Salvemos la belleza: por qué el arte cumple un rol clave en la educación
Hace algunos años el filósofo italiano Dino Formaggio escribía: “Arte es todo aquello que los hombres llaman arte”. Esta afirmación expone la incertidumbre que produce el panorama artístico actual en el que resulta prácticamente imposible definir qué cosa es el arte (y por extensión, qué no es). Esta imposibilidad está señalando que hay algo que se ha perdido: aquello que las obras de arte deberían tener en común, es decir, su esencia. ¿Y en qué podría consistir la esencia del arte si no en develar la belleza? Para abordar este problema, sin embargo, no podemos aceptar la noción de belleza subjetiva reducida a la categoría de gusto o estética que se ha ido gestando en la modernidad.
La belleza es objetiva, es esencial, es metafísica, trasciende al sujeto, es una cualidad de la cosa bella. La relación entre bien y belleza no es contingente sino necesaria por lo que aquello que es bello es necesariamente bueno y viceversa. Atendiendo a la convertibilidad ontológica de los trascendentales, no solo lo que es bello es bueno, sino también verdadero. La modernidad trastoco varias cuestiones en la sociedad, entre ellas, lo axiológico y antropológico. En particular, hubo algunos filósofos que inspiraron esta pérdida de armonía entre el sujeto y el objeto. Uno de estos filósofos, Kant intentó culminar el sistema iniciado con la crítica de la razón pura donde planteaba su sistema como un “giro copernicano”, al distanciarse de la manera tradicional según la cual se creía conocer el mundo.
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Kant entendía que la capacidad de juzgar lo bello era a partir de la sensación de placer que se produce en el sujeto: “Para decidir si una cosa es bella o no lo es, no referimos la representación a un objeto por medio del entendimiento, sino al sujeto y al sentimiento de placer o de pena por medio de la imaginación". Por lo tanto, la impronta kantiana supone un quiebre con la concepción tradicional de belleza como atributo de la cosa. Si bien Kant seguía pensando en la armonía de la forma natural o artificial como principio necesario para el juicio estético, consideramos que el hecho de que sea en el sujeto y no en el objeto donde reside la causa del goce estético abre las puertas a una concepción cada vez más subjetiva del arte, lo que será reforzado por la elaboración filosófica posterior.
Despojada así de su carácter objetivo y de su contenido trascendental, no habrá mayores impedimentos para que, incluso la belleza formal o estética, empiece a ser cuestionada, desvalorizada y transgredida por los sucesivos movimientos artísticos que, habiéndose perdido el sentido trascendental del arte, perseguirán la novedad como único valor. Así nos encontramos con sucesos como los ocurridos en los JJ.OO, no solo con la parodia de la ultima cena sino con toda la aparente manifestación artística que rodeo la ceremonia inaugural.
Sin embargo, lo ocurrido debe llevarnos a reflexionar en sentido amplio sobre el arte y la educación artística. A partir del giro kantiano la búsqueda de la originalidad fue, cada vez más, el nuevo paradigma artístico. Irónicamente, Kant había intentado condicionar un exceso de originalidad que pudiese derivar en “originales extravagantes”. Nos preguntamos ahora si esta pérdida de la dimensión trascendental de la belleza no ha afectado también a la educación artística o plástica. Desde el punto de vista pedagógico nos preguntamos: ¿hasta qué punto la pérdida de la dimensión trascendental de la belleza no ha afectado la enseñanza del arte en nuestras escuelas?
Tomo prestado el proyecto intelectual del teólogo Hans Urs Von Balthasar quien reconoció la máxima importancia de este trascendental otorgándole una jerarquía superior a la pensada, incluso, por Santo Tomás. Es notable cómo en su Trilogía, invierte el orden tradicional de los trascendentales (así como el orden dado por Kant a sus críticas) colocando la belleza en primer lugar. Las palabras de Balthasar con respecto a la centralidad de la belleza son contundentes: “Nuestra situación actual muestra que la belleza exige para sí al menos tanto coraje y decisión como la verdad y la bondad”. Finalmente, Balthasar advierte que cuando la belleza se convierte en una forma que ya no se entiende como idéntica al ser, al espíritu y a la libertad, se habrá entrado nuevamente en una era de esteticismo.
El permanente proceso de secularización que ha experimentado Occidente desde la Modernidad contribuyó, sin duda, al embotamiento de nuestra capacidad de apreciar la belleza así como algunos de nuestros artistas para producirla. Si entendemos la belleza en función del revelarse de Dios, primero a través de su creación y luego, de manera perfecta, en Cristo, se podría pensar la belleza revelándose en aquella obra en la cual el artista se entrega a sí mismo, donde devela su propia forma y al hacerlo, revela al ser. Sin embargo, gran parte del arte posmoderno ha tomado una dirección contraria.
Antes presentamos los postulados kantianos como detonantes de la pérdida del trascendental de belleza y el inicio de un progresivo esteticismo. Incluso, la estética irá abandonando paulatinamente las obras de arte para buscar refugio en el diseño gráfico, el diseño industrial y en el marketing. También expresados en carreras llamadas artes visuales que tienen que ver más con una técnica de expresión, que una expresión de arte.
A partir de este panorama podemos preguntarnos, primero, ¿cuáles son las consecuencias para una sociedad que ha perdido la capacidad de percibir la belleza?, y, segundo, ¿cómo afecta a la sociedad un arte que, renunciando a la belleza, ha renunciado también al bien y a la verdad?. La renuncia al ser trae aparejado la negación de todo valor y verdad transhistórica así como de cualquier autoridad moral. Si Kant había herido de muerte la posibilidad de conocer objetivamente la realidad, Nietzsche le da el golpe final con la célebre declaración sobre la muerte de Dios, donde no hay hechos sino interpretaciones. La muerte de Dios es la muerte de la verdad, de la bondad, pero sobretodo de la belleza.
En la época de desconcierto en la que nos encontramos, no solo la belleza es confundida con la estética sino también con el gusto. Así hoy tenemos a pseudoartistas con sus pseudoobras, donde todo parece arte, donde “lo lindo”, los “me gusta”, desplazan a expresiones como: Quam pulchra est!!! (Que Bello es!!!)
Para precisar rápidamente la diferencia entre los conceptos nos referimos al trabajo del sociólogo francés Pierre Bourdieu. Su estudio sobre las bases sociales del gusto indica que las preferencias culturales están en parte determinadas por la crianza y la educación. Si bien el estudio de Bourdieu es mucho más matizado de lo que podemos exponer aquí, en términos muy generales podríamos sintetizar diciendo que, a mayor satisfacción de las necesidades materiales, mayor es el capital cultural del individuo, es decir, mayor su capacidad para apreciar de una expresión cultural. Pero en su análisis no entra en consideración la belleza sino, justamente, el gusto que, como Bourdieu demuestra, puede estar condicionado por los factores socioeconómicos. Está fuera de discusión que la satisfacción de las necesidades materiales básicas es imprescindible para pensar en cualquier apreciación de la belleza. También es cierto que, probablemente, ciertas condiciones de crianza y educación aporten a un individuo mayor capacidad de gozar de una manifestación estética, así como cierto adiestramiento del gusto. Pero una vez satisfechas las necesidades básicas, cualquiera debería estar habilitado para la percepción de la belleza porque esta, como toda epifanía, se comunica directamente con el espíritu humano. A este respecto sería interesante conocer la reacción de personas de clases populares frente a una obra como La Piedad de Miguel Ángel.
Las producciones contemporáneas requieren de fatigosas explicaciones que intentan dar sentido a obras incapaces de hablar por sí mismas, porque son artísticas, pero no necesariamente bellas. Nos arriesgamos a concluir que la sociedad en general, sin distinción de clases, adolece de un aletargamiento del sentido de lo bello. Es llamativo como los más pobres pueden elevar su alma a través de la belleza, como recordará un pasaje del “Peregrino Ruso”, cuando refiere a la sensibilidad ante la iconografía del pueblo más sencillo ante la Belleza, aunque analfabeto de las letras, ese pueblo ruso era sensible al arte icónico.
Donde se habrá la posibilidad a una educación artística que no solo se formé con herramientas técnicas sino con una antropología que les permita abrirse a la belleza, que siempre termina escribiéndose con mayúscula, aunque al comienzo la percibamos con minúscula. Agradezco algunos aportes para este artículo de la Dra. María Laura Montemurro (UNIPE), quien me ayudó a reflexionar sobre el arte y la belleza cuando fue mi alumna en un seminario de Filosofía. Una de las alumnas de cuya humildad y expertise, el maestro ha aprendido.
* Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.