El duro relato de Hernán Casciari de cuando luchaba contra las adicciones: "Decidí matarme"
A pesar del humor que se maneja en el programa radical Perros de la Calle, este jueves hubo momentos de silencio y un leve hilo de angustia cuando tomó la palabra Hernán Casciari. El periodista y escritor tuvo unos minutos para reflexionar sobre quién o qué le salvó la vida, y relató sobre aquella noche en que las adicciones casi lo llevan al suicidio, pero decidió pedir ayuda y volver a escribir.
"Mi mujer, Julieta, me salvó, y escribir también me salvó la vida de una forma literal", dijo al aire. Casciari montó Orsai a partir de un blog que luego se transformó en una revista por suscripción, que se vende en gran parte de Latinoamérica y España. Además, publicó libros como Más respeto, que soy tu madre (2005), El pibe que arruinaba las fotos (2009) y Messi es un perro y otros cuentos (2016).
Por otro lado, fue productor y guionista de distintas películas. Entre las que destacan La uruguaya (2022), La muerte de un comediante y Muchachos (2023). Tiene 53 años y una hija llamada Nina Casciari.
El relato de Hernán Casciari sobre su adicción
Desde los 9 años ya escribía cuentos y poemas todo el día; sin embargo, a los 18 cayó en las drogas y dejó eso que tanto le apasionaba. Se alejó de amistades sanas y comenzó a juntarse con la gente equivocada: "Empecé a vivir de noche. Se hacía la mañana y estaba en unas casas que ahora recuerdo como espantosas, donde estaba todo el mundo tomando merca o esperando a que viniera el tren con la merca nueva. Se hablaba de merca y no de otra cosa. Empecé a usar guita que no era mía para comprar merca".
Su vida se fue hundiendo en las adicciones hasta los 21 años, cuando tuvo una crisis que lo despertó. Y todo se desató una noche fría de julio, volviendo a su casa: "Se me rompió una moto que yo usaba todo el tiempo. Yo estaba muy gordo y solamente iba en motito por el pueblo. A 20 cuadras de casa se me rompe la moto a las 4 de la mañana y tengo que ir caminando, y el caminar me hizo hundir. Caminé y me di cuenta que debía mucha guita y que eran las 4 de la mañana, yo estaba traspirado, no me iba a poder dormir porque había tomado más de lo que tendría que haber tomado".
Lo recuerda bien, era la víspera del inicio de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992. "Entro a casa, dejo la moto afuera y, con una naturalidad que hoy me da escalofrío, decido matarme. Pero con una naturalidad Andrés que no tiene lógica. Supe cómo, iba a seguir hasta la cocina, iba a agarrar el cuchillo tramontina y me iba a cortar. Así. Lo tengo clarísimo. Sin dolor, sin nada, estaba vacío. Absolutamente vacío de todo", relató, generando que todos los presentes se quedaran en silencio.
"No escribía, yo sé que era eso. Y para los que no lo saben, o por lo menos en esa época, para tomar merca se usaba o un billete enrollado o el cañito de la lapicera bic, sin la parte de la tinta. Y pensé, fue una metáfora muy estúpida: que si yo tomaba merca, tenía que sacarle la tinta a la lapicera, y si escribía tenía que ponerle la tinta. No pensé más nada que eso", dijo.
Fue una metáfora tan literal que lo llevó a su salvación. No lo debatió más y fue hasta la casa de sus padres: "Eran las 4 de la mañana, le golpeé la puerta a mis viejos, les prendí la luz. Se despertaron asustados por la hora, y les dije: tengo un problema".
Sus padres pensaron en todos los escenarios posibles, algunos más catastróficos que otros, pero no habían sospechado que tenía un problema de adicción porque Hernán jamás les había dado ni el más mínimo indicio de que se drogaba. "Tengo un problema de adicciones, necesito que si suena el teléfono o el timbre de casa, ustedes digan que no estoy porque me tengo que galponear, yo no sé todavía decirle que no a cierta gente", le pidió a su familia. En los pueblos chicos, lo más difícil es no encontrarse con el que tiene la bolsa o con el que llama para ofrecer más.
Hizo, como él mismo describió, una especie de retiro interno en su casa. "'¿Qué más tenemos que hacer?' decían mis viejos. Ellos no me juzgaron en lo absoluto. Se cagaron tanto de un susto. Yo había desaparecido del radar de ellos, hasta que les golpeé la puerta. Fue tremendo lo que pasó, fuimos como una piña. No había, o capaz que ya había pero no teníamos la guita para saber si había rehabilitación o cosas así. Fue en casa hasta que me pude ir a la casa de mi abuelo en San Isidro", añadió.
Nunca antes había contado esto al público. Nombró la metáfora de la lapicera, muy al pasar, en su novela "El pibe que arruinaba las fotos". Aseguró que la clave es aferrarse a eso que lo apasiona a alguien y que note que lo está perdiendo. "Si no hay una voluntad muy fuerte, ¿de dónde carajo te agarras? a qué te aferras? Yo tuve la suerte de principiante de saber en el lugar más oscuro que había algo que yo tenía ganas de hacer. Que si yo levantaba un toquecito la cabeza había algo, pero hay que detectar esa cosa", señaló.
El proceso fue duro. Noches muy largas, dependencia a los anti ácidos efervescentes y encierro, hasta que se mudó a lo de su abuelo. "Después hice un viaje largo, el norte de Bolivia hasta Perú, pero desde acá a dedo, mochila. Lo hice para dormir de noche, hacer un poco de ejercicio. Estaba muy gordo en ese momento, casi no caminaba, me costaba mucho todo. El cuerpo era un lastre. La cabeza funcionaba y el cuerpo no. Me fui con 120 kilos y al mes y medio pesaba 95", recordó.
Resaltó el gran cambio físico que tuvo al dejar las adicciones, ese proceso de desintoxicación. "Y claro, no lo hice en una granja o en un centro, lo hice solito porque no sabía en ese momento que habían otras maneras de hacerlo, o capaz que eran muy caras", cerró.

