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La historia del fantasma que habita una emblemática mansión del centro de Mendoza

Luis Stoppel conocía muy bien Mendoza. De familia alemana, había nacido en Chile el 7 de julio de 1862, pero a los años de vida se radicó con sus padres en Cuyo.
La Mansión Stoppel recobró todo su glamour. Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
La Mansión Stoppel recobró todo su glamour. Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ

“Con mucho respeto, jefe. Agradeciendo siempre el trabajo, y más en tiempos que cuesta tantísimo juntar un mango; pero preferiría que me designe en otra obra. O bueno, será en otra ocasión. Usted tiene el número telefónico de mi suegra. Cualquiera otra changa que salga, me llama. Pero no quiero trabajar en ese chalet. Todos dicen que ahí pasan cosas raras”. Sorpresa que hizo temblar la rutina. El testimonio es real. El contratista de una empresa encargada de refaccionar la obra lo escuchó de Reinaldo.

Inquietante. Más viniendo de Reinaldo; el albañil, también pintor, electricista. De esos tipos que cortan el pasto o ponen membrana en los techos. Un “todo terreno”. Guapo. De los que no ponen cara fiera a nada. De los que siempre se la rebuscan. No era la primera vez que lo escuchaba. Lo escuchó de Reinaldo. De los que no mienten y van a trabajar hasta con fiebre.

Avenida Emilio Civit. “La Emilio Civit”, esa ancha vía del centro mendocino que hace de puente entre una glamorosa tradición urbana y las faldas de piedra de los primeros cerros precordilleranos. Calle plagada de historias. Distinta a todas. Arteria enigmática. Desafiante. Contradictoria. Nace en los rieles de un ferrocarril y termina en un portón. Y en el medio: uno de los tantos fantasmas de Mendoza. “El fantasma de la Mansión Stoppel” – Emilio Civit al 348. En la vereda del sur. ¡Para colmo!

Literatura de museos

Es probable que Reinaldo no haya querido cometer el atrevimiento de míster Hiram B. Otis, ministro de los Estados Unidos de América, cuando compró el viejo chalet de lord Canterville, aun cuando todos le decían que estaba cometiendo una locura. Esa casa estaba habitada por un fantasma. El mismo lord Canterville se vio en la obligación moral de advertirle a míster Otis que hasta su propia familia tenía miedo de vivir allí.

Son otros tiempos. Será otra leyenda. “My lord, replied the minister, I will also keep the furniture and the ghost under inventory”, contestó Hiram B. Otis. O sea: “Milord, respondió el ministro, también me quedaré con los muebles y el fantasma bajo inventario”. (En: “El fantasma de Canterville” de Oscar Wilde. Inglaterra. 1887).

Son otros tiempos. Será otra leyenda. Pero hay historias que se repiten.

Historias lejanas de viejos fantasmas

Luis Stoppel conocía muy bien Mendoza. De familia alemana, había nacido en Chile el 7 de julio de 1862, pero a los años de vida se radicó con sus padres en Cuyo.

Desde joven fue un emprendedor visionario. Generará una empresa de construcción de carruajes de carga y paseo que contará con potentados clientes en Argentina y Chile, mientras paralelamente encarará su empresa propia de transporte. Hará fortunas asociado con Federico Witestein. No solo el negocio será rentable, sino que además la actividad le permitirá relacionarse con el sector productivo y la encumbrada dimensión política de Mendoza. Licitaciones, contratos, transportar obreros o materiales a las grandes obras que se empezaban a construir en la montaña mendocina: hoteles, presas hídricas, ferrocarril, caminos, escuelas, estafetas de correos, guarniciones militares lo acercarán comercialmente a las esferas del poder. También el negocio le permitió aceitar lazos con el “jet set” de la época. No era cuestión de ir a una fiesta del Club Social (edificio de la actual Legislatura) o a un casamiento en una quinta de Lunlunta en cualquier carruaje. Las “limusinas” de aquel tiempo las tenía solo Stoppel. Por ende, establishment y jet set no podían prescindir de sus servicios.

Mirar más allá

Era perspicaz. Pragmático. Sabía que su negocia se acabaría pronto. El tren, el auto, los colectivos se convertirían en un fantasma que pronto llegaría, eclipsando abruptamente el transporte de tracción a sangre. Es ahí que la leyenda urbana invadió por primera vez la escena.

Integrado de lleno a la vida social de Mendoza, incursionando en la política y la diplomacia, formó parte de una asociación masónica dedicada a la filantropía, las obras caritativas, la filosofía y el debate intelectual de ideas. ¿Cómo explicar en ese tiempo al supersticioso mundillo mendocino que todo ese rotundo éxito no era parte de un pacto, “vaya a saber con quién”? Para más. Acababa de comprar una bodega en Maipú que al poco tiempo se incendió totalmente.

Por ese entonces, Luis Stoppel junto a Ana Strassburger (su esposa) e hijos vivían frente a plaza Cobo (actual plaza San Martín), en la empedrada calle Suipacha (hoy España). Mientras “la Emilio Civit” aún se debatía entre baldíos, una que otra quinta, caballos y gallinas que andaban sueltos. A tal punto era desprestigiada la zona, que la muy vigente calle Tiburcio Benegas se llamaba “Los Picaros” por la cantidad de piringundines, garitos y prostíbulos que llegaban hasta la intersección de la vía que actualmente lleva el nombre de Civit. Por ese entonces todavía se denominaba “Sarmiento” a ese tramo de huella ancha que comprendía entre la calle del Colegio Nacional (ahora, Belgrano) y Jarillal (Boulogne Sur Mer).  

A todo esto, dando un viraje abrupto a su vida, misteriosamente vendió todo y se fue a vivir a Buenos Aires. Volvió al cabo de unos años. Mendoza lo acogerá hasta su muerte. El 22 de julio de 1947 a los 85 años de edad. Esta sepultado en el cementerio de la Capital. La leyenda de la mansión que lleva su nombre lo hará inmortal. 

La Mansión de Stoppel

Stoppel fue un pionero al pensar una mansión en esa acera. Marcará una bisagra urbanística y arquitectónica en Mendoza, siendo sorprendente su olfato como desarrollador inmobiliario ya que la zona no gozaba de ningún tipo de servicios a comienzo del siglo XX.

La construcción empezó en 1910. Desde un primer momento se veía majestuosa. La obra será dirigida por Víctor Barabino (genovés que vivía en Mendoza desde 1902) y estará terminada en 1912.

Maravilloso diseño arquitectónico.

La vivienda se construyó bajo la tipología de chalet. Tenía 23 metros de frente por 60 de profundidad. El terreno total comprendía 1.234 metros cubiertos y 2.000 de jardines comunicándose Emilio Civit con calle Julio A. Roca. A la izquierda se encontraba el ingreso para los carruajes y automóviles. El edificio tenía dos pisos. La fachada propone un juego ecléctico de estilos donde prevalece la noción de “villa italiana”.

El interior se establece a través de un centro neurálgico donde comunica la planta baja, el primer piso y la azotea de donde se origina un amplio ingreso lumínico. El edificio tiene 30 habitaciones. Era antisísmico, característica novedosa para el momento. Un sótano será el lugar de los archivos, algunas herramientas, unas botellas de vino y, probablemente, donde “habitaba” Luisito, el protagonista de la historia. ¿Habitaba?

Luisito, "El fantasma de Stoppel"

“También me quedaré con los muebles y el fantasma bajo el inventario”. Dichos del ya citado Hiram B. Otis, uno de los protagonistas de la novela “El fantasma de Canterville”. Vale recordarlo. Pero aquella historia quedó lejana, aunque las distancias y los tiempos se acortan en la fantasmagórica dimensión de lo desconocido.

Lo cierto fue que Stoppel enviudará, perderá un hijo, morirá (1947) y sus descendientes, a los años venderán la mansión al estado provincial (1949). El gobierno de Mendoza adquirirá el chalet para instalar las oficinas administrativas y consultorios pediátricos y oftalmológicos del Patronato de Menores. Esa será su sede hasta 1977 cuando una pronunciada grieta por las repercusiones del terremoto de Caucete (San Juan) obligaron a clausurarlo.  

Durante ese paralelo y tenebroso “mientras tanto” de la clausura, la leyenda seguirá creciendo. Dos versiones reviven constantemente al fantasma protagonista: Luisito.

Una versión sostendrá que en esa casa a los niños que albergaban los ocupaban para hacer experimentos sanadores y uno de ellos, precisamente Luisito, falleció por una sobredosis de psicofármacos. Sería su espíritu el que todavía merodea la casa. Aunque no se han encontrado registros oficiales de niños albergados y tal vez, según versiones, los archivos fueron destruidos.

“Durante esa época la psicología tenía una visión muy distinta respecto al concepto de locura y los tratamientos. Actas de 1962 del Archivo General revelan por ejemplo que los niños indisciplinados eran considerados ‘contagiosos’ para sus compañeros y se los medicaba y apartaba del resto para tranquilizarlos. En esos mismos textos figuran varias denuncias contra médicos y estos procedimientos, bastante comunes en ese tiempo. ‘Debe imponerse orden y disciplina y ocupar la mente de los niños para evitar que su fantasía los trastorne’, especifica una de las actas. También es vox populi que en el año 1950 se cometió en la mansión el asesinato de un niño de 9 años por un supuesto doctor que trabajaba en el Patronato”. (Marco Bustamante. “La casa embrujada. Los fantasmas de la mansión Stoppel”. Crónica. 2016).

La otra versión es tan macabra como la anterior. Luisito sería un hijo extramatrimonial de Luis Stoppel con una criada. Dicha mujer habría fallecido trágicamente, mientras Luisito siguió cumpliendo tareas de servidumbre y viviendo en el sótano hasta que desaparecerá sorpresivamente. ¿Lo mataron? ¿Se suicidó?

Lo cierto es que según la leyenda el alma en pena de Luisito sigue surcando la mansión.

El Museo Carlos Alonso

Tras aquella clausura de 1977 la mansión solo será ocupada como depósito de materiales, instrumentos musicales y muebles en desuso. Afortunadamente la gestión cultural mendocina recuperó un espacio para un museo provincial que lleva el justo nombre del distinguidísimo pintor mendocino y reconocido mundialmente: Carlos Alonso.

Las luces se apagan misteriosamente, los susurros y silbidos nacen de la nada, los cuadros se mueven, las maderas crujen, las puertas se abren solas, el llanto se escucha desde lejos y miles de comentarios de vecinos hacen que Luisito siga tan presente como siempre en la cultura popular, constituyendo una parte innegablemente del sistema de creencias mendocinas. Se lo había dicho Reinaldo al contratista de la empresa. Reinaldo, el que nunca le hace cara fiera a nadie. Reinaldo, el que no miente: “Ahí pasan cosas raras”.

La historia, la cultura y las leyendas urbanas están vivas en Mendoza. Están esperando en el “Museo Carlos Alonso” de la Mansión Stoppel – Emilio Civit 348 de la Ciudad de Mendoza. No temas. Luisito es un aliado de los que ponderan el arte y nunca olvidan.