Sin límites, no hay libertad
Sin límites no hay libertad repetía un profesor de mis años del secundario. Sin dudas la libertad de la que gozamos se da en un marco de límites, la libertad no es la capacidad de hacer lo quiero de manera absoluta. Recuerdo que en mis tiempos de docente de secundario estando en un campamento educativo unos alumnos se acercaron a preguntarme: “Profe, ¿en el tiempo libre en que no hay actividades pautadas podemos hacer lo que queramos? A lo cual les respondí que no”. Les dije que podían hacer y cómo podían aprovechar el tiempo libre. Decirle a un adolescente “podés hacer lo que quieras es por demás arriesgado”. La libertad se educa, a ser libres responsablemente se aprende. En la escuela, todo tiene una intencionalidad educativa, no hay espacios en los que no se eduque, hasta los tiempos recreativos son momentos para educar.
Los límites no nos atan, no nos esclavizan, ni nos hacen menos libres, sino que los límites son habilitantes, decimos que no a algo, pero abrimos un abanico de posibilidades, “pueden comer de todos los arboles del jardín excepto de este” le dijo Dios a Adán y Eva. Desde la creación de mundo la libertad tuvo límites, buenos y necesarios para la convivencia social.
La libertad no es la capacidad de hacer lo quiero de manera absoluta
Toda persona responsable y madura además de tener autodeterminación, debe tener también autolimitación. Sino pensemos en la historia de la humanidad cuantas personas tuvieron autodeterminación pero no autolimitación para saber detenerse a tiempo y no tomar malas decisiones. Esa autolimitación viene dada por el reconocimiento y aceptación de los límites que la convivencia social sanamente nos impone.
Recuerdo una maravillosa reflexión de Jaime Barylko que decía: “Los límites no cercenan la libertad, la otorgan. Las rayas no son el camino está entre ellas, y dentro de ese estar entre ellas tú puedes elegir el ritmo, el movimiento, el desplazamiento, la velocidad, el rumbo, el qué, el cuándo, el cómo, y si quieres dejas de moverte, te detienes, y todo lo que tu fecunda imaginación te proponga. Lo puedes realizar sabiendo qué va adentro y qué va afuera de esos límites, de esas rayas. Y elegís. Esa es tu libertad, y la tienes porque tienes límites”. (Jaime Barylko, Los hijos y los límites. Pág. 7).
Toda persona responsable y madura debe tener también autolimitación
Barylko sostenía que los “límites son las coordenadas de los valores, de las creencias, de los modales, de las maneras y –en fin- de las reglas de la existencia y de la coexistencia”. (Jaime Barylko, Los hijos y los límites. Pág. 9)
Es imprescindible que los padres pongan límites a sus hijos y que entiendan que no es cercenarles la libertad o quitarles vida. Barilko recordaba ya en la década del 1990: “La gente dice: ¿Viste qué rebeldes que son los jóvenes hoy? Yo les respondo: ¿rebeldes? Para ser rebelde hay que oponerse a algo, a alguien, a una idea, a un límite, a una norma, a una pauta. Los padres permisivos no crían hijos rebeldes, sino que producen hijos directamente ignoran a sus padres y hacen lo que otros les dictan. Otros mucho más autoritarios: la sociedad, la televisión, la propaganda, la moda, los otros chicos”. (Jaime Barylko, Los hijos y los límites. Pág. 36)
Los límites dados a tiempo en la educación de los niños y adolescentes no solo les previenen males, sino que los habilitan a construir un proyecto de vida. No elegir, vivir indefinido, en un eterno presente, en un eterno noviazgo, termina atrofiando su libertad. Barylko nos recordaba: “Es libre el que elige un proyecto de vida. Vivir es vivir con otros. A tal efecto son indispensables lo límites. La libertad madura y produce el fruto de una elección. Elegir es responder por lo elegido. Cuando libertad, elección responsabilidad coinciden, se da eso que los poetas llaman felicidad”. (Jaime Barylko, Los hijos y los límites. Pág. 19).
Los límites dados a tiempo en la educación, los habilitan a construir un proyecto de vida
Los límites puestos a los niños y adolescentes no solo les ayudarán el día de mañana a autolimitarse sino también a poner límites a los demás y a las circunstancias. A cuantas personas adultas les cuestan los límites y sufren por ello. El monje alemán Anselm Grun lo define con claridad: “En la vida cotidiana quizás nos resulta muchas veces tan difícil delimitarnos es el temor de volvernos impopulares, que molestaríamos o incluso romperíamos una relación, el temor a ser rechazados. En realidad, es a la inversa: la afirmación de los propios límites crea relaciones saludables” (Cfr. Anselm Grun, Limites Sanadores).
A cuantas personas adultas les cuestan los límites y sufren por ello
El saber autolimitarse y limitar nos preserva de una enfermedad muy contemporánea que muchos definen como “quemarse”. El monje alemán lo describe así: “Se lo observa con suma frecuencia en personas que trabajan en profesiones sociales: entre los maestros, los asistentes espirituales, los médicos o quienes actúan en el ámbito de atención de pacientes, o entre los psicólogos. Sólo quien arde puede quemarse. Muchas veces las personas que se desempeñan en una actividad social tienen un ideal demasiado elevado. Quisieran estar totalmente para el otro. Pero el ideal muchas veces las enceguece frente a sus propias necesidades” (Cfr. Anselm Grun, Limites Sanadores).

En las escuelas hoy se enseña educación emocional, que nos enseña a conocer, poner nombre y a saber encausar nuestra afectividad y emotividad en el marco de límites saludables. La educación emocional nos ayuda también a no reaccionar sino a responder, a no gritar sino a hablar con argumentos y razones. Hoy tenemos sobrados ejemplos de desbordes emocionales en la vida cotidiana, en los políticos y en varios gobernantes del mundo. La educación del ámbito de las emociones nos enseña tener pasión sin ser pasionales disruptivos ni impulsivos.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.

