La desconocida pasión de San Martín por los toros y la historia detrás
Ya en notas anteriores hemos abordado estas curiosidades históricas, prácticamente desconocidas, vinculadas al General San Martín. Realmente es poco lo que se ha divulgado de su diario y cotidiano derrotero: sus pasatiempos, costumbres, manías o aficiones. Son tan grandes sus batallas y triunfos, que el lógico pedestal de bronce al que merecidamente lo subimos, nos hace olvidar que también fue un hombre de carne y hueso, inundado (por supuesto) de enormes responsabilidades, pero con la lógica y natural pasión sensible de cualquier ciudadano común. Y así como determinamos que “Decano” fue su caballo favorito y “Guayaquil” su perrito mascota, hoy escribiremos sobre los toros de San Martín.
Pasión por los toros
Desde que Eduardo Guidolín Antequera me comparte generosamente su bloq “Enigma San Martín” he aprendido mucho. Pero además disparó mi curiosidad sobre el tema taurino y su relación sanmartiniana. Escribe Guidolín Antequera en su “Episodio 12”: “Desde tiempos inmemoriales, el ganado fue pilar fundamental en la economía y la vida cotidiana de los pueblos. En la América colonial, su crianza no solo garantizaba el sustento, sino que también definía tradiciones, estrategias de trabajo y formas de supervivencia. Caballos, mulas, bueyes, ovejas, vacas y, por supuesto, toros, formaron parte del engranaje que sostuvo la lucha por la libertad. (…) Pero estos toros no eran simples elementos de carga o alimento. Eran parte de una herencia cultural”.
Aniversario y lidia mendocina
Cuando se cumplió el sexto aniversario de la Revolución de Mayo, San Martín se encontraba transitando el último tramo de la preparación del ejército en Mendoza (mayo de 1816). Así fue como con el pretexto de la celebración patria, se organizó una gran velada de toros con el objetivo de recaudar fondos para la gesta libertadora. El pueblo mendocino llenó la improvisada “plaza de toros” en la zona de San Miguel de Panquehua. A nadie causó sorpresa que los oficiales sanmartinianos se convirtieran en los protagonistas de la lidia.
El primer gran aplauso de la jornada fue para el irlandés John Thomond O'Brien (luego edecán de San Martín) quien hará de banderillero, picador y torero. También se lucirán Lucio Norberto Mansilla, futuro héroe en la Vuelta de Obligado (1845), e Isidoro Suárez, quien la historia recordará por su coraje en la batalla de Junín (1824). Un lugar destacado en la puja torera, por su arrojo y estampa le cupo a un muchacho de apenas 18 años. Con porte de galán, rubio, ojos azules y una gran capa roja, fue el torero que atrajo toda la atención de la platea femenina de Mendoza. Era Juan Galo de Lavalle.
Pero una situación particular (y risueña) fue la brindada por otro jovencito de 15 años, Manuel de Olazábal, quien “volteó un toro en la arena, lo ‘capó a cuchillo’ y corrió a ofrecer la achura a doña Remedios” (Ricardo Rojas). San Martín lo debió haber mirado con cierta sorna, mientras menearía su cabeza con sorpresa ante el desparpajo del soldado. “Estos son los locos que necesitamos para derrotar a los españoles”, cuentan las crónicas que le expresó a O'Higgins.
“El santo de la espada"
Las lidias de toros tienen un origen milenario. Existen antecedentes desde la Edad de Bronce, y desde esos tiempos, cientos de leyendas y mitos han contribuido al agigantamiento de la relación entre toros y humanos. Pero pasarán siglos para que esa costumbre de “correr toros” llegue hasta ser conocida como actualmente percibimos el arte de la tauromaquia.
Saltando en el tiempo, y ocupándonos de nuestro tema, fue Ricardo Rojas en su clásica novela “El Santo de la Espada”, cuya primera edición data de 1933, quien relatará un trayecto de la vida de San Martín posándose en una anécdota sobre la simpatía de San Martin por los toros. Tras ingresar triunfante en la tierra de los incas y ser consagrado Protector del Perú (1821), el Cabildo de Lima para celebrar la independencia decidió ofrecer un baile en honor al Libertador. Los festejos se multiplicaron en Lima durante un buen tiempo, a tal punto que se dispuso organizar una corrida de toros honrando al General.
“La afición de los toros había arraigado tanto en Lima como en Madrid. Prohibido alguna vez el juego tradicional en España, subsistió en México y el Perú. En Lima había una magnifica plaza de toros que el virrey solía magnificar con su presencia. Las lindas mujeres no eran menos graciosas que las de España, pues lucían los mismos mantones floridos y los mismos ojos embrujadores. San Martín, que se había educado en España y que en Mendoza autorizó algunas corridas, asistió sin repugnancia a la tauromaquia que le ofrecieron en Lima. Toda la ciudad habíase volcado en la Plaza de los Toros aquel día. Como era domingo, el cartel anunciaba que no se abriría el local hasta después de las 12, por ser la mañana destinada a la misa. Las fieras que salieron a lidiar tenían nombres pintorescos.

Unos indicaban la procedencia del toro: Gargantilla de Bujana, el Cano de Guata y el Tornasol de Cuyo, porque éste último era nacido en Mendoza; otros caracterizaban al dueño por el carácter o el color; El Porfiado, el Hosco, el Buscapié, el Overo, el Muy sabroso, el Va de fuerza, el Gran Guachambe gateado; pero había dos cuyos nombres debieron picar en el corazón de San Martín; el Yaraví por la canción indígena de América y el San Lorenzo por su primera victoria americana. Cuando el Protector entró en la Plaza, el gentío de patriotas entusiastas y de lindas limeñas estalló en una ovación, traduciendo así con elocuencia popular, el mismo sentimiento que el cartel de la fiesta, expresado en verso cortesano: ¡Tú que eres el objeto de tan solemnes pompas / San Martín, las delicias de la América toda admite grato el culto que Lima, fiel y heroica te consagra rendida, te tributa obsequiosa”. (textual de Ricardo Rojas en “El Santo de la Espada. Historia de San Martín”. Editorial Losada. Buenos Aires. Edición de 1940. Páginas 218 – 219).
Los toros cuyanos
Dos teorías cubren la escena historiográfica. Ricardo Rojas planteó que algunos de esos toros de la corrida llegaron directamente de Mendoza; la otra versión sostendría que aquellos toros bravos fueron criados en Perú, y bautizados con nombres referenciales para honrar al Libertador como tributo a su acción libertadora. Lo cierto fue que, el encuentro popular más convocante que se realizaba en Lima, tuvo como eje central la veneración a San Martín y a sus toros. Y más allá de las consideraciones y posibilidades sobre su procedencia, los toros fueron presentados con toda pompa, vanagloriando a San Martín y homenajeando a la tierra cuyana. He aquí la presentación de los toros, con sus respectivos nombres que aludían a la cuyania, por un locuaz maestro de ceremonia ante el delirio de las tribunas.
“El pico y patas famoso / ‘Tornasol de Cuyo’ viene / Se advierte que es peligroso / Y que á fantasía tiene / pegarle al más jactancioso”.
Pero la lidia seguía y el presentador de corridas vuelve a poner el acento en otro toro para homenajear al General: “El Volcán de Cuyo / Overo alazán, es sin segundo / Y así con él, el torero / Que quedar quiera en el mundo / Asegúrelo primero”.
Habrá más. “El obligado Plateado de Cuyo /pregona altivo / Que en esta tarde ha jurado / de no dejar hombre vivo / O al menos aporread0”. (Documentos para la Historia del Libertador General San Martín. Tomo XVIII. Instituto Nacional San Martiniano. Bs. As. 2023).
El la plaza Acho
La tanda de homenajes en esa jornada de corridas de toros se realizó en la tradicional Plaza de Acho (construida en 1766 y con capacidad para siete mil espectadores), distrito de Rimac, en los suburbios de Lima, y tuvo como eje principal el reconocimiento a San Martín a través del nombre de toros muy caro a la memoria y vida del Libertador. Uno de ellos fue, nada más, ni nada menos que el toro “San Lorenzo”. Nombre emblemático que recordará el comienzo militar de la campaña sanmartiniana.
“El va por la fuerza / verán de San Lorenzo en la empresa / Como lo sujetarán / Y á pesar de su fiereza /Pan de perro le darán”.
El otro toro ofrecido en homenaje y con apelativo muy referencial para San Martín fue el llamado: “Yaraví”.
“El Yaraví cano / que es de Yauritambo atrevido / A aquel que no ande de pies / Sin duda al menor descuido /Dará con él su revés”.
El yaraví es un género musical mestizo que vincula raíces ancestrales andinas con la poesía trovadoresca española. Era interpretado por los cantores y juglares que integraban el ejército libertador en Mendoza durante las largas noches de fogones en los descansos de la preparación militar en El Plumerillo. Son canciones melancólicas, cuyas letras mayoritariamente abordaban ingratitudes de amor y versaban sobre paisanos que lamentaban desdichas y angustias en la cruel soledad de los desiertos y las montañas. Era la música del soldado trotamundos que se enfrentaba a un desconocido nuevo desafío.
El yaraví era uno de los géneros musicales predilectos por San Martín. “Yaraví”, nombre de un toro, pero a su vez la tonada musical que le recordaba al Libertador su dura propia historia.



