Roger Scruton, la civilización y el vino
Una de las características de Roger Scruton, además de ser un gran pensador, es que era un buen bebedor o, mejor aún, un bebedor sabio. Y la sabiduría del beber la expone en su libro Bebo, luego existo, donde desarrolla, viajando por los terroirs franceses, alemanes e italianos, las bondades del vino, bebida que concentra características que no pasan exclusivamente por una experiencia gustativa sino que también contribuye a edificar y sostener la civilización.
El hombre contemporáneo tiene necesidad del simposio, es decir, de la reunión de un grupo de personas unidas por un cierto grado de afecto, que ayudados por el vino, puedan sostener largas conversaciones sobre lo verdaderamente importante en la vida. ¿Y por qué es necesario el vino para este ejercicio? Porque en su justa medida permite el aflojamiento gradual de los miembros y de las inhibiciones, permitiendo que "sonriamos al mundo y que el mundo nos sonría". Scruton considera que el vino fomenta la conexión humana y el pensamiento filosófico; la conversación y la introspección, permitiendo el acceso a niveles más profundos de significado y de experiencia. El vino, en este tipo de encuentros, provoca que hasta los más temerosos y los más tímidos alcancen la seguridad en sí mismos, condición fundamental para una vida feliz.
Scruton es claro en distinguir entre el consumo consciente y significativo del vino y el uso hedonista del alcohol propio de la sociedad contemporánea, que muchas veces lo considera un mero objeto de consumo o una bebida snob. Para él, el vino, cuando se bebe con moderación y en el contexto adecuado, es un placer elevado, mientras que el alcoholismo es un síntoma de la desconexión del individuo con su cultura y su comunidad.
Estas afirmaciones pueden ocasionar las críticas de los que Scruton denomina "fanáticos de la salud", pues el alcohol es, en última instancia, una bebida tóxica. Sin embargo, insiste en que el vino es compatible con la virtud, entendida como hábito de hacer el bien, pues nos ayuda a disfrutar de las propias facultades y a aceptar y amar a nuestros semejantes. Más aún, nos ayuda a aceptar la muerte, necesaria e ineludible para todo ser viviente. Tiene, casi, una función terapéutica tanto para el cuerpo como para el alma, pues "el vino bebido en el momento adecuado, en el lugar correcto y con la compañía correcta, es un camino a la meditación y precursor de la paz".
De esta manera, el vino se convierte en un vector de civilización, porque estimula la convivencia y la conversación, y dar conversación sigue siendo una de las conductas básicas de todo hombre civilizado. Por eso, para Scruton el vino, mas que un excelente acompañamiento para la comida, es un mejor acompañamiento para el pensamiento y un utilísimo factor de armonía social.
Sobre Roger Scruton y su pensamiento, se desarrollará un congreso en la Universidad Nacional de Cuyo en mayo. Mayores informes haciendo click aquí.
* Rubén Peretó Rivas. Profesor de la UNCuyo. Investigador del Conicet.

