Un estudio científico indicó que las personas se parecen cada vez más a sus nombres
¿Nunca pensaron en si alguien tiene un rostro que vaya con su nombre? Lo hayan hecho o no, parece ser una idea muy alejada de la ciencia, una especie de divertimento cotidiano en tiempos de aburrimiento. Sin embargo, hay algunos estudios científicos que desmienten este prejuicio.
En Romeo y Julieta, Shakespeare introduce una polémica que hasta hoy sigue reproduciéndose tanto en la academia como en las charlas cotidianas: “¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación! De igual modo Romeo, aunque Romeo no se llamara, conservaría sin este título las raras perfecciones que atesora. ¡Romeo, rechaza tu nombre; y a cambio de ese nombre, que no forma parte de ti, tómame a mí toda entera!”, exclamó Julieta, cansada de la enemistad entre los Montesco y los Capuleto.
Los Simpson parodian este debate y le responden a Shakespeare: “La rosa seguiría oliendo a rosa si se llamara de otra forma”, planteó Lisa y Bart le respondió: “No si se llamara apestosa”. Sin embargo, un estudio de la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) desmiente a Shakespeare y postula la extraña idea que indica que, con los años, las caras se van pareciendo a los nombres.
De qué trata el estudio científico y qué conclusión llegó
Según la publicación “la estructuración social es tan fuerte que puede afectar la apariencia de una persona”. La hipótesis del estudio radica en que hay representaciones sociales que las personas tienen acerca de los nombres y que estas ideas y conceptos pueden ser asociadas a caras. “Tiene cara de bueno”, se ha escuchado una y mil veces en conversaciones cotidianas.
Para este estudio se le pidió a niños y adultos que relacionarán caras con nombres. Los resultados fueron de una coincidencia significativamente alta.
En otro estudio del 2017 publicado en la revista "Journal of Personality and Social Pschology" de 400 personas, dio un resultado de coincidencias del 40%. Es decir, mucho más alto de una simple casualidad, que estadísticamente se ubica entre el 20 y el 25%.
La otra parte del estudio radica en la baja coincidencia que se encuentra cuando se quiere asociar un nombre con la imagen de un niño. En esos casos, los resultados se encuentran por debajo del porcentaje de causalidad.
En una tercera parte de la investigación, una IA fue alimentada con una base de datos de imágenes de caras de personas. El sistema reconoció que las representaciones de los rostros de adultos con el mismo nombre eran significativamente más similares entre sí que las representaciones de los rostros de adultos con nombres diferentes. Por el contrario, no se encontró ninguna similitud significativa entre los niños con el mismo nombre en comparación con los niños con nombres diferentes.
Uno de los responsables del estudio, el doctor Yonat Zwebner de la Escuela de Negocios Arison de la Universidad Reichman, explicó: “Nuestra investigación destaca la importancia más amplia de este efecto sorprendente: el profundo impacto de las expectativas sociales. Hemos demostrado que los constructos sociales, o estructuraciones, existen, algo que hasta ahora ha sido casi imposible de comprobar empíricamente”.
“La estructuración social es tan fuerte que puede afectar la apariencia de una persona. Estos hallazgos pueden indicar hasta qué punto otros factores personales que son incluso más importantes que los nombres, como el género o la etnia, pueden determinar en qué se convierte una persona cuando crece”, completó.

