando; el aristocrático hotel “Francia” (propiedad de la familia Catus) se desplomó, produciendo la muerte de todos sus huéspedes, entre ellos la del ocasional visitante, el reconocido geólogo francés Auguste Bravard. Para ahondar en ejemplos, los cuatro grandes templos y un convento que se encontraban en las cercanías de la plaza, verdaderas obras maestras arquitectónicas de la época, quedarán destruidas o se cayeron completamente. Así, la iglesia Matriz, que veneraba a Nuestra Señora de la Candelaria, la iglesia de Santo Domingo, la iglesia de San Agustín, el convento de Santa Mónica con su capilla incluida y la iglesia de San Francisco (cuyas ruinas aún se conservan), se vinieron abajo como castillos de naipes. Todo pasó a componer lo que las crónicas periodísticas futuras llamarán: “el barrio de la ruina”.
La intensidad del movimiento sísmico fue de 7,2 grados en la escala de Richter y de IX en la de Mercalli. La primera mide la intensidad de energía liberada en el foco sísmico y la segunda mide la cantidad de daño material.
Ese trágico otoño en Mendoza
El terremoto, aquel último día del verano de 1861, destruyó la capital provincial causando la muerte de 4.247 personas y más de 1.000 heridos, entre una población estimada de 11.539 vecinos en la ciudad. Muchos de esos cadáveres fueron devorados por las ratas y los perros que perdieron a sus amos y que debían obtener comida de algún modo. Otro gran número de fallecidos fueron incinerados o enterrados en fosas comunes tras la catástrofe, aunque el número de decesos se extendió por meses como consecuencia de las heridas sufridas debido a la inexistencia de remedios o un sistema sanitario operativo para combatir las urgencias e infecciones.
Con estas cifras mortales y daños, se lo considera al terremoto mendocino como una de las catástrofes más desastrosas de ese siglo en todo el mundo, y sin dudas la mayor hecatombe natural del país durante el siglo XIX.
Mendoza fue arrasada, y a la desorientación política e institucional se sumaron epidemias, vandalismo, saqueos e incendios que se prolongaron por casi una semana, debido a que las lámparas de kerosén o de velas estaban encendidas. A tal punto llegaba el desconcierto que era imposible distinguir dónde había una calle y hasta movilizarse a caballo resultaba prácticamente imposible.
El gobierno aplicó la ley marcial, estableciendo la pena de muerte a los saqueadores. El oro y la plata de las reliquias en iglesias fue la tentación de los vándalos que actuaban como verdaderas aves de rapiña. Las piezas suntuarias, joyas, dinero, cadenas, relojes, medallas, anillos, rescatado de los muertos o de las casas abandonadas se convirtió en el botín de los maleantes. Pero además los inescrupulosos delincuentes no repararon en continuar con actos de saqueo ante los moribundos bajo los escombros, haciendo oídos sordos a los pedidos de auxilio de los que permanecían atrapados.
La represión oficial fue inmediata. Hubo una docena de fusilados por robos; mientras que también, grupos de ciudadanos en forma independiente establecieron justicia por mano propia linchando a otra decena de ladrones.
El gobernador de entonces sufrió la tragedia: murieron tres hijos y su esposa
Laureano Nazar era el gobernador mendocino del momento catastrófico. En el terremoto murieron tres de sus hijos y su esposa (Eudocia de la Reta) perdió una pierna. Él se salvó milagrosamente. Será víctima de críticas por retirarse hasta Los Barriales (Junín), consternado por la situación. Para peor, la catástrofe encontró a la provincia envuelta en medio de una profunda crisis institucional que vivía el país. Eran los tiempos convulsionado de puja entre la Confederación y Buenos Aires, zanjados en la batalla de Pavón durante setiembre de 1861, con el triunfo de Mitre. La debilidad en que había quedado Nazar ante la opinión pública, acusado de abandonar la provincia y acuciado por la crisis interna nacional y provincial, terminó desalojándolo del poder.
Las tareas de reconstrucción inmediata girarán bajo la tutela de Juan de Dios Videla y del jefe de policía, coronel Manuel José Olascoaga. La antigua ciudad enclavada históricamente desde tiempos hispánicos entre el Tajamar y el Zanjón quedó enterrada para siempre.
La reconstrucción
¿Por dónde empezar? Había que establecer prioridades y optimizar los recursos. A los diferentes proyectos sobre dónde llevar adelante el trazado del nuevo centro urbano, se agudizaba el latente y lógico problema político y sanitario. El 12 de marzo de 1863 se votó la ley que establecía construir una nueva ciudad sobre terrenos fiscales situados en la Hacienda de San Nicolás (al oeste de la actual avenida San Martín). 
El geólogo Ignacio Domeyko había estudiado diversos lugares y se coincidió que ese era el más adecuado, a un kilómetro al sudoeste de donde había ocurrido el desastre. Julio Gerónimo Balloffet fue el responsable del diseño urbano de la nueva ciudad de Mendoza, quien organizó su plan alrededor de la actual Plaza Independencia, planteando calles y veredas muy anchas, como fueron las actuales calles San Martín, Las Heras, Colón y Belgrano. Y así nacerán, paralelamente, las cinco grandes plazas de la ciudad mendocina. La citada Independencia, más las actuales San Martín, España, Italia y Chile, resguardo ante posibles nuevos sismos y como complementario pulmón verde ciudadano.
Uno de los artífices de la reconstrucción fue indudablemente el nuevo gobernador electo: Carlos González Pinto (ejerció entre 1863 – 1865), quien recibió una partida de $11.500 de la Comisión Filantrópica de Buenos Aires, que destinó a la construcción de 23 escuelas. También la provincia de Entre Ríos aportó $12.000 y hubo otros aportes recibidos de provincias y de países como Chile (que además envió médicos y enfermeros), Uruguay, Paraguay y Perú. 
Una circunstancia casi desconocida históricamente fue la donación enviada desde Francia por la mendocina Mercedes Tomasa de San Martín y su esposo Mariano Balcarce, quienes hicieron una colecta en Europa reuniendo once mil francos. Todo ese monto fue enviado a Mendoza. Indudablemente, Merceditas, nunca olvidó la tierra donde nació, ni todo lo que esta provincia cuyana le brindó a su padre. “Mendoza, la que todo lo puede”, había sostenido San Martín. Había que empezar de nuevo. Y así, otra vez, se hizo.



